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Full text of "Historia de la Patagonia, tierra de fuego, é Islas Malvinas"

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NYPL RESEARCH UBRARIES 



3 3433 08169632 4 



HISTORIA 

DE LA 



PATAOOMA, TIERM DE FUEGO, 

POB 

Mr. FEDERICO LACROIX, ^ 

\ 

DE LA ISLA DE FRANCU. 
TRADUCIDA AL CASTELLANO 

POR 

Wtrn 00nfííaí> litfrariu* 




BARCELONA. 

IMPRENTA DEL LIBERAL BARCELONÉS. 
1841. 



< 






/ > / ■ 






;' 785714 



HISTORIA 

DB LA 



PATAGOMIA, TIEMA DEL FUGO 



POR 



Mr. FEDERICO LAGROIX, 



DB LA ISLA DB PBAIVCIA. 



Los países de que vamos á ocupar- 
nos se hallan comprendidos entre los 
38-55 erados de latitud S. y los 60- 
77 de lonjitud occidental. Situados 
en la estremidad del nuevo mundo y 
bajo un clima inhabitable, solo han 
podido ser examinados con un obje- 
to científico. Son pocos ó ningunos 
los habitantes que ha^ allí, y en el 
sur,muy raros establecimientos, mas 
pronto abandonados que formados. . 
£n el norte como en el mediodía, el 
cuidado de la propia subsistencia 
ocupa demasiaao a sus habitantes 
para que les quede tiempo de tomar 
parte en los principios de civilización 

aue se conocen en los estados inme- 
iatos del Peni y Chile. Son aquellos 
^eblos hov dia , con corta diferen- 
cia, en sus hábitos lo que eran en la 
época en que se descubrió aquella 
parte de América ; si bien es verdad 
que la imprudencia y la conducta, 
«esencialmente impolítica de los pri- 
. i leros Españoles que se establecieron 
I medio de ellos , debió privarles 
' todo lo qUe la Europa hubiera 
dido darles y enseñarles para be- 
•ficio suyo y de su propio interés, 
^guese á esto que el aspecto que 
frece la presentidra civilización de 
j¿ paises limítrofes , no ha debido 

PATAOONiA. (Cuaderno 1.) 



animar mucho á los Patacones vArau- 
canos á se^ir el ejemplo de las po« 
blaciones mdíjenas del centro ; las 
cuales se han dejado inocular dócil- 
mente de los vicios de nuestra socie- 
dad. EnefectOj por donde quiera, la 
raza blanca ha introducido en la Amé- 
rica meridional la anarquía y la in- 
moralidad ; por donde quiera el des- 
potismo monárquico ó la ambición 
de algunos intrigantes sin talento ha 
producido el mas lamentable desor- 
den, y ha impedido el desarrollo de 
las naciones mas favorecidas con res- 
pecto á la intelijencia. Desde las 
Erovincias septentrionales del Brasil 
asta Buenos- Aires , desde la Boli- 
via y el Peni hasta las fronteras me- 
ridionales de Chile , no haj mas que 
luchas sangrientas , escisiones con- 
tinuas y detenciones forzosas en el 
camino de la barbarie y de la igno- 
rancia ; espectáculo bien propio pa- 
ra justificar la paradoja de J. J. Rous- 
seau sobre el estado salvaje. No es 
estraño pues que los pueblos del Sur 
no hayan sido todavía tentados de 
tomar ki parte en las funestas ven- 
tajas de semejante civilización. 

Lo que sí admira es eómo aquel 
instinto de curiosidad que á falta dft 
otros motivos imputoa al hombre á 



mSTORIl DB.LÁ 



tHM!onoeer países lejanos, se haya 
apenas escitado respecto de los de 
Magallanes ; pues en tanto que las 
potencias marítimas se disputan á 
porfía la perseverancia y los esfuer- 
zos para examinar las i'ejiones hela- 
das del polo ártico y para descubrir 
e\ mftaje inútil al i|or(iesle,la 6Str#- 
midad sur del continente america- 
no permanece envuelta en un pro- 
fundo misterio» como si ella hubiesi9 
í>Ldo defendida por un muro incon- 
trastable. Algunos navegantes se 
aventuraron bastante hacia la parte 
del estrecho de Magallanes y el cabo 
de Hornos, para enriquecer la cien- 
cia náutica con nuevas olb&jferyaciíDnes 
sobre aquellos parajes tan peligrosos; 
pero no se ocupaban sino lijeramente 
de examinar el interior de las tierras, 
de conocer el carácter y las disposicio- 
nes de los habitantes, de estudiar la 
naturaleza del suelo y sus productos, 
y calcular las ventajas que se pudie- 
ran sacar de un establecimiento for- 
mal en aquellos lugares. Así es que 
estamos red ucidosáconjeturasivagas, 
]>artictt1armeitte sobre la parte inte* 
ri)or dé k Patagbnia„ la cual es enle- 
raittíKjatte éeseonocida hasta el punto 
de hal»9r^ visto obligados los jeór 
grafoA á dejar ea sus mapas los cla- 
ros (h 8U& pormenores. Bia 'tendrá 
sÍR/duda en que no habrá un solo 
puato áa la siipwficie del globo que 
no h^ya sido visitado , en que cada 
ser habrá dicho á la ciencia sus 
cualádiades y afinidad; en que nada 
en fia de lo que existe quedará por 
dcániít y clasificar. Entretanto el or- 
gulh> é9l hombre de vé obligado á 
humISkrse ante lo ^ue para él está 
b^, eUf dominio de los eoigmAS. 

pATAOOIUA. 

Siíu0íQhn jmgréficcL, — Configura- 
rÁQXkjtnaral y limites, ---1a Pota^nia 
set «stiqnde del norte al sur sobre 
una IcÑiiitud de cerca; de cuatrocien- 
tas sesentn y cineo. leguas , entre losr 
3df^ gffados , y ^MA de latitud S. 
Salada OQsídwtal ¡principiando en 
1o8l3$ arados , y el oriental en. los 43 
de latnud, sus tres, puntos estr^* 
mps„ el cabo Comejites al es*©, el 
cabo EwMvard al iBíediodía , y, el 
promontoHo ip» m adelanta en m 



rnde océano austral, en frente de 
isla de Chiloé al oeste, forman 
como un vasto triángulo , cuyos la- 
dos desiguales presentan en su línea 
doá curbaturas conexas al norte y al 
oeste, y cóncavas al este. Los límites 
de ésto pais son 4I aort^, el C|iile, d^ 
oii^ está aeparacb por ^ Awi^¿^ 
después el golfo de Guaiteca hasta 
mas allá del volcan de Chillan , y el 
Rio-Nearo, cuyo curso de oeste al es- 
te sube del sural norte; al e^te el océa- 
no Atlántico ; al mediodía el estro- 
cho de Magallanes, y al oeste, el gran- 
de océano austral. Las dimensiones 
de la Patagooia varian' mucho : se 
eálcuJa que llegará á cien leguas su 
lonjiíud mediana , medida oíesde el 
fondo del golfo San Jorje al este, 
basta el de Guaiteca al oeste ; y se 
cuenta su superficie total en sesenta 
y seis mil seiscientas leguas cuadra- 
das , comprendiendo en ellas el ar- 
chipiélago de la Tierra del Fuego. 

Golfos y cobos X mon*añas,—E\ la- 
do oriental de la Patagonia pre- 
senta dos grandes golfos , el de San 
José al norte , y ntós abaga jd sur «I 
de San JorJe. Por la parte de 00- 
ctdenise t^ne tres; cL de Guaiteea, 
ai norte, el de Peñas, mas arribík,, y 
el delaTrinidad, qucíjcon eianteribr, 
fórmala inmediata isla de Trear^Mon" 
tes. La punta dctiérra, que laast bien 
merece el nombre de cabo, es k.de 
Froward, á la estremidad surd)el 
continente y por eneÍMd del ángiüo 
obtuso que describe el estrecho de 
Magallanes. Sin embarao puede oí* 
tarse todavéat «I cabo d<Has Vírjenea, 
que se adelantft-eik las ol06, bo teios 
de la abertufra oriental) del estrecho. 
En el cabo Frojward principia, bajo 
el nombre de Sierra Kevad a dteik»^ 
Andes , la jigantesca cadenai qua 
atraviesa todo el nuevo mundos <:<^ 
teaRdo, á mas 6 menos distaaiBifli, el 
ladooccidental.Bsta» montañas^y sus* 
namerosascadenaaseettndarms com- 
ponen Ift armazón de las. coiharca» 
de que haWaabos. La: de Casubal», 
que principia! en la parte occidentd^ 
cerca del caba San Andrés, se* int«»- 
na sttbiendohácia.elnordefi»e,y vH«* 
ve de pronto para dilatftrsedelnorto 
al sur, hasta casi ttai^al estrecho 
de Magallanes. 



PATAOOU. 



este justifica la opiíiioii <^ machos 
sabios^e atnbuyeaá las erupciones 
^(Hcéiucas )a formación del oonti^* 
ujBUle anierícaiio.Los cráteres, toda* 
y¿ aJ[>ierto& del San Ctafnente , del 
MedieieiMiy del Minjahinnadgva » dei 
Osonio y del CbiUan^jenlaPatagoni»; 
«ifudlos mas numerosos qne se ven 
ai^omerados^ el arcbipn^go de 
üagalki^esvy otros en fin dequeha^ 
IfcurémoskrsseñaleSttibiaa todavia^cni 
las islas MaMnas y son mas que su^ 
§cientes para dar uncierto gradode 
. probabilidad á esta aseroion. 

Mior. —La Patagonia no tiene gran* 
des rios.Ei mas notable^ d^c^iaieB^ 
do de la parte oriental,es el Ato -Ne^ 
ffro^ que no debe confundirse con el 
río d^ mismo nombore que. desem-^ 
boca^i etdielas Amazonas. El d» 

Ste ahora hablamos toma s» ortjen 
ijo los Z%^ 50* de latitud y j tiene 
su desembocadero .sobre los éV 
de latitud y 63** de kiiiiitud: occi» 
dentada Mas abajo está el río de los 
Carnereóles, el eual se supone que tie< 
ne sa nacimiento^ como el anterior^ 
en la falda, orientad de kis Andes». Shí 
cemente es desde hi£go del norte aí 
s«F^ dttcHnimdoi Üjevomente del oes«^ 
te a este , y subieéidn después ei^ 
ftfueíla/ dirección del norte al sur» 
Su manantí al está situado, seaun se 
dice, en. los 40^ 80' de latitud.y 71" 
M de loióitud ; su desembocadero 
ealos 4&^ de latitud y S6<^ 20' de loof- 
jitnd oceideataL Este río tiene ' u&a¡ 
porción de corrientes , lo que. unido 
a hts p«»ciis noticias exactas, que hay 
dd iiAerior del paiis, hasenuí^ difi- 
«íl, por DO decir imposible, determi- 
nar su curso príncipaL Mas^ abajo 
está la débil corriente, Uamada Mío- 
DmideJíadOy que prínoipia en el lago 
Colugnape por 71'' 50* de Ibnj^ud y 
4V U>' de latitud ^ur; y en fin el 
GaUegos , cuyo «urso es todavía mi 
problema para los Jeó^raíb6,no obs- 
tante que algunos indican que sigue 
ét\ nort» al sud la dirección de los 
Andes , y queiruel\ie del oeste al es» 
te para desagua» ep^ «1> Atlántico, 
por encima del eaba áa las Vine*' 
ncA. La parte ocddental, in^ñnoQa- 
Ri^iti»«irtftdapoe l0Agplfil¡s^d«^Gti||l* 
kra. y^de^la Trinidad , 4|«#oad% #io 



tiene sn archipiélago ,• y pnr 1» tiar^ 
ra deGsülennoVlj htjMíalMulad» 
Bnmsaddc, «f nta uit mnansoiná» 
mera de oovrttntes^die ka. cuales 
ningunamereofiqua achagadetcUaa 
menciona 

Lmgoa.r^JSmm partnattarídaé qne 
debe notarsev es la disposicioot éñ 
k ttia^r parte de ks. ma y arawoa 
qufr suMaoi k pacte occidsnM é 
tvasfoitmaESB en. peqncclos lafos^ ]n 
sea^ála mitad, yaalfindesacima. 
Dci esXjoñ^ kis mas dignos dcicüiurse 
son d de Tehuel , colocada^, |>or 
lo. que se infiere , én el centra de k 
Fatogoniai; el de NalMselh^,.<nte «á 
estiende ea k inmiedsaeiiMí^ oe loa 
Ande&, ytqna es bastaste^gmnde par 
na eontenev una pequeña isk Ikma»^ 
da do los Tigres ; v en fin UNr diklai' 
do estanqma,situaUQ en.la estremidaid 
noraesiie' de^k tierra de G>uüknn» 
IVv no lejos del Otway-Water y, cu)» 
GÍrcúito> no so deva lo suficiente «a» 
ra que propiamente sea un» verdad 
dero lago mas bien que uno: de aquch 
lias hondJMttdffi» tan. eooMines' en k 
parte del oeste. En: cüíaoto. á lDi»k>^ 
gos de menor dimensión quA; se bar 
een casualmente ea^ las Uanuras,/ 
todos son salobres > poDlo» menoi an 
k parte septentrional. 

Climaj. oApeGiQí-^Z» jsmataSi ser 
sabe mi^y^ poco de las.pradíuocioses 
de k Patagpnift. Las dílinia»tiemi4^ 
de k Aménca merídkmalf, dunqua 
apenas p«sa& el 56*" grado deW 
titud sur,^ están eapnestas 4 una 
temperaturar casi ton ásfiertt co^ 
mo la de Geroenknd* JKci han si^ 
do realmente ols^to* 9klQ^ de est^ 
dios partícukr^; así: es q»i«loatesti« 
momos de los vimeros pamceu} pon 
frecuencia coatr^ctorios^ hahiisn«- 
do hecho cadaiUnotkt e^^^esiünsiívo 
á lodo.elpaislo qMedeheékihahersá 
cánido únicamente á la localb- 
dad qué habkn examinad. SI in« 
terior d^ AMea y de k Nuieva' B»* 
knda se halla, cast en el im^mo^éstd^ 
do ; y ixmoho: trabsíc»' habfáídia ooo^ 
tap todavía antea que de^^sioa d« la- 
nienkrQsikignoranckwli«Ratiag«Dk» 
segjncvel.a«erto de^vtiriiKi >iiaj$^*Q%n^ 
a&m^ mas que ^stcis dAskrlxM , ab- 
9tfiaft pradAÍras ittNiK MMSvir^pa- 
ekis^inm^Mos vmpé^gnsAt» dé* ni*. 



U1ST0RÍ4 DE LA 



Iro. Según otros , por ^ contrarío , 
se hallan magníficos bosques, abun- 
dantes «n madera para construid 
casas. Estas observaciones son cier- 
tas, si se refiere la primera á la parte 
nordeste y sudeste del territorio , y 
la sesuda á la parte oeste y sudoeste; 
no siendo por lo demás de admirar 
la gran yariedad de aspecto que 
ofrece un pais tan vasto como este , 
pues en la Europa misma tenemos 
ejemplos mas notables de ella en una 
escala mucho menos estensa. Tam- 
poco es de olvidar que el hombre no 
na llevado allí aun la actividad fe- 
cunda de su industria; siendo lo que 
ha obtenido con ella, bajo latitudes 
frías y en paises todavía mas in^^ra- 
tos , una prueba de lo que pudiera 
hacer en esta, si la población, aumen- 
tada en América en la misma pro- 
porción que en Europa se diese á 
cada tierra su importancia y valor. 

Todos los autores no obstante es- 
tán de acuerdo en reconocer que so- 
bre el límite de la zona septentrío- 
nal de la Patagonia, el suelo es mas 
productivo que en la rejion del sur. 
En el norte se detiene complacida la 
vista sobre la risueña praaera don- 
de á veces los frutales de Europa, 
trasplantados por los primeros colo- 
nos españoles, se confunden con el 
sauce del pais. Causa una agradable 
sorpresa hallar en las ríberas del ñio 
Negro la hilera, el cerezo, el man- 
zano y la viña con toda la riqueza 
de una vigorosa vegetación. En su- 
ma , fuera del territorío que confína 
eon la república de Buenos Aires, el 
aspecto ae la parte conocida de la 
Patagonia es esencialmente unifor- 
me. Grandes llanuras donde no se 
divisan mas que escasos matorrales 
abrasados por la sequedad , algunos 
montecillos acá y acullá que se ele- 
van en medio de críales priva- 
dos de toda sombra , tal es el 
triste panorama que se descubre á 
la vista del estranjero en un radio 
muy estenso del terrítorio patagón. 

Constitución del terreno, — Al lle- 
gar aquí nos vemo^recisados á con- 
sultar la bella obra de Mr. Alcide 
de Orbigny sóbrela América merídio- 
naU Este hábil naturalista que ha 
recorrído durante ocho años conse- 



cutivos todo el hemisferio austral del 
nuevo mundo, permaneció ocho me- 
ses en la Patagonia estudiando las 
riquezas minerales y animales de 
este misterioso pais, viviendo biyo. 
la tienda del indíjena. Así es co- 
mo ha podido damos á conocer con 
los pormenores mas minuciosos 
todas las partes de aquella vai^ 
rejion que debió tener tiempo de vi- 
sitar , tales como la zona septentrio- 
nal , próxima al Rio Negro , y la zo- 
na oriental hasta la península c^ 
San José. Es una fortuna verdadera- 
mente el poder referí ríios en este 
fmnto á una obra tan preciosa como 
a de Mr. de Orbigny, por quien ade- 
más hemos.tenido el gusto de ser 
autorízados para ello. Confesamos 
pues con toda franqueza que cuanto 
vamos á decir sobre el norte de la 
Patagonia y la población que ía ha- 
bita, es el resumen de las relacio^ics 
y de la opinión del sabio viajero , 
cuya única guia merece toda confian- 
za en semejante materia. Muchas 
veces le habremos de citar textual- 
mente , poraue hay casos en que no 
puede remplazar el análisis á la cita 
exacta , y porque hay en las obra& 
de este lénero períodos que no per- 
miten el estracto y conviene repro- 
ducirlos tales, como son , só pena 
de alterar el asunto á que se re- 
fieren y sujetar á su autor á 
una torpe disección. No quiere esto 
decir que haya tal necesidad, «no 
para las cosas que forman elcarácter 
que las distingiie esencialmente, co- 
mo los detalles de las costumbres , 
y de ningún modo para k> que no 
es parte integrante del cuadro de un 
país ó del retrato físico de un pueblo. 

Tampoco dejaremos por esto de 
examinar cuidadosamente la opi- 
nión de otros viajeros y aprovechar- 
nos de las noticias que faciliten, ha- 
ciendo las inducciones á que dieren 
lugar en nuestro concepto sus conn 
tradictorias aserciones , aunque ad- 
hiríéndonos siempre al testimonio 
de Mr.de Orbigny, como la autorídad 
mas preferída, y bajo cuyo nombre 
se distÍDj^irá nuestro trabajo. 

El YicQe d la América meridional 
no es el solo libro que nos ha sumi- 
nistrado las noticias curiosas, y bij<^ 



PATÁGONU. 



lodos aspectos nuevas, que vamos á 
dar: nos hemos también valido de 
otra obra mas especial y no menos 
notable ; queremos hablar del Hom- 
bre americano , tratado de fisioloíía 
de los mas preciosos para el estuaio 
de las razas del nuevo continente, y 

3ue bajo mas de una relación coloca 
efínitivamente á Mr. de Orbigny al 
lado de Mr. de H^imboldt. ( Esta es 
también la opinión de Mr. Darwin , 
sabio naturalista inglés que ha reco- 
nocido el estrecho de Magallanes en 
compañía del capitán King , cuya 
competencia en este punto no pue- 
de ser contestada. ) 

£s á la verdad sensible que no se 
hayan publicado todavía los tratados 
de jeografía, jeolojía^ -i-íi _!__•/_ 



una parte de la historia natural dd 
Viaje ala América meridional^ pues 
que hubiéramos podido, con las in- 
teresantes noticias que promete la 
perfección de una obra tan útil 
como esta , dar á la descripción ie- 
neral de la Patagonia un desarrpllo 
mas proporcionado á las otras partes 
de £sta relación. 

. Principiamos pues nuestras citas 
sobre la constitución del terreno de 
la Patagonia: 

« Considerado bajo la relación de 
su composición, el terreno de la par- 
te septentrional parece ofrecer des- 
de el pié de los Andes hasta el mar 
una sucesión de capas de tierras 
terciadas que contienen alternativa- 
mente conchas de agua dulce y ma- 
rinas, y huesos de mamíferos en 
medio de un arenisco deleznable, tan 
perfectamente colocados, que sobre 
fas orillas del mar y la nbera del 
Rio Negro donde por dó quiera se 
notan escarpados de una grande al- 
tura^ se piK^e seguir la menor de ellas 
el ««pecio de seis á ocho leguas sin 
que varíe de espesor. Hecha la com- 
paración de muchas peñas con las 
descripciones de los viajeros, han 
probado qiie el mismo terreno ocu- 
pa casi toda la Patagonia de la costa 
oriental hasta el estrecho de Maga- 
llanes. Por lo demás ,^ el terreno ter- 
ciado sigue por el pie de los Andes 
hacia el norte , comunica con el que 
baña el gran Chaco, y rodea por 



todas partes los Pampas propiamen- 
te dichos, formados invariablemente 
de arcilla de huecos y de tierras mo- 
vedizas. Esos mismos Pampas tie- 
nen mucha menos estension de lo 
que se. habia creido, pues que no 
participan jeneralmente del terreno 
de la Patagonia , acabando á los 39 
grados para dar lugar á las tierras 
terciadas de los lados australes; así 
que, á escepcion de los terromonte- 
ros y orillas de las riberas, la Patago- 
nia está sin cultivo, porque no cuen- 
ta mas que con terrenos arenosos y 
secos que carecen de la humedad ne- 
cesaria.» 

Ya hemos tenido ocasión de decir 
que las llanuras de este país están 
impregnadas de sal, y que los lagos 
de la parte del norte son salados. 
Es tan abundante esta sustancia en 
las tierras de la Pata^nia que fre- 
cuentemente se manifiestan sus par- 
tículas de moho por la superficie, y 
hastasobre los terrizos6terromonte-< 
ros de las márjenes del Rio Negro : 
así es que ningún pozo ha dado ja- 
más agua potable, y la misma que 
beben los naturales, á falta de otra 
mas dulce, es tan salobre que produ- 
ce á los estranjeros fuertes cólicos y 
una peligrosa disenteria. Esta dis- 
posición del terreno y el reciente 
desoubrimientade ciertos fósiles que 
lo indican, prueban que la Patago- 
nia ha sido cubierta por el mar; y si 
esta hipótesis, que parece muy racio- 
nal, se admitiese, se esplicaria fácil- 
mente la formación de numerosas 
salinas que dan á los colonos del Car- 
men sus productos naturales: al re- 
tirarse las aguas, han dejado lagos 
salados, cuya parte líquida se ha eva- 
porado, gracias á lo raras que son 
las lluvias y á la estremada sequedad 
de la tierra. Así es como las partes 
salinas se han concentrado en el fon- 
do de estos receptáculos , pasando en 
fin al estado de cristalización. Por 
lo^ demás hay también que observar, 
que en las orillas de esas salinas sue- 
le haber cristales, los cuales toman 
equivocadamente los naturales del 
pajs por sal , no siendo otra eosa 
quecalizoó sulf^todeeal. Algunos de 
esos cristales Jtienen hasta diez ó doce 



HlStÜllU tk LA 



j^ mis ImUo» «a MI jéaero^ 

mil WMj ■ atáüTimÁLv— f^e/eiaütir,^ 
ti» firDXHttMad de ioséitefaleinmíeiií^ 
losvgin'colAsde taenos-Aíras itt ím* 
fUiHhi BMnr pcMteposameUte sobtv la 
papte de la Potegonia que bada d 
Rio lí^vo^ para i|ue ae ludlcti ató 
baoicoiaas donóte ae fm^van la 
ttiai^r parle de nuesti^s «eirealea y 
iJ^nnosárbc^f raíales, indieaáos va 
en el párnaíiái relartivo al aspecto d^ 
país. ]or«deOri»i^y ka reunido oieflh 
to diez y siete especies de pliintas^ 
D^ffinero aiaB<nie sufieieote para vinr 
alear al pfiis oe la nota de^eompl^ta 
«starüidad; fiero poT deshacía, &^ 
tre jesaa li7 ^Mseíes bo li^ ninguna 
^itersett d%na de ñjaar párticuíartiaelí- 
íe DiK!atra ateiucaon. 

j4»itJ>rfies^*-M rano ommid <^ré* 
ce anas interés. (CítavéoMs^ Mo ro-^ 
jo iíOKM jüdutli]^, cfueliaee k guer^ 
ra á laa ^liinaoeasí el en guardo y 
ese 4ágre tutierieaiKS ^«lev despuM» de 
hid>erfeie faf^tado de sangre f de eatv 
nept^Hante, oeulta ^o Ids yer- 
ba*^ ias hojas ó la arena, et de^pK>jo 
d« tm presa para Vo^nsr á €ila cian- 
do lei^ireniieiáoeaesidad ; dos espe^ 
tmtrfjñXLj pequeñas de galos salvias, 
el pa/ero y á mharacar^y^^ hsSsesk 
la caca, en eianeiiñnenéia tci^st eí e^*- 
guardo* «B iaalhHmm^^que baña el 
Rio^^KegpñO; la mofeta^ vü^era^ que 
(aduti*«»<€Wi'^doiift9tt^Ue«uan' 
<á0 «IB enetmigo «ualquiera ae 
U aeercft ; el ow caa&soy «apeóte de 
Itnren qve socaba U tierra y quie 
mtáck>*d^ tas miamas «nulidades que 
)a miá^^ 4MrrQJé también euandc^ se 
le irrita u« olor fuerte de atmÍEdbe 
(fiufoA le Banta Aiina de Cayena) ; 
el $orr¿tío , loirm daae de «aofetta , p»' 
recida á llúi n]íai4»s.en laa fe^rmas es* 
veitafi y gradosim, en la fáel neero^ 
con dba íiajm tóaneas deisae la cámbe- 
la hatta la ooU, ye^zf)r/^áe Faiago- 
Báaque, segu^ Ckesby, soladifien^ 
úeA ée Europa por la piel de un 
^^ pialieado. £s^ asóroat, t0ámia 
SBuaiMstotoqiitP rl que imjs «a ya eq- 
nooMa, aala pprl» t«r4iK,de su guan- 
lia para ir á«aai^render á hs 4t¥«a 



caseras en las gi^njas , j suceda irf* 
caentemento 4iie acosádopor el faam* 
bre y no haUando conque satisfeoer- 
la, ae arroja aobre los caeros de pM 
no'Ciirtida que i»an los habitantes ^ 
los oortay se los Ue^: Así es que ¿ 
Yeees los anímales ó kfs caballos en- 
cerradosen vrü coto hecho dieestacas 
y travesanos, atados coct tiras de cué^ 
ro, se escspan durante la nodie por 
liaber sido arrebatadas esti^ tin» 
por algún descarado aorro. Los Pa*' 
tagones les temen mm^f cuentan 
de ellos «n^ multitud de historias 
mas ó menos estravagantés ; Qegait 
hasta asegurar que son bastantir 
atrevidos para venir á cortar, mien- 
tras díuermen , las correas que sus- 
penden sds recados puestos debajo 
de la almohada, porcuya razón tie- 
nen si€»npre cuidado de ponerlos 
en su d^. Suponen todavía que ti- 
rando cierta noche uno de estos zor- 
ros dd ramal de un caballo para 
apropiárselo , k>gró oonducirie hasta 
sucneva« 

Debemos también citar, evitre k» 
mamíferos que se encüentráii en ma- 
yor ó menor ndmero en la Patago- 
nia, la semtTHtipeJa , cuya maternal 
ternura es conocida de todo el mun^ 
do, sabiéndose, como se sabe, que al 
n»endr peligro que amenace á su» 
hijuelos, los escande en su buche* 
En lo alto del pais se bailan muchas 
especies de animales roedores , co- 
mo los eiénomes, que labran las ila>- 
nuras como nuestros topos; las ra- 
tas en bandsdas numerosas, indíje- 
nasé traídas por los buflues tíuro- 
peosj d rato» y el gt/ya^ de los que 
algunas familias , venidss del Korte, 
pueblan los pantanos, y hacen oir 
quejidos melancólicos en la hoia de 
» noche eit que la biscachahueloi ; 
este illtímo es un animal especial á 
^estas eomarcas , y nunca se acerca á 
los ttx^if^s. Lomismo succdeal vek» 
mnra^ 6 li^re de América. Este cua- 
4nipedb^ que se aproxima al jénaro 
de los /7go¿r^, es notable por su cos- 
tumbre de escavar profiradMwnte 
la tierra; su piel es partJs-roja, os- 
cura por «* lomo y Wsnea por el 
vientre;háeia.iá cola reina una media 
luna nejgra que resalta agi^adaída- 



ífAtXttO^Í^. 



iiiie&te€DQloéemásd€l feo. Álfiñ" 
DOS !K»ti tan graades eortio los pemt« 
út WdákxoL e^atura. Ix>s naturales 
áe\ p9iU son muy diestros «s hi caiea 
eseamizada qfie tes hacen. Comd 
Ja mará tiene el ^paso muy irre- 
ralar y da mil Tiieltas cuando huye ^ 
JOS caballos, acostumbrados áestejé- 
nerade ejercicios, bacen otras tantas 
«votaciones rápidas como este ató- 
ÍDíial^ y no haciéndolo así son perdi- 
dos. Mas los indios «stán ya tan ha* 
bituados á este arte , «oe siguen to- 
dos los movimientos del cábailo y lo- 
gran lli^ar á fatigar á la liebre en 
tértninos que sin anearse ta cc^ 
por tesorerías y se la llevan. 

£n Pátagcmianose encuentran mo- 
nos, ni jaguares ; este ultimo, el mas 
bello y mas grande de todos los ga^ 
tos salvajes^ después del tigre , no 
pasa íainás al snr de las montañas 
del Tandil. 

Entt^ los mamíferos desdentados, 
no podemos dejar de haieer mención 
ééipichi^ que perteneiQ» al jénerb 
á^\ íatOi Loa individuos de esta fa* 
milla son, como se sabe, notables 
por la callosidad y dureza de la con-» 
cha que los cubre; tienen el hocico 
puntiagudo, orejas grandes, uñas 
lái^s, cuatro ó ^ineadedos delante 
y cuatro detrás ; socavan sus mora* 
das subterráneas y se alimentan de 
vejetalesyde insectos. £1 pichi es 
un gracioso y pequeño animal , muy 
afanit, absolutamente inofensivo y 
en estremo solicitado por la deli- 
cadeza de su carne, que no disgusta- 
ría en las mesas mas esplendidas de 
£uropa.lA>s Gauchos y los natura* 
les la ponen á cocer sobre el fueso 
por la parte de la concha , y cuando 
está bien tostado , se caen las esca- 
mas tnuy fácilmente. IN'o es raro ha- 
llar tos ¿ichis en las casas de les co- 
lonos^ donde se divierten con ellos 
ya por strs gracias, ya por las postu- 
ras singulares que toman á veces. 

Los pantanos del Rio Negro sir* 
ven de abrigo á un g^ran numero de 
pecan *' de coltar^ ó jabalí de Amé* 
rica, tan ásperos é indóciles en este 
paás como lo son en todas partes, 
tina especie de ciervo, llamado gua^ 
zuif^ 6S también muy común en la 
Patagonia , pero es menos interesan- 



te que el j»iftfiftf^i*tf twya «ame y se- 
bre todo la pid aprecian muofae Ims 
habitantes. / 

£ste ultimo ammai,^uettO lahan 
naturalistas que le ct^esiideiien eo- 
mo el lama en estado salvaje^ es 
<n la América meridioniíl el Repre- 
sentante del cameHodeOTfente. Pu<9- 
de muy bien ser comparado por su(s 
formas estetieres á un «ano con dos 
patas y un cuello mes lai^^os. Se 
hallan muchos en todos los puntes 
templados de la América d^ Sur, 
desde las isl» de la Tierra del Fueco 
hasta las rejiones montañosas de la 
Plata, y aun hasta la cordillera dM 
Perú. No obstante que estos anima^ 
les prefieren los lugares elevados 
para habitar, se enowenlfan también 
en las llanuras de la Patagonia mc- 
rídiohal. En jeneral andan en cuai- 
drillas de doee á treinta, mingue no 
dejan de reunirseen otras ^las neme- 
rosas y apiñadas sóbrelas costas sep 
tentríonales dM estrecho de MagaHa*- 
nes. 

Un rasco caraclería^co de esté 
cnadnipedo es la curiositltd. Cuán-^ 
do se halla uno por casualidad (rcn*- 
te de un guanaco aislado, en lugar ám 
huir, como debería aconsejárado^su 
instinto salvaje, se detiene y le oh* 
serva con atención ; un instante xles* 
pues, sigue su camino , y Se para to^ 
davía para vtilvferos á mirar. Si se to- 
ma alguna postura estraña, como 
por ejemplo, si se echa uno en el sue- 
lo con las piernas al aire , se acerca 
Eara reconocer el sínffularobjetoqiit 
a notado de lejos. Algunos viajeros 
se han valido dfe este ardid con éiti-* 
to , y aun á veces, los guanacos pare¿ 
cian creer que los escopetazos que les 
disparaban sin alcanzarles eran una 
consecuencia de la broma. Mr. Dar- 
win, naturalista inglés, ha visto va- 
rios sobre ks montañas 4ie la Tierra 
del Fuego no solo f elincbar y gritan 
cuando se tes aceríjaba , sino empi-^ 
narse y saltar de la manera mas ridi- 
cula. Son susceptibles deenseñanfcv 
como también de mucha familiari- 
dad .Descarados entonces en estrerntoy 
se arrojan sobre el hombre v le mal- 
tratan por detrás con s«s dos rodí* 
lias. Se asegura que el motiv^o de es- 
tas bniscas embestidas suele ser el 



8 



HISTORIA DE LA 



amor cck»o qu6 esperimenlan por 
sus mcyeres. No sucede lo misipo 
con el guanaco en el estado pura- 
mente salvaje ; no tiene ninguna idea 
- de la defensa natural , y un solo per- 
, ro es suficiente para sujetarle , á pe- 
sar de su alta talla. Guando reuni- 
dos .efi rebaños son asaltados por 
kombres á caballo, se desbanaan 
inmediatamente y huyen atolondra- 
damente , sin saber á dónde dirigir- 
se; esto es precisamente lo que faci- 
lita la caza que les hacen los In- 
dios : fácilmente los empujan hacia 
un punto central , y los rodean de 
tal modo que muy pronto se hacen 
dueños de ellos. 

Los guanacos se .arrojan volunta- 
riamente al agua. En el estrecho de 
-Magallanes pasan á veces de una is- 
la a otra. Biron^ en su viaje, los ha 
visto beber agua salada ; y los oficia- 
les dd buque inglés ei Éeagle divi- 
saron una cuadrilla entera quepa- 
recia estaban bebiendo d líquido 
contenido en una salina del cabo 
Blanco. Fuera de esto , no pueden 
sufrir el agua salada , esponiéndose ' 
á morir de sed en algunos puntos de 
la Patagonia. Durante el dia se re- 
vuelcan con frecuencia en hoyos lle- 
nos de polvo. Los madios se pelean 
á veces con encamisamiento. listos 
animales tienen una costumbre que • 
parece inesplicable : todos hacen sus 
necesidades corporales en el mismo 
paraje, resultando de aquí tales 
montones de basura y estiércol que 
al]s;unos tienen hasta ocho pies de 
diámetro. Frezier observa que esta 
costumbre es también común al la- 
ma, y diceauees de grande utilidad 
para los Inaios , los cuales se sirven 
•e los escrementos del guanaco pa- 
ra combustible. Mr. de Orbigny con- 
firma esta observación, y asegura 
3ue todas las especies del jénero , es 
ecir, los lamas , los alpacas y los vi- 
cuñas, están dotados de este singular 
instinto. 

Los guanacos parece que elijen 
determinados lugares con preferen- 
cia á otros para morir. Se ha visto, por 
eremplo, en las orillas de Santa Cruz 
el suelo blanqueado de huesos, prin- 
cipalmente en los sitios de matorra- 
les y cercanos á los rios. Estos hue- 



sos no ofrecen señal alguna de haber 
sido devorados los guanacos por bes» 
tías feroces. El mismo hecho se ha 
observado por las máijenes del Blío 
Gallegos. Ninguna razón se puede 
atribuir á esta costumbre; sin em- 
bargo es de notar que cuando un 
guanaco está herido, se dirije siem- 
pre hada el curso del agua que tíe* 
ne mas inmediata. Estos hechos pue- 
den servir á veces para esplicar la 
existencia de huesos intactos en una 
cueva , 6 enterrados bajo bancales 
de turbiones; enseñándonos tam- 
bién la causa de hallar frecuente- 
mente los despojos de varios mamí- 
feros mas bien aue de otras especies 
en los terrenos rangosos. (Estos poi- 
menores sobre el guapaco están es- 
tractados de la interesante obra de 
Mr. Darwin.) 

Además de los cuadrúpedos que 
hemos citado, se hallan en la Pata- 
gonia bueyes , caballos y cameros 
2ue los colonos europeos han Ueva- 
o y connaturalizado allí sucesiva- 
mente. 

_ Los bueyes producen un comer- 
cio bastante considerable de carne 
salada, y se llevan muchos para las 
inmediaciones del Carmen. Están 
pastando cerca de4as habitaciones y 
allí es donde se les mata y se prepa- 
ra su carne para ser conducida a la 
población para su venta. El lugar 
donde se hace esta operación se llama 
saladero. Mr. de Orbigny ha hecho 
una descripción quevamos acopiar: 
« Los animales son conducidos á 
la inmediación del establo , encerr 
rando todas las tardes en estos re- 
diles á los que se destinan para ser 
muertos al aia siguiente. Desde el 
amanecer los operarios se distribu- 
yen el trabajo : los unos montan á 
caballo con el lazó , entran en el re- 
dil, amarran á cads^ animal por los 
cuernos y le obligan á salir ; en tan- 
to que los otros a fuerza de golpes 
les nacen encaminar hacia el sitío de 
la ejecución de frente al cobertizo. 
Luego que llega allí, el operario 
que le impelia por detrás, sin 
apearse del caballo , le troncha de 
una cuchillada, diestramente dada, 
los corvejones traseros á fin de que 
no pueda andar; en seguida otros 



PÁTAGONIÁ. 



le c^han por tierra y le hieren en la 
H^rganta «para desangrarlo, ó bien , 
8Í es necesario , le clayan la pun- 
ta de su cuchillo, por detrás de la 
nuca hasta tocar la médula del espi- 
nazo, lo cual requiere mucha habi- 
lidad, y entonces ya el pobre animal 
queda sin movimiento y como muer- 
to hasta que se le acaba de matar. 
Mientras que los hombres montados 
á caballo continúan así sus opera- 
ciones , otros operarios principian á 
desollar y á partir la carne ; y cuan- 
do ha sido muerto el número de re-, 
ses suficiente para el trabajo del dia^ 
lo que sucede á veces á las ocho o 
nueve de la mañana , aunque haya 
ochocientas ó mil, entonces para ca- 
da una se dedican dos trabajadores. 
Dividen con el cuchillo la piel en 
toda la lonjitud del vientre desde la 
cabeza hasta la cola, y las patas por 
la parte interior desde la corva has- 
ta el punto de unión de la línea del 
medio ; cortan los pies y los tiran, 
desuellan el animal y sobre la mis- 
ma piel lo despedazan. Sacan los 
cuatro cuartos con una habilidad 
admirable v los ponen debino del 
cobertizo , donde los suspenden en 
ganchos preparados al electo; des- 
pués aquellos mismos hombres se- 
Sarán las carnes de los huesos y las 
ividen en cuatro ó seis [>edazos, pe- 
ro con una destreza difícil de creer: 
el uno levanta en un solo trozólas de 
los costados, y el otro las de la par^ 
te vertebral, igualmente en grandes 
pÑedazos, llevándolos todos almismo 
sitio , colocándolos en pilas sobre 
los cueros , y separando los intesti- 
nos que los muchachos cuidan de 
limpiar antes de ponerlos en su lu- 
gar. 

Luego que todas las reses muertas 
han sido partidas, llevan los opera- 
rios las pieles al tinglado y sacan la 
carne superior de los cuartos, siem- 
pre con la misma ajilidad, para po- 
nerla sobre los cueros, colocando 
en otro lado los huesos. Concluido 
esto y principia una nueva operación 
en la que todos toman parte: vuel- 
ven á repasar separadamente cada 
trozo para partirlo si es muy grueso, 
quitarle de encima la gra^a y echar- 
le en el montón. En seguida se ponen 



las pieles en tierra y se pone en ellas 
una fuerte capa de sal, y sobre esta 
una capa de pedazos de carne esten- 
didos con cuidado; sigiiiendo ha- 
ciéndolo así alternativamente hasta 
formar una alta pila cuadrada , á la 
que no se toca en diez ó quince dias, 
para dar tiempo á que las carnes to- 
men bien la sal. Trascurrido este 
tiempo, se espone diariamente al 
aire la carne colgada en unas cuer- 
das hasta que se seca , lo que la ha- 
ce ser. menos pesada y de mas fácil 
trasporte. Las pieles se salan de la 
misma manera que la carne: se las 
deja en montón ó pila por espacio 
de auince dias, ó un mes; y. luego 
se forman paquetes de ellas para 
embarcarlas y entregarlas al comer- 
cio. 

Las grasas se dividen en tres 
clases: hav desde luego aquella que 
se saca de los intestinos y que forma 
el sebo, la cual por lo regular se en- 
vía en barricas amontonada sola- 
mente ó derretida; siendo de esta 
última de la qiie se usa en el pais 
para d alumnrado y la que sirve 
también para la esportacion, además 
de la que se estrae délas carnes. Es- 
ta otra se derrite y se pone en las 
vejigas ó grandes intestinos y no se 
emplea en el pais sino para la coci- 
na, siendo uno de los artículos mas 
indispensables, tanto para la jente 
del campo como para la que habita 
en Buenos-Aires. Hay en fin en los 
saladeros otra tercera clase de grasa: 
los trabajadores ponen á parte todos 
los huesos capaces de contener la 
médula , y acabado el dia, los que- 
brantan estrayendo de ellos aquella 
Con un palito, y derretida en las cal- 
deras, la colocan en pequeños barri- 
les. De esta última especie de grasa 
se sirv^ el propietario para su 
cocina , se da como regalo de gran 
precio á los amigos y se vende bas- 
tante cara á los glotones del Rio 
de la Plata que la estiman mucho ; 
siendo con meto sin contradicción 
el condimento mas delicado y mur 
superior á la manteca de puerco , a 
la de vacas y aun al mismo aceite. 
Las lenguas se salan aparte, y ya 
que se han secado, vienen á ser de 
este modo un objeto de comercio. 



iO 



ÜBTOftU DF LÁ 



Ks iiiK «icnjar iMstantebaeiie y Itpre- 
ciado de los ctMisumidoreé de carne 
seca. En el Brasil es donde se hace 
principalmente este comercio, así 
como el de la grasa^ porque lo» 
grandes calores de Bahía , de Rio J»> 
tieiro y de todas las otras cindade» 
situadas bajo la zona hórrida, no les 
permiten conservar la carne fresca» 

Luego que los operarios han aca« 
hado el trabajo del' dia, se dediéan á 
limpiar su matadero , se llevan la ca* 
beza con sus carnes , toda la arma** 
zon oseosa del tronco y los huesos 
de las patas cerca de la orilla del rio, 
donde amontonan todos estos des* 
ojos y los intestinos, el corazón , el 
'g;ado y los livianos, que también se 
tiran cuando las pobres jentes del 
Carmen ó los Indios no vienen á 
buscarlos, ^sí es que los huesos, 
buscados con tanta avidez en Euro^ 
pa, vienen á quedar sin uso alguno, 
siendo allí arrojados al campo. Ape* 
ñas cuando se han corrompido las 
carnes hace el propietario recoger 
los cuernos que se desprenden en- 
tonces mas fácilmente , porque como 
bay madera de sobra en los alrede- 
dores para no tener necesidad de 
«niplear los huesos como combusti- 
ble, según lo hacen en todos los Pam- 
pas de Buenos-Aires, se tiran y no 
sirven absolutamente para nada. Se 
hallan sobre muchos puntos de la 
ribera esos montones considerables 
de huesos, como señal de haber ha* 
bido por su inmediación algún sala- 
dero, y que permanecerán así hasta 
que la industria estranjera quie- 
Ira apropiárselos cargándolos para 
trasportarlos á Europa , ó la indus- 
tria indíjena los emplee en el propio 
pais cuando la civilización habrá lle^ 
vado allí sus fábricas. 

El Europeo, testigo de los trabajos 
de un saladero, no puede menos de 
quedar sorprendido de la habilidad 
feroz de los operarios y de la destre- 
za con que huyen el cuerpo de los 
cuernos de los toros que, furiosos al 
verse en redados, luchancon una fuet^ 
za estraordinaria cuando se acercan 
á su» compañeros ya muertos en la 
plaza , saltan , cocean, y ponen al 
jinete en un verdadero pelisro. Se 
estremece el espectador a catía mo- 



mento al ñpecto dt aqneQos EMt' 
brea que, amenazados mü teces <far 
la muerte, juegan sin einbargocon ím 
cólera del toro como con la de la va* 
ea vsu presencia de ánimo es siem*' 
pre igual á su pujanza y su habili- 
dad ; siendo muy raro que seaü he- 
rido». Pero eso» hombres que no 1^ 
men la muerte , que se i^uentran 
con ella á cada pi»o , son tan duró» 
para los animales como pirra ^]km 
mismos : se goaan con los sufrimieU'^ 
tos de la víctima, cual si esto Tuerlr 
una especie de indemnización dé los 
riesgos que les ha hecho cornei\ 
La dejan con frecuencia revolcarse 
poríargo tiempo en la tierra cuando 
le han cortaao los corbeiones > j 
se rien de los laméntateles bramidok 
que le arranca su dolor: la mutilaiV 
gratuitamente, y la entregan así bin 
defensa á los disformes perros que la 
muerden la lengua y se la arrancan 
cuando brama. Pronirilpen enton- 
ces en infinitos aplausos todos los 
operarios que, cubiertos de sangre, loi 
esprimen gota á gota, recreándose en 
éste espectáculo,aue es para ellos mn^ 
delicioso. ¿ Qué numanidad pueden 
tener unos hombres acostumoradot 
á estas escenas? Así w qwe coa la «u- 
chilla en la mano se están continpa-^ 
mente amenazando con la muerte , y 
se divierten en hacerse chirlos en la 
cara; de manera que el verdadero!»*' 
rero rara vez deja de tener la cart 
acribillada de cicatrices. Asesínanse 
unos á otros con la misma frialdad 
que si degollasen un buey ó un ter* 
nero,s¡n esperimentar remordimien- 
to alguno. Una circunstancia que tu- 
vo lugar después en el mismo paraje, 
demuestra cuan insensibles son á la 
agonía de los animales : es el caso 
que habiendo acabado de matar 
todo el ganado menos los becerros» 
y temiendo que estos fuesen robados 
por los Indios enemigos, los encerra- 
ron en el parque donde, faltándoles 
el tiempo para sacrificarlos^ les corta- , 
ron los corbejones dejándolos por 
muchos dias en este estado, cosaqua 
les parecía muy natural. 

El espectáculo de un saladero es 
muy triste para quien lo presencia r 
la noche , los mujidos de los ánima- 
Íes encerrados en el parque» faltos de 



ÍÁTACk)NU. 



n 



Mlis¡o€üÍ0 por espacio ie dos é tres 
^iás, la ag<»iia del gsrnado espirando 
fasyo la oiicbHla del carnice^ , la ra^ 
bia de los aue intentan sustraerse á 
lalnuerley ios clamores lejanbsdelos 
operarios, dan á esta escena un carác- 
ter aterrador. Caufta súinoascoel ver 
ocho ó diez hombres provistos de su 
t^rrespondienie cuchiJla,de^llando 
los unos j^ despedazando ios otros 
una porción de animales , cuyos 
iníemoros desparramados sirven de 
juguete á los operarios j de presa á 
JOS perros y aves de rapiña, atraídos 
aUí por la esperanza del botín. 

Yo presencié una de esas reunió* 
hes fortuitas de aves que no se 
alimentan mas que de carties muer- 
tas. Vense siempre al rededor de una 
habitación una infinidad de calarlos 
tirubu y aura, los buitres de aquellas 
rej iones, y grandes y pequeños cará- 
caras que viven de los desechos de 
los habitantes ; pero estas aves nun* 
ea pasan de veinte a treinta, á menos 
que se mate un animal , porque en- 
tonces se reúnen en lin numero con- 
siderable hasta que apuran tx)do el 
sitstento. Un día en que se empesó la 
matanza en «I saladero aparecieron 
por la mañana como una docena de 
estos parásitas del hombre ; el cebo 
de la carne atrajo mayor número en 
muy poco tiempo , reuniéndose en 
pocos dias todas las aves de rapiña 
de mas de treinta leguas á la redon- 
da. Aumentábase por instantes la 
multitud, tanto que á media matan- 
za podían contarse muchos miles dé 
umbus, caráctiras, auras y chiman- 
gos que se disputaban con grandes 
gritos los restos descamados de las 
reses.Estasaves se movían apenas á la 
aproximación del Iwmbre , 3; al dis- 
parar un tiro se remontaban imitan- 
do el estruendo del rayo con, sus 
alas, que ocultaban el sol por su 
disformidad. £n Buenos- Aires, don- 
de 00 hay urubus , e^án cubiertos 
los saladeros de gaviotas blancas que 
«e alimentan también de las reses 
muertas. Al concluirse los alimentos 
, se dispersan estas reuniones de aves, 
no volviendo á comparecer hasta otra 
matanza. En medio de su rapacidad 
9on de suma utilidad , pues á no ser 
^por ellas los cuerpos de k» animales 



4É»a»donado& en el muladar podrían 
acarrear una dañina peste con lu pu- 
trefacción. 

I^ Patagonia m muy abundante 
«n aves, pero no tienen el pluma^ 
je tan hermoso y variado como las 
que habitan en otras rejiones de 
América. El avestruz , que es muy 
numeroso en el norte, es mas peque- 
ño que el de África, del qial difiere 
además por tener cuatro dedos en 
los pies, dos delante y uno atrás, por 
ser sus plumas cenicientas y tener 
la cabeza como una oca. Su nombre 
índijeno es ñandú. Pone sus huevos 
por octubre y noviembre en los sitios 
mas silvestres, cubriéndolos tan solo 
por la noche, ya el macho ya la hem- 
bra. Cuentan los habitantes que<3uaa- 
do los huevos están ya empollados , 
rompe los huevos tel mismo avestrtí» 
para atraer á las moscas y alimentar 
con ellas sus polluelos. Él rasgo 
mas característico de esta ave es su 
estrema curiosidad. Cuando está do- 
mesticado suele colocarse en medio 
del círculo de las personas que están 
hablando para mirarlas mejor ; estff 
instinto le es muy fatal en los 
montes porque entonces le sorpren- 
de el couguar sin que pueda esca- 
par. Ix)s naturales . del país buscan 
con ahínco la carne del avestruz: \oi 
Gauchos comen la pechuga, á la que 
llaman picaifilta. Los huevos se ven- 
den entodo el país y hasta en Buenos- 
Aires y Montevideo. Las plumas del 
ñandú no son ni con mucho tati her- 
mosas como las del avestruz afrícano, 
y por lo tanto solo se emplean para 
escobillas. La caza de este pájaro se 
hace á caballo, siendo muy diestros 
en ella los habitantes. Es muy difícil 
cojer al avestruz porque huye al mas 
lijero ruido. Desde el momento en 
que se le divisa se debe dar rienda 
suelta al. caballo y dar tras él 
continuamente hasta aue esté á tre- 
cho de echarle al cuello el lazo que 
con tanta aiilidad arrojan los Gau- 
chos. Sucede muchas veces que vién- 
dose cercado por los cazadores , in- 
tenta picar al caballo con una espe- 
cie depua que tiene en el ala, y cuan- 
do ha perdido toda esperanza se me- 
te entre las piernas oe los corceles , 
que arr(>jan asustados á los jinetes 



12 



HISTORIA DE LÁ 



Sobre la arena. Logra escaparse en- 
tonces, pero en breve es alcanzado 
por otros enemigos que acaban por 
sinetarlecon el lazo fatal : por lo re- 
guiar se le mata en el instante mis- 
mo, y el vencedor cortándole las alas, 
las coloca en el cuello de su caballo 
en señal de triunfo. Esta caza es un 
espectáculo sumamente curioso para 
el estranjero, y anima los llanos de- 
siertos de la Patagón ia septentrional. 

Hállase además otra clase de estas 
aves que los Gauchos denominan 
avestruz petiso. 

El número de aves de rapiña es ' 
mu^ considerable en la Patagonia: el 
temible cóndor^ cuyas alas jigantescas 
, abrazan un radio de quince pies, se- 
ñorea con uh vuelo majestuoso las 
rejiones del litoral; los Incas del Pe- 
rule t*espetan como los Ejipcios al 
milano. Él cóndor tiene por compe- 
tidores al catharto aura y al cathar' 
to urubú. El primero, llamado tam- 
bién vultur aura , es una especie de 
buitre voraz que esparce á su alrede- 
dor un olor insoportable. El urubú 
es de la misma familia aue el prece- 
dente, y el olor que exhala, lo mismo 
que sus-escrementos, tienen mucha 
analojíacon el almizcle, si bien este 
mismo olor se halla sufocado por el 
de carne podrida. Estas aves , como 
se ha dicho ya , se nutren de reses 
muertas v evitan al pais muchas en- 
fermedades epidémicas. Cuando los 
urubus se ven acosados al acabar su 
comida , vuelan con dificultad y vo- 
mitan la carne que acaban de tragar, 
no sólo con el objeto de aliierar su 
vuelo, sino también con el ae entre- 
tener á los carácaras que se paran 
Sararecojer el cebo que leshandeja- 
o sus enemigos. El carácara es un 
águila voraz en estremo que anda 
siempre rodando al rededor de las 
habitaciones alimentándose de ani- 
males muertos. El águila coronada., 
el águila aguya , la busa tricolor y 
algunos busardos hambrientos per- 
siguen á su presa incesantemente. 
Por el verano regresan á la Patagonia 
el alcpn y algunas aves carnívo- 
ras nocturnas, como el ñacurutú , el 
duque de Europa y el aterrador. 

Entre las aves de tamaño menor se 
cuentan los rhinomios , especie de 



mirlo^ que viene en el invierno des- 
de el estrecho de Magallanes; «I 
burlón de Patagonia^cviyo canto mo- 
dulado y cadencioso parece que re- 
meda al de los otros pájaros ; el lije- 
rísimo trogladito , el tímido synar 
llaxoy y el juguetón gobemosca. Las 
praderas del norte se hallan frecuen- 
tadas por algunos pipis que devoran 
los insectos , y por muchos muscisa- 
xicoles , especie de pájaro mosca , y 

eor el vocinglero tangara^ cuyos 
ermosos colores pueden rivalizar 
con los del colibrí. Este pajarillo es 
el único de su clase que frecuenta los 
pantanos , donde se hallan también 
algunos trupiales , y el pájaro milu 
tar^ llamado así, por sus charreteras 
y pecho encamados. 

Inñnidad de golondrinas pueblan 
taínbien las oríllas de Rio Negro con 
otros pajaríllos,como el diuca ó gran 
pico del Chile^ célebre por su pluma- 
je azul y su garganta blanca; eta/iu/ii- 
bi\ ave de pluma negra y pata colo- 
rada , cuyo nido merece describrirse 
por su orijinalidad, colocado ordina- 
riamente en la punta de las ramas 
inclinadas ó en medio de arbustos 
solitaríos. Esta mansión, donde va á 
dormii' cada noche la pareja,es muy 
singular, comparada con el volumen 
de sus constructores; tiene de IS 
á 19 centímetros de lonjitud y algu- 
nas veces asciende á 40: su forma es 
la de un óvalo prolongado ; la parte 
esteriorestá protejida por una por- 
ción de espinas vejetales, colocadas 
con tal arte que no pueden arran- 
carlas sin quebrantarlas ; lo interior 
se compone dedos gabinetes, uno de 
ellos bastante capaz y abierto lateral- 
mente: en la primera estancia hay un 
Í>asadizo que conduce á la segunda, 
a cual está muy tullida y es dónde 
pone sus blancos huevos lá hembra 
en el mes de los amores, que es el dé 
octubre. Los anumbis trabajan cons- 
tantemente en componer su nidó^ 
en lo que ocupan toda su vida, es- 
cepto los instantes que consagran a! 
cuidado desús hijuelos. 

El anabato^ pájaro de aH>ustos, 
cuyas costumbres son muy parecidas 
á las del anumbi^ con un canto muy 
cromático y cadencio^; el horneras 
que construye tam,bien su nido ccm 



sumo intenio ; el ibis con sa chillido 
desagradable y el pico largo ; el thi- 
eonoroy que se arroja al suelo con su- 
ma velocidad , y confundido con la 
tierra por su idóneo color, no vuelve 
á remontarse hasta que le pisan; el 
/iupucertioj pájaro minr tímido; el 
Aeron con sus patas anladas ; el bi^ 
horó^ especie de heron coronado con 
una hermosa guirnalda de plumas 
blancas, que muda cada año y son 
muy estimadas; hay también varias 
becadas y cigüeñas con un pico muy 
largo; el pico envainےdo^ que los an- 
tiguos navegantes españoles é ingle* 
ses denominaron palomo blanco , y 
cuyas costumbres marítimas con tras- 
tan singularmente con su terrestre 
aspecto. Citaremos también al fla- 
mingo ^ que hace su nido en medio 
de las espaciosas salinas que cubren 
aquellas llanuras. Agrupados estos 
nidos á veces en número de mas de 
dos mil, forman un islote neero que 
resalta en medio de aquella blancu- 
ra. Cada nido es un cono de un pié 
de latitud y cóncavo para depositar 
los huevos ; es muy curioso ver esta 
infinidad de conos en medio de las 
salinas; parece una de nuestras anti^ 
guas ciudades ccm sus calles tortuo- 
sas. £1 flamingo tiene las patas y el 
cuello desmedidos, el plumaje del 
cuerpo blanco y las «las de color de 
fuego; se les ve en grandes bandadas 
saltar de un lago á otro, prefirien- 
do siempre el agua salitrosa, y su- 
meniénaose en el líquido para bus- 
car los in^ctos aquaticos, aue son 
para ellos muy apetitosos. Ivo se di- 
seminan jamás, y cuando están asus- 
tados buten todos á la vez forman- 
do una línea regular de infantería , 
despliegan sus alas de un brillante 
encamado , sin perder por eso su 
orden simétrico, y volando forman 
otra vez, una larga falanje algo curva. 
Llegada la estación de los amores, 
vuelve cada pareja al sitio donde se 
había fijado el año anterior, y re- 
compone su nido con el pico , ó le 
construye de nuevo si le arrebataron 
las aguas. Ckmcluida la obra , ponen 
los huevos en la parte superior del 
nido, y los empollan alternativa- 
mente macho y hembra , montando 
á caballo uno encima da otro, única 



PATAGOMIÁ. , \% 

ptosicíonqne les permiten sus lai^f^ ' 
simas patas. 

Entre los piaros saltones, distín- 
guense principalmente el pico de los 
campos y el ara patagón , hermoso 
papagayo que suele hallarse también 
en el estrecho de Magallanes. 

£n la clase de los gallináceos de 
Patagonia , va comprendido el quejo- 
so tinamous , especie de perdiz de 
un gusto esouisito ; la tórtola y el 
pichón^ que llegan á millares por el 
invierno , y la eudromia , cuyo plu- 
maje, salpicado de blanco y de un 
fondo pardo , es muy parecido aHc 
la pintada. Este páiaro, conocido^en 
el país con el nombre de martinete^ 
vive en familia y queda como inmó- 
vil en la tierra pelada ó rasa, de don-^ 
de se remonta silvando en medio de 
la pequeña vandada que le rodea. 

Las aves acuáticas están represen- 
tadas en estas rejionespor dos espe- 
cies de cisnes ; once de patox; la oca 
antartica^ que visga hasta la Tierra del 
Fueeo ; el cuervo marino^ cuyas cos^ 
tumDres se han descrito con tanta 
frecuencia , y el colimbo^ que es el 
nadador mas hábil de todas las aves 
de esta clase. 

Los reptiles son muv pocos; se re- 
ducen á la tortuga del cabo de Bue- 
na-Esperanza, cuatro especies de la- 
gartos y una sola de sapos. 

Solamente hay dos ó tres de peces 
de agua dulce. 

Los insectos son mas numerosos y 
ofrecen mayor interés. Donde mas 
abundan es en la superficie de las sa- 
linas. Allí están impregnados de sal , 
por lo cual se hallan en un estado ca- 
nal de conservación. 

Frecuentan las costas las ballenas , 
delfines, cachalotes v otros cetáceos, 
á cuya caza acuden buques de todas 
las naciones. Puéblanlas también 
varios anfibios , entre los cuales dis- 
tinguiremos dos clases deliénero de 
las focas ; la una, conocida con el 
nombre de /oca ele trompa^ y la otra 
llamada vulgarmente león marino. 
La pesca de estos anfibios ha llevado 
infinidad de Europeos á las orillas 
de la Patagonia. « Orbigny dice que 
las naves arriban en los meses de 
agosto y setiembre, fondeando ya en 



u 



msTcmiÁ DB LÁ 



el rio Jf^gró^yA «ala bábáacleS. Bias 
y en el puerto de la Unioo. Cada na» 
^ tenia ana lancha ptr^ trasportar 
iagrasa y^c^nór dL litoral de la eos- 
t^.Las tripulacioAea tomaban pose- 
i^OQ 4el terreaa c^ue se les asigpsalMi, 
y aguardaban attí que saltera el tro* 
peli4e fec^; teniendo cuidado de no 
atSKmrlas anJ»ft de que hubiesen salí* 
oo ái tierra todas.» y aun enceste cas^ 
l4s autoridades del Gárnaen im^ 
pedían muchas veees que se diese 
prineiptQ á la caz». Uera^ ei dia 
prefijado V aegüiala oi^ de lasf 
aguas cada tripoUeion armada de 
ladzas y palaneas pafá eokiearse en 
frente, de la manadaí^ yoortarlo la re- 
tiradíl. Los machos los primeros pro- 
curaban ganar dagiia^ pevo tos pes- 
cadores les cortaban el paso- j les 
dabsMa un golpe c« la trompsi para 
v^Qi^ei4oa mas fácüinenile* Le^uitá- 
bas» eñtóncesrel pes sobre su». alas 
4irijÁéttdose con la boca abierta ha- 
cia auaarreaor co^áoímode mor- 
derle á anogaHe con ' et peso de su 
Cuerpo; pero este illtimo, práctico 
ep takA n^iobras, aprovechaba la 
pca^íotí paoaUepitltlarle ki'^anza en 
el pecho, sacándola después con 
presteza. Este^ goJpe es suficiente las 
mas. dti las veces para aturdir á la fo- 
ca, que ptevdela ñierzacon la sangre 
y acaba d&raprír á palos: pero succr 
de también ^ne se'enfurece con las 
heridas y se levanta con mas fti^erza 
dlr^jiéndose oonlra su adversario y 
dando un grito roitco. Entonces 
se hace la lucha m9s difícil, por<^ 
que si no se ha vuelto á sacar con 
ttenipo la lanza, se rc»npe eon el pe^ 
so del animal ó la destroza este con 
5US dientes. Ninguna fdoa queda vi^ 
va, siendo todas, destrozadas, á pesar 
de su resistencia. Acabada la malap- 
aa enciende» paja los pescadores so- 
bre las ñ>eas muertes á fm de reco- 
nocer sr queda alguna con vida, y 
en seguida proceden á d erretir ía gra- 
ta por medio de los hornos que han 
construido de antemano. «Una feca 
grande prodvice por lo común nn 
tercio de tonel de aceke, pero si son 
hembras se necesitan cuatro 6 cinco 
Mra producir igual cantidad. Toda 
foca podría dar doble aceite del que 
te la estrae si se aprovechasen las 



partes tfue te desperdician* Se ha 
nrobado ^ aítiliaarlos dientes de l«a 
rocas , pero los resultados han sido 
inütíliés por tm estreñía duresa. 
£1 aceite ofrece «a ramo de co- 
mercia muy Ineralivo ; véndese 
ordinariamente en Europa oomo 
aceke de ballena.» Este ranudepro-^ 
duotos ha hecho acudirtantoaFrao** 
ceses é Ingleses á la petea de esloa 
attfíbíoSi,. que ya han abandonado 
las costas de ftienos-Ah'es y déla paa«^ 
te acptentrknaLde la Patagonkv Pu^ 
deevaluarseendosmiltoneles lacan- 
tídad de aceite que se e^iraia asnal- 
mente, para la euai se ha; calculado 
que debían ser muertas cada año 
una» cuarenta mil focasu 

El soMBás. Tribus iad^ennx. Mr. de 
Orbign^t divide ka «stremidad de la 
América meridional encuatratribus: 
l^vLos Araucana ditucas que te es- 
tienden desde la Plata al Bio^Ne^, 
en los Pampas, sobveel declive orien- 
tal de los Andes , y sobre el oociden- 
tel .desde Ck>quimba hasta el archi- 
piélago de Chonos V 2." Los Puelches; 
quo ocupan el espacio comprendido 
enire m Araneanos y los Patago- 
nes; S."" Los PatagonesóTueleosque se 
estirnden desde;d ftio^Negtlo al estre^ 
éhodeMagaliánes;4.^Los Fuegiien- 
se&esparciéos por todas hn islas de la 
Tierra del Fuega y en las dos máija- 
nes occidentamdtel estrecho. No tra- 
taremos de loa Araucjanos id de los 
Puelches, puesto que ya se ha habla'< 
do de ellos en la noticia sobre el 
Chile y los Pampas. Masadelante ha- 
blaremos de los. Fuegnensea , cuya 
estatura mediana ha dada moAivo á 
la. larga contvoversia acerca de los 
grandes y pequeños Patagones. Tan 
solo nos ocuparemos acpií de la na- 
ción patagona, propiamente tal. Este 
pueblo , que recorre los. inmensos 
espacios encerrados entre el Atlán- 
tico y hi vertiente oriental de los An* 
des, se siibdivide en dos tribus, oue 
son i la de los Tehuelches al norte , 
y la de los Inakcncsque habita* en las 
eastaa del estrecho de MagaHanes. 

Con todo, se nos permitii^ que en 
cuanto á la distinción de estas raías 
4 tribus , no nos sujetemos 4 una 

«xactHud minuciosa que exyiria á 

«ida paso disertaciones cansadas ^ 



n 



ti; eic 



9XjÁ&osnx* 



IS 



lisbtaa rábido eomo el 4|tte henos 
ofipecido. Ümnarémás piXíe& Patago» 
a€s (hombres de ^iMMbcá pié») y al 
ipiieblo 4e ^9 vamos á hablar pri^ 
meramectte , síq que por esto áej^ 
moñ d(^ peíerir «quelb» hechas prio^ 
^i^e% mí^ nos pare^aa capaces 
úe establecer una diferencia mani* 
^í^ta aRire tal y tal tribu, de las que 
tambieift lidiaremos oporkm^anen* 

te(l> . 

Poblacíom de la Patagonut. Ocho 
^ diez mil almas., divididas <m hor* 
das , cada una de ellas bajo el maíl- 
lo á dirección de un caudillo, com- 
ponea> la poblacioa de los países 
•comprendidos entre el Rio-Negro, 
«I Atlántico, el estrecho de Magalla- 
nes y los Andéis. Esta nuweracion , 
4ae ik&icameilte da paca ks. veinte 
y seis mil legtias cuadradas coates 
sidas en aquel inmenso espacía , la 
mediana nropioveio» de un hombre 
j>ara tres leguas, poco aaas ó menos^ 
fie esplicavá fócimiente, si se refle- 
wm la naturaleza de aquellos 
terrevftQSi árúios, y la superficie 
oeoesaróa para el eslabkctraienlo de 
'CsAé (oMertayóMc^ formada de al- 
gnnaa tiendas. Para encontrar el ali- 
ime^ e« ai|iMl socüa ingrato ,^^ se ve 
cad9^ iakttUiía mreqúsAéa á esparta^ 
nsiarse 6 estendene maicho mas que 
«a un paÁs fértil. Sabidio es,: per otra 
parte , quQ ptra poder vivir un pue- 
blo catador , neeesitauna supemeie 
maSí esteaMSa qu^ un pueblo a^eul* 
tor. 

£s oporUmo^obaervar, que los ka^ 
Itñtantea de laa dos estremidades de. 



(1) El nombre de «Patagón» fné dado á e«- 
to« IntlMM en 15-ia por Magallanes. Segan 
OJiTÍer ú9 Noort(en la Hútoria. de Im Ha- 
▼paciones á l«a liecras australes» por el pre* 
aidenre Brosses), los habitantes de la Tierra 
del Fuego, designan á^ los Bazagones con el 
nombre de«Tiremenen». Lo5.colono«Mpaiu- 
les del Carmen les o^plicaroa la denmi^/ia* 
cien de <«Tehaelcbes; la raisiua sir duda de 
que lisa Fallcner , y esto hace creer que íes 
ha aii^ (ted« por lo»Puetchc». Los tronos 
de Chile, según, Fi^cc^ los llaman «Ciibii- 
«abues»; BougaInvillenCfaaoua» porque les 
ha oído pronanciar frecoe" •*. ^ e eala 
paMr», Los Arancanoa los i^zao^' oüniU- 
vbesi) ú (chombrea de^ Sor». £1 \ .,' los Pata- 
cones mbfflOM toman dos nombres difereo- 
to», ol efe «TehneUíhe» por lus del norte , y 
m <l# «IiiakflA»por los natacatoa d«l sor. 



la América están mti^y lejf>»de( t«^ 
producirse en i^ial proporción que 
tas demás raaas del oontioente* £s« 
plieado queda esle hecho: con jres* 
pécto á los Ind ío» de la América M 
Biorte, por lo habituadas ^fiieí^stán 
las mujeres á daar de mapaar ¿ sns 
hijoa líasta la edad -de siete ü ocho 
años; por las ocnpaoioDes gnerre- 
ras^ que roban la actividad d« los 
koanbres, y por otras causas perfec^ 
lamente conocidas. En enante 4 los 
naturales del Sur^ no se ha demos* 
trado todavía la raxon tójioa del es- 
tado inalterable de su población ; 
siendo tanto mas estraño este fenó* 
mena, cnanto que clamor i la fami* 
lia, como se vera díespues, parecemuif 
declarado entre los Patagones , cir* 
ennstancia que por sí sena induce á 
pensar que d^era provocar entre 
aquellas tribus salvajes el deseo da 
reproducirse. 

PíUagones del Norte, Su fífirat». 
Todo el mundo sabe quelosantignos^ 
navegantes, empezando por Ma^all»' . 
nes, que fué el primero q«ie visitó la 
cosita de laestremídad de la Pataeo^ 
nía, han esparcido fábulas ridícntas 
acerca de ki« pueblosdeaqnel país. La 

easion alo maravillosos que en aqoer 
os tiempos de ignoranda era ^e*' 
ral en Europa , encontró partiGttla^ 
objeto de complac^cicia en tas exa- 
jerackmes absurdas de aquellos via- 
jeros sobre la estatura de los Patar 
gones. 

Por .k> tanto, al notat lo mtic^ho 
^«e le costaba á Freai«r el convencer 
a sus lectores , en el si^o diez j ocho, 
úe la veracidad de sus antecesores y 
de la suya propia, motivo hay para^ 
suponer que no se daba entera fe 7 
crédito ala existencia de estos preten-^ 
4ídos jigantes. Recuerda que en el 
naes de julio de 1704, los que iban 
á bordo del San^^e , de San Jtaló» 
mandado por el «ipitan Haringtcm, 
vieron siete de a<pellos mismos ji^ 
gantes en la bahía Gregorio ; que> 
tos del Sítn Pedro de Mars^la, man- 
dado porCarmon, otro armador, 
también de San Male , habían visto 
seis», los cuales tenían de nueve á 
diez pi^ de altura. El primero que 
hahtaptijesto en duda estas )*elacío- 
nes maravillosas ftié Froger, ré- 



16 



BISTORIÁ DE LA 



daclor del viaje de Mr, Güines. «Lo 
que le ha eogañado ^ dice Frezier , 
es que ea el estrecho de Magallanes 
se han visto Indios de una estatura 
que no sobrepujaba á la de los de- 
más hombres.» Es verdad que con- 
viene en que la rareza del espectá- 
culo que presenta una población 
robusta y vigorosa , en un suelo in- 
grato y bajo un cielo inclemente , 
ha podido ocasionar alguna exajera- 
cion en el cálculo de la estatura de 
los individuos descubiertos; pero 
añade que en caso de no quererse 
considerar sino como aproximativas 
las medidas indicadas , se encontra- 
rá definitivamente una concordan- 
cia perfecta entre todos los viajeros 
que nan hablado de ellas ; y se apre- 
sura á invocar el testimonio de An- 
tonio Pigafetta , á quien debemos el 
diario del viígede Magallanes, y que 
asegura que en la bahía de San Ju- 
lián vieron los Españoles muchos ji- 
jantes tan altos que no les llegaban 
a la cintura. También cita á Barto- 
lomé Leonardo de Ar^ensola , que 
en el libro I de su historia de las 
Molucas , dice que el mismo Maga- 
llanes vio en el estrecho de su nom- 
bre unos jigantes de mas de diez 
pies de altura ; y que .en el libro III, ' 
volviendo al mismo asunto , supone 
que la tripulación de las naves de 
Sarmiento peleó con unos hombres 
que tenian de estatura unos diez pies 
castellanos. !Nótase pues la dismmu- 
cionde un pié, atendida la primera 
graduación ó cálculo; de aquí el 
apresurarse Frezier al desquite, vol- 
viendo á hablar de su tasa favorita, 
apoyándose en el testimonio de Se- 
baldo de Werd , de Olivier de 
líoort, y del Holandés Jorje Schou- 
ten, que dicen esceder de nueve pies 
la altura de aquellos colosos. Para 
dar el primero en apariencia mayor 
aspecto de verdad á su aserción , 
sostiene que aquellos Indios, espan- 
tados del fuego de la mosquetería , 
y no sabiendo^ ya como preservarse 
de sus mortíferos efectos , arranca- 
ban árboles para ponerse á cubierto. 
Con respecto á Schouten ^ cuyo tes- 
timonio en elase de cirujano seria 
admisible á no haber dado alguna 
vez pruebas deescesiva creduhdad. 



debe advertirse que su observácioil 
está fundada en haberse encontrado 
unas osamentas bajo unos monto- 
nes de piedras <^ue llamaron la aten- 
ción de los marineros del navio an- 
clado en el puerto Deseado: mas por 
desgracia estos residuos no eran mas 
que huesos de un mastodonte par- 
ticular á la América^ El monje Pei^ 
netty, que escribió después que 
Frezier , da sobre este objeto un es- 
tracto no menos curioso, sacado del 
viaje del comodoro Biron al rededor 
del mundo , en 1764 y 1765. 

«El 22 de diciembre de 1764, dice, 
estando los Ingleses en el estrecho 
de Magallanes , á cinco le^as de la 
Tierra del Fuego , descubrieron hu- 
mo que se levantaba de diferentes 
sitios en la «osta de los Patagones. 
Acercáronse,echaron el áncora á cer- 
ca de una milla de tierra , y vieron 
clara y distintamente unos hombres 
á caballo que les hacian señas con 
las manos. Al aproximarse á la cos- 
ta , se notaron demostraciones de 
espanto en el rostro de los que iban 
á desembarcar con la lancha , al co^ 
lumbrar en la orilla unos hombres 
de prodijiosa corpulencia. £1 como- 
doro Biron, movido de la idea de ha- 
cer un descrubrimiento concernien- 
te á los Patagones , cuya existencia 
era objeto de las conversaciones en 
Inglaterra , mucho tiempo hacia , 
saltó el primero en tierra , y le si- 

faieron los oficiales y marineros 
ien armados, con los cuales se pre- 
sentó allí en actitud de defensa. En- 
tonces acudieron los salvajes, en nú- 
mero de unos doscientos , miraindo 
á los estranjeros con ademán de es- 
traordinaria sorpresa , y sonriéndo- 
se al observar la desproporción que 
habia entre la estatura de los Ingle- 
ses y la suya. Hízoles seña el como- 
doro para que se sentaran , y lo ve- 
rificaron: hecho esto les puso al cue- 
llo collares de cuentas esmaltadas , 
y cintas , repartiendo además entre 
ellos algunas otras baratijas. Sumag- 
nitud es tan estraordinaria, que aun 
sentados eran todavía casi tan al' 
tos comúelc comodoro en pié ; la es- 
tatura de los medianos le pareció 
ser de cerca de ocho pies , y la mas 
alt^ de nueve, y aun mas.» Advierte 



PAtÁ(ÍONlÁ. 



17 



Pernctfy , que ségim la relación xle 
los 'mismos lagleses , de ninguDa 
medida usaron estos para asegurar- 
se de la exactitud de su cálculo; pe- 
ro adopta como cierta y valedera la 
seguridad que dan de ha))er mas 
bien disminuido (}ue exajerado la 
magnitud indicada. Añade á conti- 
nuación , ateniéndose siempre á los 
mismos testigos , que la estatura dé 
las mujeres es tan admirable como 
la de los bombres , y que en los ni^ 
ños se notaba la misma proporción; 
y termina con el siguiente rasgo , 
que nos pareceria una bocanada de 
parlancbín , si el erave y sabio be^- 
nedictino no se bubiese cardado en 
cierto modo con la responsabilidad, 
refiriéndolo seriamente : «Hallábase 
entre los Ingleses el teniente Cum* 
mins , y parecía que los Patagones 
le veian con placer , á causa de su 
grande estatura, quesera de seis pies 
y diez pulgadas. Algunos de aque- 
llos Indios le tocaron en el bombm, y 
aunque esto era por cariño, sus ma- 
nos se dejaban caer con tanta pesa- 
dez que todo su cuerpo se bambo- 
leó. i> Banks , que dos años después , 
en 1766, apomp^maba al capitán 
Wallis eU: un viaje al rededor del 
mundo Y renunciaba sin embargo al 
privilejip de que tan ampliamente 
usaron sus antecesores, y reduela la 
estatura de los Patagones á propor- 
ciones mucho mas razonables. El 
mayor de los que midió, noescedia, 
según dice > oe seis pies y siete pul- 
gadas inglesas ; algunos de ellos de 
seis pies y cinco pulgadas , y el ma- 
yor número de cinco pies y diezpul^ 
gadas basta seis pies. 

En resumen , y para dar una idea 
de las aserciones contradictorias , 
aventurada por diferentes navegan- 
tes , sobre este problema tan intere- 
sante en su punto de vista físiolóji- 
ca , vamos á dar en pocos renglones 
el cuadro de todos estos testimonios, 
dejando á .parte la opinión délos 
viajeros que no se han declarado ca- 
tegóricamente en la cuestión : 

En 1520, según Pigafetta, diio Ma- 
gallanes : Nuestra cabeza llegaba 
apenas á su cintura.» 

En 152$, según el historiador Ovie- 



do, dijo Loaysa qué tenian trece pal- 
mos de alto. 

En 1578 , afirma Drake al contra- 
rio , que hay Ingleses de mas esta- 
tura que el mas alto Patagón. 

£n 1579 habla Sarmiento de jigan- 
tes de tres varas. 

En 1592 se Umita á decir Caven- 
dish, que los Patagones son grandes 
y robustos. 

En 1593 , habla Ricardo Hawkins 
de verdaderos jigantes. 

En 1615 , Lemaire y Shouten , se- 
gún unas osamentas encontradas 
en Patagonia, aseguran que aquellos 
habitantes tieneii de diez á once pies 
de altura.' 

En 1670 i Narborough y Wood , 
observadores mas juiciosos y dignos 
de fe, únicamente indican una esta- 
tura mediana. 

En 1704, supone Carmon que lle- 
ga á dies pies franceses. 

En 1745, Cardiel y Quiroga con- 
firman la opinión de Narborough y 
dcWood. 

En 1764 , concede Byron la esta- 
tura de siete pies ingleses. 

En 1766 , Duclos-Guyot y Girau- 
dais¿ , atribuyen á los Patagones mas 
pequeños cinco pies y siete pulga* 
das de Francia. 

En 1767 , otros varios viajeros di- 
fieren en tal manera que unos supo- 
nen ser la altura de los Patagones de 
cerca de seis pies , otros mas de seis, 
y otros poco mas de cinco. 

En el mismo año afirma el jesuíta 
Falkner , que entre aquellos Indios 
es raro el que tiene siete pies ingle- 
ses de estatura, y que la mayor par- 
te no llegan ni aún á seis. 

En 1820, Mr. Gautier, armador dé 
' buques balleneros , solo habla de 
que tienen los Patagones seis pies , 
medida francesa. 

Este conflicto de opiniones dejó 
el problema sobre la estatura de ta- 
les IiMlios en la mayor incertidum- 
bre ; pero hoy dia está definitiva- 
mente resuelto. Mr. de Orbigny, que 
ha visto un gran número de Patago- 
nes de diferentes parajes , después 
de observaciones rigorosas y repe- 
tidas^ después de un estudio pro- 
fundo de tal raza , ha fijado la esta- 



PATAGONIA (Cuaderno 2 ) 



18 



HISTORIA DE LÁ 



tura de los mavores en cinco pies 
once pulgadas de Francia , y la me- 
diana en cinco y cuatro. Este aprecio 
se halla confirmado por el capitán 
King , cuyas tareas en toda la estre- 
midad de la América del Sur me- 
recen una entera confianza, además 
de que viajaba al mismo tiempo que 
Orbigny. 

La estatura media de los Pata- 
júes es pues en realidad la de 
cinco pies y unas cinco pulgadas ; y 
en venlad que al paso que es una 
gran estatura, nada tiene de estraor- 
diñaría ó prodijiosa, porque Euro- 
peos hay que son de tanta y mas al- 
tura. Así es como está probado qué 
los Patagones, aunque determinada- 
mente grandes , no son jigantes, en 
Fa verdadera acepción de este nom- 
bre. 

Lo que distingue particularmente 
á estos Indios de los demás indíje- 
nas T de los Europeos , es el tener 
los hombros anchos v hundidos , 
cuerpo robusto , miembros fornidos 
y formas gruesas y hercúleas. Tie- 
nen la cabeza voluminosa y aplasta- 
da por detrás , la cara ancha y cua- 
drada , los pómulos algo salientes , 
los ojos horizontales y pequeños; su 
frente , sus cejas espesas, sus labios 
gordos y boca grande, sobresalen de 
tal manera que si se tirase una línea 
perpendicular desde la frente á los 
labios , apenas tocaría en la nariz , 
Ja cual es remachada , chata y de 
narigales muy abiertos. A pesar de 
este retrato poco lisonjero , se en- 
cuentran entre ellos algunas caras 
no muy feas. Aun las mujeres jóve- 
nes tienen un semblante espresivo 
que indica viveza , afabilidad , y que 
suele hacerlas menos repugnantes. 
Gozan de ciertas ventajas que á buen 
seguro envidiarían algunas de nues- 
tras damas. Tienen la mano y el pié 
peqiieños ; su cuerpo no carece de 
garbo, y por viejas que sean conser- 
van la dentadura cabal ; algo gasta- 
da, pero bien arreglada, muy igual, 
y sobretodo de una olancura estraor- 
dinaria. 

La tez de los Patagones se áseme* 

ja mas á la de los mulatos que al 

color de cobre rojo que se les atri- 

. biiye favoreciéndolos , y tal vez por 



esto es mas aparente que verdad era 
la blancura ae sus dientes. 

Traje. El de estos Indios se com- 
pone de pellejas , ó sean pieles con 
pelo. Prefieren el pellejo del guanu- 
co á todos los demás, bien que usaní 
únicamente la parte inferior al cue- 
llo y las piernas , porque la lana es 
/mas suave y sedosa ; al efecto aña- 
de n ó cosen muchas df ellas con 
nervios de avestruz , de que hacen 
uso en vez de hilo, componiendo de 
este modo anchas capas cuadradas. 
La zorra y la vivera ó mofeta , es- 
pecie de gato de garduña , contri- . 
Duyen también con sus pellejos al 
vestido de los Patagones; pero co- 
mo su pelo es de mucho menos abri- 
go que el del g[uanaco , y el Patacón 
pasa toda su vida sin quitarse la ca- 
pa ó manto , d pellejo de aquellos 
animales es para él una cosa de lujo. 
Bajo aquel áspero clima , debi^do 
calcularse todo por la utilidad , la 
parte ó cara de Ja piel en que está 
el pelo y la opuesta , se aplica al- 
ternativamente al cuerpo , según la 
temperatura; y á fin de que la 
parte pelada ten^a mejor vista, 
dibujan en ella varios adornos á mo- 
do de grecas. Además de este manto, 
usan un vestido compuesto también 
de pieles, y que atado al rededor de 
la cmtura , acaba en punta por de- 
lante para pararlo entre las piernas 
y que se remangue para atarlo por 
detrás. Completan este lijero traje 
con un calzado á manera de botas, 
hecho de un retazo de piel , levan- 
tado y asegurado por encima del to- 
billo. Sus largos y negros cabellos 
van siempre atados encima de la ca- 
beza con un cordón de cuero ó una 
cinta de lana. Ignoran el arte de pin- 
tarse el cuerpo como otros Indios.)» 
Sin embargo , su rostro, dice Mr. de 
Orbigny , rara vez conserva el color 
natural : comunmente se le pintan 
de colorado , negro y blanco , si- 
guiendo para esto ciertas reglas, £1 
colorado ocupa casi siempre el es^ 
pació que media entre ojos y boca, . 
a escepcion de una pulsada , debajo 
del párpado inferior , el cual pintan 
de negro ; y con lo blanco se pon^i 
una mancha encima de cada o|0. De 
iguales colores usan las mujeres >> 



PATAGONU. 



i)) 



i 



w^nos del blanco , que me pai^eció 
resenradq para el traje ó distíntivo 
de los guerreros. Jamás se pone en 
marcha ningún Patagón , sm llevar 
consigo muchos tale^itos de piel 
con los colores para pintarse. £1 tra- 
je de las mujeres tiene una prenda 
ó adorno mas que el de los hombres, 
pues con el manto y el faldón delan- 
tero que no arremangan por detrás, 
iisan otra cosa semejante que les co- 
]e desde los sobacos» hasta las rodi- 
llas. Llevan además el pelo bien 
suelto por encima de. los bombros , 
y separado por la frente , bien que 
en dos trenzas que se descuelgan por 
cada hombro , y pendiente de ellas 
lo mas precioso que pueden juntar, 
como es cuentas de vidrio y otras 
baratijas semejantes , revueltas con 
chapas de cobre y monedas. Han to- 
maaodel lujo menos bárbaro de los 
Araucanos el uso de arillos de pla- 
ta sumamente pesados , pendientes « 
de las orejas. Los Patagones , como 
casi todos los pueblos de América 
se con cuidado la barba , y así 

es que se ve á los hombres con unas 
]>inzas de plata , arrancándose con 
tinuamente los pelos ó cerdas que 
les asoman.» 

Carácter. Discordes están los via- 
jeros acerca del carácter de los Pa- 
tagones: unos los han encontrado 
humanos y sociables ; otros les acu- 
san de pérfidos y crueles. Según las 
diversas noticias que hemos consul- 
tado , nos parece que este pueblo es 
á lo menos susceptible de civiliza^ 
cion ; pues, á pesar de las pocas re- 
laciones continuas que median en- 
tre los Españoles y los naturales del 
Norte, se observa una diferencia no- 
table entre estos y los indíjenas del 
Mediodía. Al paso que la educación 
ba ido borrando sus vicios y sus de- 
fectos naturales , se les echa en ca- 
ra que son falsos , arrogantes é in- 
clina^dos al robo. Dícese que su dis- 
creción y prudencia es á toda prue- 
ba , particularmente cuando se trata 
de un secreto que interesa á la se- 
guridad de su tribu. 

Vsos y costumbres. La pereza de 
los Patagones es estremada : ocü- 
panse ünicamente de sus armas , y 
pasan el tiem{)o en estúpida ociosi- 



dad, ^'ingima aptitud tienen parn 
la pesca y marinería ; siendo los ha- 
bitantes de la Tierra del Fuego, los 
únicos navegantes de toda la punta 
de la América meridional. Cazado- 
res , y por tanto nómades , ninguna 
industria tienen, al paso que los 
Araucanos están mucho mas adelan- 
tados en esta parte ; de manera que 
surten á los Patagones de ios pocos 
tejidos de lana de que hacen uso. 
Sobresalen no obstante en arreglar 
los mantos que hemos descrito ; y el 
modo de preparar ó curtir los ten- 
dones de avestruces para hacer hilo 
y cordeles , indica que tienen cier- 
ta habilidad manual. La consecuen- 
cia de aquella pereza , y aquella es- ' 
pecie de desden <|ue les carecteriza, 
es un desaseo inesplicable. Jamás 
barren sus tiendas ó toldos , hechas 
de ramas plantadas en círculo , cer- 
radas por arriba y cubiertas de pie- 
les de guanacos ; y cuando les inco- 
moda la inmundicia que allí llega á 
amontonarse, levantan su morada y 
van á establecerla en otro sitio. ]No 
se bañan sino durante el calor , y 
únicamente por refrescarse, a Tan 
solo se cuidan, dice Orbigny, de la 
cara y el cabello : de la una para 
pintarla de colores mezclados y de 
sebo de yegua ; y del otro para pei- 
narlo con una especie de cepillo de 
raices.» 

Limitadísimas son las diversiones 
de los Patagones. Además de unjue- 
gopara el cual usan de dados seme- 
jantes á los del chaquete, tienen otro 
reservado esclusivamente para los 
jóvenes , y que los Araucanos deno- 
minan pilma^ cuya descripción es la 
siguiente : « Se forman los jugadores 
en dos hileras , unos en frente de 
otros , teniendo el caínpeon ó capa- 
taz de cada banda un balón de jpiel ; 
el uno al costado izquierdo y elotro 
al derecho. Empiezan luego á botar- 
la de manera que vaya á parar don- 
de está el contrario , que la recibe y 
despide con ia manó contra otro de 
los adversarios, á quien debe dar en 
el cuerpo, baio pena de perder un 
tanto ; lo cual obliga al de enfrente á 
hacer mil contorsiones para evitarlo, 
bajándose ó saltando, á fin de que el 
balón no le toque y salga d«l círculo 



26 



HISTORIA DE LA 



para que el primer jugador pierda 
dos. tantos, estando obiisado además 
á ir á buscarlo. Mas si el balón da en 
el cuerpo de aquel á quien se dirije , 
este debe cojerlo y arrojarlo á otro, 
sopeña de perder la partida. En este 
caso empieza el juego el capataz de 
la parte contrana. Las actitudes , las 
contorsiones y los ardides de que 
cada cual se vale para que el valon 
no le alcance, escita la risa y la alga- 
zara del partido opuesto , y la esci- 
tara en cualquiera que fuese es- 
pectador de semejante diversión. El 
juego de pilma^ en que tan diestros 
son los Indios , sin duda le inventa- 
ron por ellos para calentarse duran* 
te el invierno en las rejiones hela- 
bas que babitañ algunas de sus tri- 
bus ; pero causa admiración ver 
cómo pueden resistirlo aquellos at- 
letas en el mes de febrero , al medio 
dia, y con un calor escesivo. El jue- 
go del balón , añade el autor de este 
relato se conoce en todos los paises. 
Se ha visto efectivamente con el nom- 
bre de quatoroch en la provincia de 
Chiquitos , en Bolivia , donde este 
mego ha llegado á ser una justa re- 
nidísima y complicada , con sus jue- 
ces , clarines y timbales , numeroso 
concurso , y cuanto . puede real- 
zar. 

El Patagón es poco delicado con 
respecto á su comida. Con igual ape- 
tito come la carne estando cruda que 
estando cocida , particularmente la 
de yegua. Come bárbaramente , con 
suma gula , pero es capaz de sufrir 
un largo ayuno. La grasa y el sebo, 
cuanto mas rancios, son manjares 
mas apetitosos , así como la mante- 
ca mas crasa es el alimento esquisito 
de los Islandeses, y el aceite mas 
turbio el regalo de los Esauimales. 

Las armas ofensivas de los Pata^ 
gones se reducen á un arco y unas 
flechas. El arco, largo de cerca de una 
. vara , no tiene adorno alguno , y es 
de madera blanca, encorbado con 
fuerza por una cuerda de tendones 
de animales. Las flechas de madera, 
muy cortas, están guarnecidas por 
arriba de plumas mancas de aves 
.nuirí timas , cortas y tiesas, y la pun-^ 
ta con un pedazo de pedernal , ar- 
tísticamente cortado como un rejón, 



atado flojamente de manei*a qirr 
cuando se trata de sacarlo de la he- 
rida se desprende fácilmente del 
dardo. Le disparan con una habili- 
dad maravillosa. Hacen también uso 
de un venablo muy corto , y de una 
honda muy sencilla de cuero , con 
la cual arrojan las piedras á gi*an dis- 
tancia y con una destreza y tino casi 
sin igual. Pero la mas terrible de to- 
das sus armas es la que llaman bolas ^ 
3ue consiste en dos piedras rédon- 
as de cerca de una libra de peso ca» 
da una, forradas de cuero , y atadas 
á los cabos de una cuerda de seis á 
siete pies de largo. Hacen uso de 
ella, teniendo en la mano una de las 
piedras , volteando la otra por enci- 
ma de su cabeza hasta que cobre 
fuerza bastante, y despidiéndola en^ 
tónces hacia donde quieren , con tal 
violencia y acierto, que se les ha vis- 
to dar con' ambas piedras á un tiem- 
po y á distancia muy considerable , ' 
en un hito ó blanco de una pulgada, 
á quince lineas de diámetro. De la 
misma arma usan también ^ como 
de un lazo, para la caza, en cuyo ca- 
so las bolas son dobles y aun triples , 
y las arrojan de modo que las cuer- 
das se enreden en las patas del ani- 
mal que persiguen , cojiendo así la 
res sin herirla. 

Hacen comunmente con hogueras 
señales telegráñcas, y por este medio 
se avisan á grandes distancias de los 
peligros que les amenazan. Esto mis- 
mo se practica en -un gran número 
de pueblos. 

Las armas defensivas son adecúa* 
das á los medios de ataque , contri- 
buyendo singularmente á volver di- 
formes y feos á los Patagones. El dia 
de le batalla permanecen casi desnu- 
dos , con su ceñidor dé cuero, del 
que cuelgan sus armas: pero los prin- 
cipales guerreros ó caudillos van es- 
jcudados de una armadura muy ori- 
jinal adquirida de los Aucas. Se em- 
bozan con una larga coraza de man- 
gas , que parece un camisón , com- 
puesta de siete á ocho dobleces de 
una piel flexible perfectamente cur- 
tida, pintada por arriba de amarillo 
con una ancha faja colorada sobre 
la línea divisoria, y el cuello levanta- 
do hasta la barba ^ cubriendo parte 



PATAGONIA. 



21 



^cl rostro^ Con está armadura llevan 
una especie de casco , formado de 
dos caeros gordos y fuertes , cosidos 
iuntos ; de modo que parece un som- 
preron de anchas alas, dominado de 
una cresta quecoje de atrás á delan- 
te , adomaao de chapas de plata ó 
cobre, sujeto por detrás al cuello de 
la coraza , y por delante con un ba- 
berol , tambicn de cuero. La corsea 
llega hasta las rodillas, y es muy in- 
cómoda yendo> 4 caballo. Los que no 
la llevan , ó que do tienen derecho á 
llevarla , se dejan el cabelló suelto 
sobre los honwros. Con todo este 
aparato belicoso están los Patagones 
inuy distantes de ser tan temibles 
como los Araucanos. Apesar de su 
alta estatura y su fuerza física , son 
los mas pusiiátnines de todos lo;^ 
pueblos de aquellas reiiones, de que 
han sido no obstante el terror; pero 
diezmados, por una enfermedad epi- 
démica en los anos de 1809 á 181 1 , 
y atacados después por los Arauca- 
nos , que hicieron en ellos una hor- 
rible carnicería ,. han perdido á un 
tiempo su valor y su importancia 
nacional. Lo^ Patajúes no son pues, 
temidos de sus vecinos. En tiempo 
de guerra desplegan el ardid y la 
astucia^ de que hacen tanto alarde 
los salvajes de la América. Janeas 
acometen hasta que el caudillo les 
ha hecho preventivamente una lar- 
* ga arenga para escitar en ellos el ar- 
aor. Preciso es también que ante to- 
éo reconozcan la posición del enemi- 
go , á cuyo efecto envian esplorado- 
res hasta diez ó doce leguas de dis- 
tancia. Esta precaución y el uso de 
las sorpresas , constituyen entre to- 
do el arte de la guerra. Cuando 
quieren acometer de improviso á sus 
adversarios , se revisten (Je una pa- 
ciencia y usan de una destreza ma- 
ravillosa. Dejan atados sus caballos 
lejos, á fin de que no quede rastro al-. 
guno de su marcha ; andan muchas 
veces á gataft , y en ocasiones arras- 
trando como la culebra , para que 
no los sientan ni descubran. Paraoir 
el mas leve ruido , aplican el oido al 
suelo, y conocen por cálculo aproxi- 
mativoel numera de los guerrerps 
con quienes tienea. que combatir. 
Cuando se hallan bien preparados , 



esperan que Ue^e la noche, y al 
momento que sale la luna caen con 
furor sobre sus enemigos degollán- 
dolos sin cqmpasion , ó sobre las 
bestias y ganados que se llevan. Nun- 
ca hacen tales sorpresas sino en tiem- 
po de luna llena , porque entonces 
no tienen que temer errores funes- 
tos, y en caso de un revés andan dos 
dias y dos noches sin parar. En es- 
tas astucias de guerrra se conocen 
los hábitos y el admirable instinto 
de los Americanos del emisferio bo-. 
real. Estos son los únicos que llegan 
en destreza y habilidad á un grado 
mucho mas notable. Cooper en sus 
unimos Mohicanot y en su Pradera^ 
ha descrito maravillosamente las sin- 
gulares prácticas de los Indioi del 
alto Mississipí, en tiempo de guerra; 
y todo cuanto los viajeros noshan re- 
ferido de la circunspección y de Id 
intelijencia de los. indíjenas del Ca- 
nadá, en isuale& circunstancias, 
piHieba que los naturales del Sur 
pudieran también en esta materia 
recibir lecciones de los Bfombres 
Rojos. 

Aun nó hace un siglo que los Pa- 
tagones peleaban todavía á pié. Bien 
es verdad que el caballo no es oriun- 
do de la América , pues ha sido na- 
turalizado allí por los Europeos, de 
quienes los Indios han adquirido, 
con una superioridad maravillosa , 
el medio de dominar este soberbio 
animal , y de servirse de él utilmen- 
te. Hoy dia son los Patagones del 
Norte casi inseparables de sus cabal- 
gaduras , tanto que la mayor parte 
de los. viajeros no los han visto sino 
á caballo. Nadia tienen de particular 
las sillas ó monturas de que usan. 
Los estribos son die madera y apenas 
tienen la anchura necesaria para el 
pulgar del pié ; y aun á veces se re- 
ducen á un nudo, que sirve de pun- 
to de apoyo, pasando el cordel entre 
el dedo pulgar y el segundo. Las es- 
puelas son comunmente de dos pe- 
dacitos de madera movibles y iuntos 
atados con una correa. La silla que 
usan las mujeres es muy diferente , 
pues consiste en dos rollos de juncos 
envueltos en una piel muy delgada 
y adornados de pinturas varias. Cuan- 
douna Indiana.sale á paseo á caballo 



í^ 



UISTOaii^ DK LÁ 



Eone además en el lomo de su caba- 
o un pedazo de cuero, sobi>e el cual 
se sienta llevando un estribo suma- 
mente raro, en que hace ostentación 
de todo el luío que la es posible ; es- 
tribo que llaman keia-kenohue ^ 
y que usan todas las Indianas de las 
partes australes délos Pampas. Con- 
siste en una pieza fuerte de tela de 
lana, adornada de colores vivos, y de 
tres á seis pulgadas de larga , cuyos 
estremos unidos por el mismo tejido 
se separan en franjas desde su misma 
juntura. Este aparato va colgado del 
cuello del caballo , pendiente sobre 
el pecho. Cuando la Indiana quiere 
montar , pone allí un pié, agarra un 
puñado de la crin, y de un salto que- 
da como encajada entre los dos ro- 
llos con las rodillas muy levantadas 
y los pies colgando; posición á la ver- 
dad nada cómoda , pero que no im- 
pide que galopen tan velozmente co- 
mo los hombres. Suelen llevar las 
Indianas en estos paseos un sombre- 
ro de viaje, que parece un gran pla- 
to ó fuente boca abajo , formado de 
mimbres de sauce y de lana, entre- 
tejido con mucha hs^bilidad y ador- 
nado con chapas de plata o cobre. 
Llámase este sombrero joa , y va 
prendido por detrás con dos hilos al 
cabello, y por delante con un barbo- 
quejo. 

Desconocen los Patagones la poli- 
gamia. Muy diferentes en esto á los 
Araucanos, el marido jamás abando- 
na la mujer lejítima ; de suerte que 
el hombre ni aun puede dejar una 
concubina , sino cuando de ella no 
tiene hijos. Si en una guerra hace 
cautivas , estas son criadas y no ri- 
vales de la esposa de un Patagón. Los 
maridos son sumamente zelosos, y 
castigan con gran rigor la mas leve 
infidelidad ; pero mientras perma- 
necen solteras, gozan las mujeres de 
una libertad completa ,^ bien que son 
ejemplarmente castas y tiestas. 

Si|;uiendo una costumbre jenera- 
lizaoa entre los Patagones , Arauca- 
nos y Puelches (dice el sabio natura- 
lista que tantas noticias nos ha dado 
de aquellas reiiones) luego que una 
ióveso tiene inaicios de su nubilidad, 
lo advierte á sn madre ó su mas cer- 
cana pariente, quien lo manifiesta al 



cabeza de 1a familia, y este esoGJe 
inmediatamente su yegua mas gor- 
da para regalar con su carne á sus 
amigos. La doncella se coloca en 
lo interior de un toldo ( tienda ) 
llamada puete nuca^ separado de los 
demás y adornado al intento. Allí , 
en una especie de altar \ recibe 
las visitas sucesivas de todos los In- 
dios de ambos sexos de la toldería , 
que van á felicitarla de ser mujer , 
y á recibir de su mano una tajada 
de yegua , proporcionada á su clase 
ó graao de parentesco. Cuan do ya 
han ido todos los visitantes , y nadie 
de la tribu ignora que la joven India- 
na es nubil, la sientan en una man^ 
ta de lana que su madre coje por de- 
lante, y su parienta mas cercana por 
detrás; y llevándola así como en an- 
das, la pasean en tanto que una vie- 
ja ^ desempeñando las funcione^ de 
adivino ó sacerdote, marcha al fren- 
te cantando, sin duda para conjurar 
al espíritu maligno. Este acompaña- 
miento se encamina lentamente hacia 
un lago inmediato , sin que nadie le 
siga; y la sacerdotisa entra la prime- 
ra,)toma un poco de agua y la arroja 
al aire, hablando largo rato; induda- 
blemente para rogar al dios del mal 
que proteja á la doncella en su nue- 
va situación. Las demás mujeres su 
nleten también en la laguna , y ter- 
minado el conjuro zambullen allí á 
la joven Indiana por tres veces con- 
secutivas , la enjugan bien , estien- 
den algUQas piezas de tela en la ori- 
lla , la acuestan y la cubren con lo 
mejor que tienen. Al cabo de un lar- 
go rato , cuando la sacerdotisa ha 
concluido y empezado de nuevo sus 
oraciones, vuelveii la neófíta á la 
toldería , y en ella tiene represen- 
tación desde entonces. Esto se hace 
jeneral entre los pueblos de la Amé- 
rica meridional , sin mas que variar 
las ceremonias , según los países. 

Al celebrarse los matrimonios , el 
pretendiente está obligado á hacer 
regalos á los padres de la futura, que 
á yeces suelen fijar el precio que^ 
quieren por su hija , y si no escede del 
caudal del novio , se arregla todo fá- 
cilmente; en la inteligencia deque 
nunca se fíia la atención en la con- 
ducta pasada de la novia » porque 



PÁTAGONIÁ. 



ÍS 



considerándola dueña de su persona, 
nineun mérito se hace de lo que ha 
hecno en' un tíempo en que no esta- 
ba obligada á guardar fidelidad á 
.nadie. Luego que los interesados es- 
tán acordes , la madre de la futura 
y sus amigos construyen el toldo 
matrimonial para los nuevos con- 
sortes , donde se establecen , y al 
punto vana rodearlos todos los adi- 
vinos y parientes. Los primeros de 
estos empiezan por dar consejos al 
marido sobre la conducta que debe 
observar con su mujer y sus deberes, y 
consecutivamente hacen lo mismo 
con ella predicándola particularmen- 
te acerca de la sumisión. Dados ya to- 
dos los consejos oportunos, adivinos y 
Sarientes cantan y danzan al rededor 
e la tienda , ejecutando una música 
disonante con calabazones y caraco- 
les marinos. En aquel intervalo en- 
cienden los hombres una gran ho- 
guera y asan carne , de la cual pre- 
sentan de cuando en cuando tajadas 
á los recien casados , haciéndoles 
también nuevas amonestaciones. Pa- 
san así la noche , y al dia siguiente 
por la mañana, se les considera defi- 
nitivamente casados cuando todos 
; los habitantes de la toldería los han 
visitado ya estando aun en la cama. 
Enseguida la nueva esposa se es- 
mera y complace en ataviarse con 
todo lo mas precioso que su marido 
la ha regalado ; siendo para ella cosa 
del mayor recocijo, si él, á ejemplo 
de los Aucas, la ha dado un gorro de 
cuentas de vidrio dexjolores, ensar- 
tadas en tendones de avestruz. Las 
joyas consisten en diferentes barati- 
jas. Si la recien casada tiene un ca- 
ballo, le ensilla, le adorna con todo 
cuanto tiene, monta y sale á pasearse, 
haciendo ostentación de todas sus 
riquezas entre los vecinos. 

Cuando una mujer se escapa de la 
tienda del marido, en busca 'de un 
q[uerido, para vivir con él, el esposo, 
SI es de alta categoría ó tiene amigos 
mas poderosos que el raptor , hace 
que le restituyan su mujer ; pero si 
este se encuentra en clase mas eleva- 
da, el marido tiene que sufrir pacien- 
temente que le hayan arrebatado su 
compañera , sin poder quejarse. Las 
mas reces entran los interesados en 



composición , y se arreglan median- 
te algunos regalos. 

Las mujeres lo hacen todo , me- 
nos cazar y guerrear. Multiplicanse 
sus ocupaciones , y sufren durísimo 
trato , aun durante la preñez. Cuan- 
do paren, apenas 'se les conceden 
tres dias de rei)oso. Asísteles en el 
parto una adivina, y al nacer el ni- 
ño se celebra comunmente con can- 
tares danzas y festines , á lo cual 
suele añadirse conjuros contra los 
espíritus malijgnos. Los Patagones 
aman á sus hiios hasta el estremo de 
idolatrar en ellos. 

Si hay un hecho digno de parti- 
cular atención universalmente, es la 
unanimidad de los pueblos en hon- 
.rar la memoria de los muertos. £1 
salvaje llega á esceder en esto al hom- 
bre civilizado. Solo piensa ' en el 
muerto; en el muerto, nada mas; 
en la tumba y lasexeqiúas, espre- 
sando así enérjicamente un amor 
verdadero. Ni conoce el fausto en la 
desesperación, ni menos compren- 
derla el despotismo que nosotros 
llamamos bien parecer ó decoró. 

Conservan los Patagones por mu- 
cho tiempo en la memoria las per- 
sonas á quienes amaron , y no po- 
cas veces se les oye lamentarse y re- 
ferir las virtudes y buenas prendas 
del difunto. Al punto que muere un 
cabeza de familia, los amigos se pin- 
tan de negro y van sucesivamente á 
consolar a la viuda y los huérfanos. 
El cadáver es despojado inmediata- 
mente de sus vestidos por los pa- 
dres ó parientes, y luego , estando 
caliente todavía , le doblan las pier- 
nas de manera que lai barba descan- 
se en las rodillas , y en los talones en 
la parte inferior del cuerpo , cruzán- 
dole además los brazos sobre las 
piernas. Queman en seguida una 
parte de lo que le pertenecia eu 
señal de duelo: aniquilan su mora- 
da ; su mujer y sus hijos son despo- 
jados de todo lo que no es propio; y 
la viuda, sin asilo muchas veces, casi 
desnuda, espera en las cercanías 
que algunos paríeutes vayan á darla 
algún vestido. Esta desgraciada se 
embarduna inmediatamente la cara 
de negro, se corta el pelo por delan- 
te , se peina lo restante dejándolo 



24 



HISTORIA DE LA 



tendido por encima de los hombros, 
y se encierra en una tienda vieja, de 
donde no sale en un año, vestida lú- 
gubremente, sin poder lavarse hasr 
ta pasado otro año mas , y guardan- 
do en todo aquel tiempo la vida mas 
austera. I.a menor infracción de esr 
ta costupibre se miraria como una 
afrenta á la memoria del difunto , y 
los suyos tendrían derecho para cas- 
tigar de muerte á la culpable y á su 
cómplice. 

«Plegado de aquel modo el cuerpo 
del difunto, ]r quemada su tienda, 
los parientes iiimolan á sus inanes 
cuantos animales tenia , matándo- 
los en el campo, inclusos los caba- 
llos , Y ningún Indio prueba su car- 
ne únicamente reservan del degüe- 
llo su mejor caballo para llevar 
el cadáver á la sepultura con sus 
armas y sus joyas, que deben ser 
enterri^das con él, Sus hijos ó sor 
brinos le acompañan hasfa la últi- 
ma mansión, marchando- á lo lejos 
por el campo; particularmente si 
están cercanos á alguna liacion di- 
'ferente de la suya, ó de cristianos, 
para que ninguno de ellos les vea, 
Cuando se consideran solos y muy 
lejanos , para no ser atisbados ó se- 
guidos, hacen un hoyo bedorido de 
unos dos pies de diámetro , y harto 
profundo para que el cuerpo puesto 
en él pueda quedar sentado y cu- 
bierto con algunos pies de tierra so- 
bre la cabeza (1). Con él entierran 
sus' armas, sus espuelas de plata y 
sus mejores vestidos, á fin de que 
I03 encuentre en la otra vida, é in- 
molan luego el caballo sobre la se- 
pultura para que le tenga á mano 
cuando quiera hacer uso de él. He- 
cho todo esto, regresan daildo gran- 
des rodeos para no dejar rastro de 
donde han estado , y evitar que nin- 
guno vaya á desenterrar el cadáver 

(I) Mr. de Orbigny contradice aqcd la 
opinión de Falkner, quiep dice que Iqs 
Patagones y los Aucas hacen esqueletos de 
los cuerpos de su» muertos , j que los tras- 

Enrtaii muy lejos. La costumbre de qqe ^a- 
la Orbigny, parece ser común á la tribu 
de las Molucas. Sin embargp, los viajeros 
ntíaden que entre l»s de dicha tribn , una 
rojijer ar oiana está encargaqa de abrir cada 
ario U «bóveda,» y no la sepultura , en que 
ha sido sepultado el cuerpo , y limpiarle y 
vtatfrle. 



para quitarle el vestido y las alhajas; 
propinación que suele ser causa de 
disensiones y odios mortales entre 
las tribus y naciones limítrofes. Co- 
mo todos los ganados y caballos son 
del cabeza de familia , cuando mué* 
re una Indiana antes que su marido, 
únicamente se puede destruir lo 
que la pertenece en propiedad , que 
se reduce á sus vestidos y alguncH 
adornos. En su entierro se hacen las 
mismas ceremonias , pero ni el viu- 
do ni los hiips llevan luto alguno es- 
terior, y el ])rimero puede casarse 
desde luego si quisiere.» 

PATAGONES DEL SUR. No habien- 
do visitado Orbignymas que el noi^ 
te y el nordeste déla Patagonia,y 
habiendo fijado con particularidad 
sus observaciones al espacio com- 
prendido entre los cuarenta y cua^ 
renta y dos grados de latitud sur; á 
fin de que nuestra relación sea m^s 
completa, creemos deber reunir los 
documentos que nos suministran 
Wallis y Parker King, relativos á 
los naturales de los confines meri^ 
dionales. 

La estatura de los Patagones del 
Sur ó Inakenes, parece ser la misma 
que la de los indíjenas del Norte, 
Los que vio el capitán King en la 
bahía Gregorio, teniati de cinco á 
seis pies ingleses el ancho de sus 
espaldas y la lonjitud de su busto 
les daban á primera vista la aparien- 
cia de una raza verdaderamente ji-r 
gantesca; pero cuando sus mantos 
se entreabrían, notábase que la par- 
te inferior de su cuerpo no estaba 
en armonía con las proporciones 
de la parte superior! Sus piernas y 
sus muslos eran cortos y enjutos (1): 
por un efecto de esta conformación 
deben parecer á caballo mucho mas 
grande^ de lo que son realmente. 

Ring midió la cabeza y los hom- 
bros de un Patagón , y he aquí el re- 
sultí^do de sus observaciones : 

De la coronilla á la estreroídad 

superior de loá ojos. ^ . . 4 p. 

A la punta de la nariz .... 6 

A la boca , , 7 

(I) Oc^iígnj dice que no ha observado ea- 
ta disposición ri8is;a e^ los ]pa(agonea del 
Sud. 



PATAGÓN I E 



PATAGÓN I A 




.^X. 



ííVy c>^<rr . 



Pataf^onee del Sur . 



í -r'i^-::: 



PÁTÁGONIA. 



25 



A la barba g 

Anchura de la cabexa de úen á 

«en • • • • 7 i 

Anchara de Us espaldas de hom- 
bro á hombro id | 

«La cabeza de otro Patagón, añade 
el capitán King, era larga y aplasta^ 
da, pero cubierta de pelo hasla la 
distancia de pulgada y media del ar- 
co de las cejas, que estaba casi del 
todo raso. Los ojos eran pequeños , 
la nariz chata, la noca muy hundida, 
los labios gordos , y el cuello corto ; 
las espaldas muy anchas, los bra- 
zos poco musculosos , como tam- 
bién los muslos yr las piernas. El pe- 
cho era alto y bien desarrollado , y 
la estatura del Patagón de cerca de 
sei^piés.» 

Se ve pues que no hay eran di- 
ferencia, en cuanto á lo físico, en- 
tre los naturales del Sur y los de la 
parte septentrional. El rasgo caracte- 
rístico de los primeros es la delgadez 
de los miembros inferiores. 

Lois toldos de los Inakenes son de 
forma rectangular: tienen diez ó 
doce pies de largo, diez de ancho, 
siete de alto por delante, y seis úni- 
camente por detrás. Estas sucias 
moradas están formadas con unas 
perchas fijadas en el suelo y ahorqui- 
lladas por arriba para sostener los 
cabríos (jue sostienen el techo. El 
toldo esta cubierto de pieles,tan bien 
cosidas unas con otras, que son ca- 
si impenetrables al agua y al viento. 
No encontrándose fócilmente per- 
chas ni cabríos en todas partes, los 
naturales del pais arrancan los de 
sus tiendas y los llevan arrastrando 
en todas sus escursiones. Cuando 
han llegado al paraje en que deben 
hacer noche , y escojido el sitio me- 
nos espu«!Sto al viento , hacen un ho- 
yo ó agujero con una barra de hier- 
ro ó con un madero puntiagtido , 
f)lantan allí las estacas ; y como toda 
a armazón de la tienda ó toldo va 
ya preparada, en breve queda cor- 
riente. 

En el centro del toldo eslá el ho- 
gar, se ha observado que los Pata- 
gones del Norte jamás se ponen de 
cara al fuego como los Europeos, 
sino de espaldas , para ver mejor lo 



que pasa al rededor de ellos. Los 
viajeros que han tenido rekciotíés 
con los habitantes de la p«rte Sur, 
han atribuido no solo al humo, si- 
no también á la vista del fuego, las 
enfermedades de ojos, casijenerales 
entre los Indios^ y á estas causas el 
no calentarse por delante. - 

Entre los Patagones del Sur es fi^ 
cuente la poligamia. Compran las 
mijyeres muy jóvenes, dando en cam- 
bio , grano, cascabeles, vestidos ó 
caballos. Van vestidas como los 
hombres, de pides de guanaco. £1 
manto que se hacen con el despojo 
de aquel animal va prendido por 
delante con un alfiler de plata; lle- 
van el cabello como las Indianas del 
Norte. 

Los naturales del Sur entierran 
los muertos de diferente modo que 
los de la otra parte. Véase sino la 
descripción que Parker King nos da 
de la sepultura de un niño cerca de 
la bahía Gregorio: «Habia, dice, un 
montón cónico de ramas secas y de 
broza, de diez pies de altoy veinte y 
cinco de. circunferencia, rodeado 
todo de listones de cobre. La cum- 
bre de esta pirámide estaba cubier- 
ta deun pedazo de tela encarnada, 
tachonada de clavos de cobre , y en- 
cima de todo unas banderas rojas 
con cascabeles, qvie movidos por el 
viento no cesaban de sonar. Al re- 
dedor de la tumba habia una zanja 
de dos pies de ancho y uno de hon- 
do. En frente de la entrada, que es- 
taba llena de leña, se veian tendidas . 
las pieles de dos caballos recien 
muertos , sostenidas por cuatro es- 
tacas. Las cabezas de los caballos es- 
taban adornadas de olavos de co- 
bre , semejante á los de la cumbi'e 
de la pirámide. En fin , á la parte 
afuera de la zanja se veian dos palos 
y en cada uno de ellos^ dos banderi- 
nes, uno encima de otro. » 

Como los Patagones del Sur no 
han aprendido todavía á costa suya , 
cuan peligrosa es para ellos la pro- 
ximidad de los Europeos, son mas 
afables. y familiares que los de otras 

Í)artes del pais. Los que habitan en 
as costas del estrecho de Magallanes, 
acoien á los estranjeros con cordiali- 
dad ; pero cuando son en gran nú- 



20 



HISTORIA D£ LA 



m<^ro imponen á los huéspedes un 
crecido tributo de tabaco , pan, fu- 



siles ó escopetas, pólvora, balas, y 
otros artículos á <iue son apasiona- 
dos. Cuéntase 4iue nabiendo aborda- 
do á la babia Gregorio la tripula- 
ción de un buque mercante in^és, 
en 1834, rehuso á los Patagones los 
artículos que deseaban. £1 capitán 
tuTo la malhadada idea desaltar en 
tierra : los indíjenas se apoderaron 
inmediatamente de su persona y le 
retuvieron prisione;x) hasta que ks 
fué entregado el continjente de.pan 
y tabaco. 

No és el único rasgo característi- 
co de los Patagones meridionales la 
confianza y la familiaridad, pues 
hay otro que no debe quedar en si- 
lencio: tal es aquella especie de in- 
diferencia y apatía que patentizan 
en todas las circunstancias en aue 
se escitaria vivamente la curiosidad 
instintiva de los hombres del Norte. 
Refiere el capitán Wallis que cuan- 
do hizo el viaje al estrechp de Maga- 
llanes, mandó llevar á- bordo mu- 
chos Indios y. no pudo despertar en 
ellos el menor sentimiento de sor- 
presa ». Les llevé , dice á todas par- 
tes del navio, y únicamente miraron 
con atención los animales vivos que 
teníamos á bordo, Examinaban con 
mucha curiosidad los cerdos y los 
carneros , y se divirtieron en estre- 
mo viendo Jas g|illinas de Guinea y 
los pavos. De todo cuanto veiansolo 
manifestaron deseos de nuestros 
vestidos, y un viejo Patagón fué el 
único que se determinó á pedirnos 
uno. Les ofrecimos cigarros puros, 
y aunque fumaron un poco, no de- 
mostraron en ello ningún placer. 
Les di carne de vaca, tocino, galle- 
ta y otras cosas de las provisiones del 
navio: comieron indistintamente de 
cuanto se les ofreció, pero no qui- 
sieron beber sino agua. Les enseñé 
los cañones , y no dieron señales de 
conocer su uso. Hice que se pusie- 
ran sobre las armas los soldados de 
marina y que ejecutasen parte del 
ejercicio , y á la primera descarga de 
fusilería se manifestaron nuestros 
Americanos sobrecojidos de espan- 
to y terror ; mas viendo que estába- 
mos de buen humor , y que ellos no 



hablan recibido ningún daño, re* 
cobraron en breve su alegría , y sin 
coninoverse mucho oyeron dos des- 
cargas mas. 

Pero prescindamos de pormenores 
para volver á entrar en lo jeneral y 
común á las tribus de lasdosrejio- 
nes. 

Creencia* relijiosas. Superstición 
ne/.-Encuéntranse entre los Pata^ 
nes , en materia de culto y de nocio- 
nes relijiosas , los disparates mas es- 
traños. Creen en la inmortalidad 
del alma , y seih^ntes á los anti- 

fuos pueblos del ríorte de Europa y 
los oue cubren todavía una gran 
parte ael Asia, se figuran un paraiso 
material, otra vida material en fin 
donde les acompañarán las mismas 
pasiones y necesidades. Como estos 
pueblos sepultan con el muerto, se- 
gún queda dicho , todo cuanto creen 
puede serie útil en el otro mun- 
do, y proporcionarle allá mejor re- 
presentación, adoran definitivamenr 
te un solo ser, que bajo el nombre 
de Achekenat' iCaneX , es alternativa- 
mente para ellos el jenio del bien y 
del mal, á quie;i consultan bajo es- 
tas diferentes invocaciones. Indican 
tener de. él una idea tan alta , que no 
le representan bajo ninguna forma, 
y se rien de nosotros , como de lás- 
tima, á la vista de los objetos de 
nuestro culto. Pero, cosa rara , tie- 
nen también su fetichismo: si en- 
cuentran un obstáculo le dirijen sus 
súplicas ; si esjjerimentan ó les ame- 
naza algún accidente físico, esto mis- 
mo se convierte para tellos en un ob- 
jeto de demostraciones relijiosas que 
constituyen un verdadero culto. Or- 
bigny cita un ejemplo singular so- 
bre esto. «Si viajan , dice , y pasan- 
do cerca de un rio divisan algunos 
troncos de madera arrebatados por 
la corriente, los toman per divinida- 
des maléficas , se detienen para con- 
jurarlos y les hablan en voz alta. Si 
por casualidad aquellos trozos ó 
troncos atraídos por un remolino 
del rio parecen arrastrados con len- 
titud y dando vueltas, creen los In- 
dios que se paran á escuchadles , y 
entonces prometen mucho pafa que 
les sean propicios, cumpliendo es- 
crupulosamente sus promesas. Sus 






a:/ O'*»,'- 



PATAGONU. 



Í7 



armas, sus objetos mas preciosos, 
son con este motivo arrojados al 
agiia , y aun en las ocasiones mas 
graves precipitan allí hasta caballos 
atados juntos por los pies, creyendo 
que así están mas á salvo de los acon- 
tecimientos. » Por otra parte , obser- 
va el niismo escritor , estos son los 
únicos sacrificios que hacen; y mien- 
tras pueblos mas adelantados que 
ellos sobre otros puntos, inmolaran 
sus semejantes á su bárbara divini- 
dad , y que otros conocidos también 
por su civilización , hicieran correr 
ar torrentes sobre los altares de sus 
innumerables ídolos la sangre de los 
animales mas útiles , el Patagón, to- 
davía medio salvaje, reserva para 
raras é importantes ocasiones la 
muerte de algunos caballos. 

Los Patagones, como tod os los natu- 
rales de las tierras australes, son muy 
supersticiosos y propensos á la ma- 
jia. Itas viejas, hechiceras, profeti- 
sas ó adivinas, de que hemos ha- 
blado ya tratando de las ceremonias 
sobre la nubilidad de las jóvenes, 
son los principales ministros de su 
culto , y acrecientan su importancia 
agregando á estas funciones sagra- 
das el ejercicio de la medicina. Ellas 
son las que invocan á Achekenat- 
Kanet, cuando la familia, sentada 
en corro, cree que debe aplacar su 
cólera ó darle gracias por sus bene- 
ficios. Las palabras que profieren 
cuando al fin de la ceremonia han 
llegado al mas alto grado de exalta- 
ción , son ansiosamente escuchadas 
Sor los circunstantes y considera- 
as como oráculos infalibles. Pero 
su triunfo mas completo , es sin con- 
tradicción cuando ejercen á su ma- 
nera la medicina. Padeciaun enfer- 
mo una calentura causada por un 
baño que tomó en el rio ,- en oca- 
sión que sudaba. Estaba tendido 
dentro del toldo. La vieja agorera 
que le cuidaba, le puso boca abajo; 
empezó á chuparle por la nuca , y 
dándole además repetidos golpes en 
el pecho y la barba, y haciendo con- 
torsiones, invocaba el jenio del mal, 
rogándole que saliese. Chupóle en 
ñtí todas las partes del cuerpo , y úl- 
timamente y con mas ahinco la -na- 
riz. De repente hizo jestos espanto- 



sos pareciendo que padecía , y dan' 
dose golpes á sí misma, esclamó que 
ya tenia el mal y que iba á demos- 
trarlo. En efecto , después de otros 
muchos dengues , hizo como que sa- 
caba de la boca del paciente un gor^ 
do insecto, como un escarabajo, el 
cual mostró á los que estaban pre- 
sentes, cual si fuese el emblema del 
demonio que poseia aquel cuerpo. 
Esta docilidad del paciente y de 
cuantos la miran, causará menos es« 
trañeza al saber que la confianza de 
los Indios en el poder de aquellas 
magas es tal, que cuando, como 
una cosa estraordinaria , se cortan 
el cabello, tienen particular cuid^ 
do de echarlos al no ó guemailos , 
temiendo que alguna vieja se apode- 
re de ellos y cause la muerte del que 
los tenia , haciéndole brotar toda la 
sangre por los poros. 

«El temor á los contajios hace con 
frecuencia que los Patagones, así 
como las demás naciones juistrales , 
se vuehan mas inhumanos. Pero, 
¿quien no les disculpará en esta par- 
te , cuando han visto la mitad de su 
jente arrebatada por la viruela , á 
consecuencia de sus comunicaciones 
con los blancos? Miran esta enfer- 
medad llevada de Europa , como im 
efecto particular del espíritu malig- 
no , que pasa sucesivamente de un 
cuerpo á otro. De aquí es, que al 
punto que temen una epidemia , y 
que cualquiera individuo de una de 
sus familias les da sospecha de estar 
invadido, se alejan toaos de la tien«- 
da , dejando al enfermo únicamente 
x\n poco de carne cocida y agua , y 
van á establecerse muy distantes. Si 
mueren hasta dos individuos, y otros 
se hallan con los, mismos síntomas, 
entonces ya no les queda duda. La 
tribu entera abandona el lugar jr 
los enfermos , sin mas * que el débil 
socorro indicado; y á nn de que el 
mal no la acompañe, van los Indios 
dando al aire, de distancia en dis- 
tancia, cuchilladas con sus armas 
cortantes , creídos de que así cortan 
toda comunicación con la enferme- 
dad , y al mismo tiempo echan rocia- 
das de agua para conjurar al dios del 
mal. Al cabo de algunos dias de 
marcha , se detienen poniendo todos 



28 



HISTORIA DE LA 



í»u» ínstntmentos cortantes en di- 
rección al lugar que abandonaron ; 
y si en la niiev» residencia se ma- 
nifestasen algunas enfermedades, 
huyen de nuevo con las mismas de- 
mostraciones supersticiosas, espar- 
ciendo así «US enfermos en todos los 
F untos donde han hecho parada, 
ácil es de inferir que serán pocos 
los dolientes que escapen con vida 
ó se restablezcan de este modo ; por^ 
que si unacrísis feliz les salva, en 
los primeros dias de convalecencia 
consumen las escasas provisiones 
que les dejaron, y luego mueren de 
hambre ó de miseria, en medio de 
un desierto, no pudiendo llegar á 
donde fué su tribu , distante á veces 
mas de cien leguas. ¡Figurémonos 
cuáles deben ser las anjgustias del 
desdichado vuelto á la vida, no te- 
niendo á su alrededor otro espec- 
táculo que el de cadáveres devora- 
rados por millares de aves que des- 
garran las carnes de sus hermanos 
durante su letargo ! Así es que teme 
entregarse al sueño , por no ser víc- 
tima de los monstruos alados, antes 
de su muerte.» 

Volviendo á tratar del culto délos 
Patacones , añadiremos que acordes 
con las naciones^ vecinas , personifi- 
can ásudios'Achekenat-kanet en un 
árbol aislado, llamado por los Puel- 
ches gualichú^ y que en todos los pai- 
ses se conoce bajo igual denomina- 
ción. Este dios detestable es un ár- 
bol achaparrado, que si se encontra- 
se en un bosque no llamara la aten- 
ción , al paso aue como perdido en 
una inmensa llanura donde se es- 
tiende, parece que anima y sirve al 
viajeix). Tiene de alto veinte á trein- 
ta pies ; es muy torcido, espinoso , y 
su copa ancha y redonda: el tronco 
corpulento y nudoso, medio carco- 
mido por los años, y el centro hueco: 
pertenece á las numeixjsas especies 
de acacias espinosas que dan una vai- 
na cuya pulpa es azucarada, y que los 
habitantes confunden con el nom- 
hre de algarrobo. Es muy sin- 
gular encontrar este árbol solo en 
lo interior dé los desiertos, como ár- 
i*ojado por la naturaleza para inter- 
rumpir en ellos la monotonía. Las 
ramas del algarrobo sagrado están 



llenas de las oD^endas salvsges : allá ^ 
se ve pendiente una manta , aquí un 
poncho; mas distante cintas de lana, 
hilos áe colores , y por todas partes 
vestidos mas ó menos estropeados 
por el tiempo , y cuyo conjunto pre- 
senta mas bien que la vista de un al- 
tar una triste prendería, desbarradas 
por los vientos. Ningún Indio pasa 
por allí sin dejar alguna cosa. El que 
nada tiene , se contenta con ofrecer 
parte de la crin de su caballo , atan-- 
dola á una rama. XI tronco caverno- 
so del árbol sirve de depósito á los 
Eresentes de hombres y mujeres: ta- 
aco , papel de cigarros, baratnas de- 
vidrio , y hasta monedas de vi(n*io se 
encuentran allí revueltas. Lo que 
atestigua aun mas que todo el culto 
delossalvsyes , es el gran número de 
esqueletos de caballos degollados en 
honor del jenio del lugar , ofrenda, 
la mas preciosa que un Indio puede 
hacerle, y que en su concepto debe 
ser mas eficaz: así es que los caballos 
tan solo son sacrificados al árbol det 
gualichú y á los rios, que reveren- 
cian y temen igualmeale por la ne-. 
cesidad que hay de pasarlos conti- 
nuamente y arrostrar á un tiempo su 
profundidad y su corriente. » 

Admiración causará tal vez que- 
estas absurdas creencias y estas prác- 
ticas mas absurdas todavía , no ha- 
yan desparecido con el contacto 
del cristianismo, que ha tomado 
posesión de una gran parle del nue- 
vo mundo. Aquí se ve pues uno dé- 
los hechos mas característicos de 
ciertas razas australes. Jamás ha que- 
rido abrazar la relijion católica un 
Patagón, un Puelche, ni un Arauca- 
no. Siempre se han resistido á los 
piadosos esfuerzos de los misioneros 
y han permanecido invariablemente 
fieles a sus divinidades. Lo que eran 
en otro tiempo con respecto á las 
creencias y la superstición, lo son to- 
davía actualmente, sin que se mani- 
fiesten dispuestos de ningún modo á 
admitir otras ideas y otros princi- 
pios. En aquellos países remotos es 
donde se debe irá estudiar al verda- 
dero hombre Americano : allí existe 
en toda lavirjinidad de sus tradicio- 
nes y su antiguo tipo : allí es donde 
el filósofo y el fisalojiata pueden eii- 



PAXAt;OMA* 



29 



^ontrar el punto de partida que les 
/alta para sus especulaciones sobi*e 
la aDUx)pok)iía. No así en la América 
del Norte ; porque sabido es que el 
Indio de aquel hemisferio ha perdido 
completamente su primera fisono- 
mía y se ha europizado bajo la in-^ 
fluencia de la relijion de Jesucristo. 
Los liurones^ los Algonquinos , los 
Chactaws, y otros mucnos septentrio»- 
nales tan miserablemente diezma- 
dos desde un siglo atrás, ¿han gana- 
do algo por ventura con aquella mo^ 
difícacion profunda de su carácter y 
sus costiunbres nacionales? ¿Quién 
se atrevería á afirmarlo? Acaso no ha 
coincidido la introducción del Cris- 
tianismo en el Nuevo mundo, con la 
importación de las plagas físicas y 
morales mas funestas a la especie 
humana ? Recorred las aldeas india* 
ñas del Canadá^ y veréis lo c¡ue que» 
da de las numerosas poblaciones que 
habitaban aquel pais en otro tiempo: 
entrad en las cabanas donde la pa- 
labra de los propagadores de la fe 
t^tólica ha penetrado , y ved á qué 
«stado de degradación y miseria es- 
tán hoy dia reducidos aquellos hom- 
bres , que causaban admiración á los 
primeros viajeros p<H* su intelijencia 
y su intrepidez caballeresca. Sí ; la 
iniciación de la América en la civili^ 
«ación ha sidoy es todavía muy dolo- 
rosa : lo mismo ha sido poco mas ó 
menos en una parte de Europa : so^ 
lamente la América se ha rebelado 
di antiguo mundo en una época en 
que no podia haber ya igualdad en 
la lucha que debia trabarse entre los 
dos colosos ; es decir , al moniento 
en que el hombre culto podi^ cor- 
romper y oprimir al homore primi- 
tivo sin resistencia de parte de este^ 
La Europa cristiana ha abusado de 
su superioridad ; y ciertamente bino 
el punto de vista de la moral social , 
su ma^or crimen fuera el haber des^ 
moralizado y despoblado todo un 
mundo nuevo que la (providencia 
entregaba á su dominación y á su 
enseñanza y sus doctrinas. Los Pa* 
. tagpnes y sus vecinos los Pampas y 
los de Cnile, han sido favorecidos 
por la naturaleza de los paises que 
habitan ; y gracias que tal vez á su 
alejamiento instintivo en cuanto á 



nuevas creencias, deben el poder 
pisar en paz todavía el suelo en que 
descansan las cenizas de sus padres. 

Si la cosDK^nia de los Patagones 
no ofrece una gran variedad de he- 
chos , ni prueba de parte suya gran- 
des rasgos de imajinacion', á lo me- 
nos tiene el mérilo de la sencillez. 
Dios, dicen ellos ^ entonces jenio be- 
néfico^ creó los hombres bajo tierra 
y les dio sus armas. Esplican tam- 
bién de un modo muy orijinal la 
aparición en el continente de diver- 
sasEspecies de animales que eran allí 
desconocidos antes de la llegada de 
los europeos. Suponen que después de 
la creación del hombre, los animales 
todos salieron de la misma caverna , 
pero que al punto que el toro se pre- 
sentó a la puerta espantó de tal manera 
con sus cuertoos á los hombres, que esf 
tos la cerraron precipitadamente, y la 
condenaron amontonando á la entra- 
da piedras enormes. Mas añaden que 
cuando tocó el turno á los Españoles, 
estos dejaron abierta aquella malha- 
dada puerta , y entóúces salieron el 
tora, el caballo y todos los animales 
que hasta entonces estuvieron allí 
encerrados. Preciso es convenir en 
que'esta fábula no es mas maravillo- 
sa que la del Arca de Noé. 

Jenio nacional , lengua. — A pe» 
sár de las aserciones absolutas de 
Pauw y algunos antiguos autores 
españoles, es positivo qUe los Pa-«> 
tagones no carecen de intQlijencia 
y que su jenio nacional merece to^ 
marse en consideración. Ya se ha 
dicho que jamás atacan á sus enemi- 
gos sin que el cacique haya aren-" 
gado á sus guerreros. Estos dlscur-' 
sos tienen siempre un carácter dé 
énerjía muy admirable , y no cédén 
á los que Gooper pone en boca de sus 
salvajes del Norte. Los Patagones 
dan también pruebas de elocuencia 
en stls entrevistas con los Españoles 
ó con los caudillos de las tribus ve- 
cinas; tieüen sobre todo en un grado 
incomparable el talento de Hablar 
pincho tiempo sin titubear ni salir 
de la cuestión ; talento que poseen 
también los Araucanos. Lo que dis« 
tingue su jenio nacional , es una ten- 
dencia á dfar mas enerjía á lo que di- 
cen con el uso frecuente de la com- 



30 



HISTORU M LA 



paracioDi Este rasgo de imajinacion 
les acerca á los pueblos orientales ^ 
que, como se sabe, hacen consistir la 
poesía en el uso exajerado de la me- 
táfora. Así es que Orbigny oyó decir" 
á un Indio , con referencia á una 
mujer de jenio áspero , que era mala 
como la guindilla. Representan la 
Cuerea mediante uoa carreta con su 
tiro, y el valor con un corazón de 
toro. Para espresar que alguno de 
los suyos ha tenido miedo en presen- 
cia del enemigo , dicen jocosamente 
que han temblado sus espuelas. Es- 
ta propensión á las imájenes retóri- 
cas y á la exajeracion, no escluye en 
ellos la rectitud de juicio y la conci- 
sión en la manifestación verbal de 
sus ideas. Tienen, por ejemplo, dos 
espresiones, perfectamente exactas, 
para designar la falsedad de las pa- 
labras, y la falsedad de las acciones: 
el que acusan de la primera es hombre 
de ilos lenguas , y el otro hombre de 
dos corazones. Para dar á entender 
en cierta ocasión que los caciques 
hablan obrado con toda franqueza 
y de buena fe , decia un indíjena : 
« Los Caciques no tienen dos corazo- 
nes. Tienen uno, y nada mas.» Todo 
esto indica á un tiempo en aquellos 
Indios una gran lóiica y un instinto 
poético indisputable. 

El hábito de cazar, y la necesidad 
de dirijirse durante sus largas es- 
cursiones por el sol y las estrellas , 
fueron el oríjen entre los naturales 
de aquellos paises de algunas ideas 
astronóiíiicas. Aquí encontró tam- 
bién en que eíercitar su inclina- 
ción á la poesía: trasformaron la 
parte del firmamento que les era co- 
nocido , en^ un inmenso cuadro re- 
presentando la caza del Indio. De 
este modo la via láctea no fué para 
ellos el camino recorrido por la ca- 
bra Amaltea , sino el del viejo Indio 
cazando el avestruz. Los tres revés 
fueron las bolas (tapoiec) que echa- 
ba á dicho páiaro , cuyos piés son la 
cruz del Sural paso ^ue ]^& manchas 
australes de la via láctea tínicamen- 
te son á sus ojos unos montones de 
plumas formadas por el cazador. Es- 
tas • alegorías injeniosas , que valen 
tanto como las graciosas fantasías 
del politeísmo griego , no hanestra- 



viado á los indíjenas del obíeto prác- 
tico y útil de la astronomía ; así es 
como han adoptado una división 
del tiempo muy racional ; han dis- 
tribuido el aiio en doce mHes, {kech- 
nina) , y cada año, en la primavera, 
cuando las plantas empiezan á bro- 
tar, rectifican y arreglan los dias su- 
plementarios-. 

La falta absoluta de documentos 
nos impide dar una idea completa 
del sistema astronómico de los sal- 
vajes de la Patagonia. 

La lengua patagona es mucho mas 
gutural que la de los Aucas , difícil 
de pronunciar y llena de sonidos 
que nuestras letras no pudieran es- 
presar. Observaciones recientes in- 
dican en ella una riqueza y unas com- 
binaciones dignas de atención. Es 
un idioma mucho mas rico en nom- 
bres numerales que ciertas lenguas 
del continente. Los indíjenas pueden 
contar hasta cien mil. Verdad es que 
sus números ciento y mil les han si- 
do trasmitidos por los Puelches y los 
Araucanos , quienes los adquirieron 
delos^ncas; pero esta cantidad de 
desigjnaciones numéricas no deja de» 
atestiguar la multi])licidád de las 
combinaciones de cálculo á que se 
entregan los Patagones. 

Goí/^r/io.— El sistema político de 
estos Indios es de los mas sencillos. 
La nación está gobernada por un je- 
fe superior, denominado caras -ken , 
cuyo poder muy circunscripto se 
ejerce únicamente en tiempo de paz. 
Entonces reúne y están bajo su» 
órdenes todos los jefes subalternos. 
Eri tiempo de paz se le mira con 
mucho respeto, pero no goza de nin- 
guna prerrogativa ni privilejio , de 
manera que si no proveyese él mis- 
mo á sus necesidades, ninguno desús 
pretendidos subditos se cuidara de 
el. Aun en la guerra, las ventajas de 
su categoría se limitan á tener ma- 
yor parte en el botin. Este puesto, 
tan poco digno de envidia, bajo nin- 
gún concepto es hereditario. 

Leyes, — Ningunas tienen esto^ 
pueblos, de modo que no hay casti- 

g» señalado para los delincuentes, 
ada cual vive á su modo , y el mas 
ladrón es el mas estimado; conside 
rándole el mas diestro. 



PATAGONU. 



81 



Desconociendo la partición del ter- 
ritorio entre lot individuos > de su 
sociedad, las riquezas no pueden 
ser entre ellos sino movibles^ y como 
el uso de destruir al morirse uno 
todo lo que pertenece al muerto po- 
ne á las familias en la continua ne- 
cesidad de encontrar nuevos medios 
de existencia , de ello resulta aue la 
propiedad , tal como nosotros la en- 
tendemos , no existe entre los Pata- 
gones» Esto esplica á im tiempo su 
opinión acerca del robo y la poca 
consistencia de su estado social. 

Historia.— Terminaremos esta no- 
ticia del modo posible, atendidos los 
límites que nos hemos trazado , con 
una rápida ojeada sobre la historia 
de los establecimientos formados por 
los Europeos en aquellos remotos 
paises. 

Diez Y seis años después del des- 
cubrimiento de la America por Cris- 
tóbal Colon, reconocieron Juan Diaz 
de Solis, y Vicente Yañez Pinzón , la 
embocadura del rio de )a Plata, y si- 
guieron toda la costa hacia el sur 
hasta el 400 grado de latitud austral. 
En 1520 invernó Magallanes en el 
puerto de San Julián , y á la fuerza 
Üevó á su nave un Patagón (1). En 
1578, pisaron los Ingleses el suelo de 
aquel país, hasta entonces esplorado 
esclusivamente por los Españoles. 
El capitán Drake desmintió por la 
primera vez los cuentos maravillo- 
sos esparcidos en Europa sobre la 
estatura y las costumbres de los Pa- 
tagones; pero el error debía preva- 
lecer por mucho tiempo todavía. Las 
aserciones de Argensola, historiador 
del viaje de Sarmiento , decidieron 
al gobierno español á intentar el co- 
lonizar un pais donde . según la re- 
lación de algunos hombres entusias- 
mados , se esperaba encontrar ciu- 
dades considerables, edificios mag- 
níficos é inmensas riquezas. Desem- 
barcó pues un gran número de Es- 
pañoles en 1582 , en la parte este de 
la península de Brunswick , en el 
panye que hoy se llama Puerto del 
Hombre ; y estos aventureros , para 
com^Bzar la obra de la colonización. 



(I) Véase Picafett»^ qne lia escrito la rela- 



E residida por el mismo Sarmiento y 
liego Flores, pusieron los cimientos 
de la ciudad de San Felipe. Entonces 
echaron de ver que aquella tierra 
era ingrata é inhospitalaria. Los ví- 
veres que hablan llevado se consu- 
mieron en breve, y empezó á esperi- 
mentarse un frió rigorosísimo. Sar- 
miento resolvió ir en busca de pro- 
visiones á varias colonias del Piorte ; 
se embarcó, naufragó varias veces , 

Ír fué apresado por los ingleses, que 
e retuvieron^ , prisionero. Durante 
este tiempo morían de hambre , de 
frió , y á manos de los Indíjenas los 
cuatrocientos desgraciados colonos 
que esperaban el regreso de Sarmien- 
to. Beducidos á veinte y cinco , to- 
maron el partido de buscar por tier- 
ra un lugar mas propicio, donde 
encontrasen con que sostener siquie- 
ra su miserable existencia. Empreiv- 
dieron la marcha, y el único de ellos 
que rehusó seguirlos no volvió á 
verlos jamás. Este último fué halla- 
do en 1587 , sobre las ruinas de la 
ciudad naciente, por el corsario Ca- 
vendisch,que se le llevó cautivo. Des- 
de entonces, la España, algo disgus- , 
tada del resultado de aquellas aven- 
turadas espediciones,se mantuvo en 
sus establecimientos de la Plata. 

Por espacio de muchos años, los 
Ingleses visitaron solos los diferen- 
tes puntos del estrecho de Magalla- 
nes. Cavendish arribó muchas veces 
al puerto Deseado; Juan Chidley 
fondeó en 1590 en el Puerto del Ham- 
bre, mudo testigo del desastre de la 
colonia española , y tres años des- 
pués el navio de Ricardo Hawkins 
surcó las aguas del puerto San Ju- 
lián. Los Holandeses, que aspiraban 
también al imperio de los ipares , 
se presentaron muy luego en aque- 
llas costas tan poco conocidas. Se- 
baldo de Weert, Simón de Cord, 
Oliveros de Noort y Spielberg, se 
empeñaron en el terrible estrecho , 
y visitaron alsunos parsges de la Pa- 
tagonia meridional. Apenas se atre- 
viéronlos Españoles en 1601 á entrar 
en el territorio patagón , partiendo 
de Buenos-Aires y atravesando las 
Pampas. Esta espedicion, dirijida * 
por Hernando Anas de Saavedra , 
dio á los naturales ocasión' oportuna , 



82 



HISTORIA DE LA 



para advertir que no eran invenci- 
bles los Europeos, apesar de sus ter- 
ribles medios de destrucción; de 
suerte que la tropa española y su 
caudillo cayercm en manos de los 
Patagones, de cuyo poder salieron 
con mucha dífícuHad. 

En 1^6, dosHol^deses ^ Lemai* 
re y ScKouten, descubrieron el es- 
treclw, á que después sé dio el nom- 
bre de uno de ellos , y cuya existen- 
cia aereditó á los jeógrafos de aqué- 
lla época , que el estrecho de Ma|;a- 
llanes no era, como creían, la ünica 
arteria por la cual se comunicaba el 
Océano Atiái^ico con el mar Pací- 
ñco. Zelosos de este éxito los Espa- 
ñoles, encargaron en 1618 á García 
4e Nodal atíe esplor&se el nuevo pa- 
so, y al cabo de seis años, el Holan^ 
des Santiago el Ermitaño, fué á 
costear loseonñnes dé la Tierra del 
Fuego. Estas tierras australes fue- 
ron visitadas de nuevo por dos In- 
gleses , Narborough y Wood , á fines 
del siglo diez V siete; siendo los 
Franceses los dltimos que se aven- 
turaron etí aquellas rejiones que aitn 
no conociañ. Desdé 1696 á 1712 « 
aparecieron allí sucesivamente De- 
gennes, Beauchesne-Góuin y Freziér, 
y desde esta última época esplo- 
raron los parajes de lá Patágonia 
y de la Tierra del Fuego , los nave- 
gantes mas ilustres del ^iglo diez y 
bcho, tales como Anson, Byron, 
Bóugainville, Wallis y Cook. 

Los progi'ésos de los jesuítas del 
Paraguay y del alto Perú en mate- 
ria de colonización , inspiraron á la 
España la idéá de confiar á dos de 
aquellos relijiosos, los PP. Quiro* 
> ga y Cardiel , la misioh de formar 
Wn nuevo establecimiento én el pun- 
to de Ja costa patagónica que juzga- 
sen mas favorable. Esta tentativa, 
verificada en 1745, no produjo ve- 
sultado alguno , ni la relación de los 
jesuitasfué de naturaleza capaz' de 
animar én lo futuro para empresas 
«emeiantes. Pero publicada la des- 
cripción de las tiendas maeallánicas 
por el Inglés Falkner , que nabiá ha- 
bitado por largo tiempo en los Pam- 
pas, la España, recelosa de las in- 
tenciones manifestadas por la Ingla- 
terra con respecto á los paises aus- 



trales de la América , trató seria- 
mente de fortificar los puntos prin- 
cipales del litoral patagón y crear 
allí colonias. 

En su consecuencia se fundó en 
1779 la. colonia de San José, por D. 
Juan de. la Piedra, qui^i muy luego 
la dejó bajo la dirección de Antonio 
de Viedmak Una epidemia eslermi- 
nadora obligó á los colonos á refíi- 
jiarse en Montevideo. En el mismo 
año se verificó un ensayo mas feliz 
de colonización en el paraje donde 
se ve boy dia el pueblo del Carmen^ 
á pocas leguas de la embocadura de 
Rio^'Negro, y en 1780 sé intentó el 
establecimiento de otra éolonia por 
Francisco Viedma en el puerto de 
Saii JuUan. El hermano de este sub> 
intendente, Antonio Viedma, cons- 
truyó allí un fuerte con algunas ca- 
sas, ydenoníinó á tal sitio Florida 
blanca. El puerto beseado vio casi 
al mismo tiempo comenzar otro es- 
tablecimiento. Estos diferentes es- 
fuerzos que indicaban claramebte 
el proyecto bien meditado de asegu- 
rar la posesión de la Patajgonia a la 
corona de España , no tuvieron feli¿ 
éxito , poraue esta se vio obligada 
en 1783 i aoandonar todos los pun- 
tos ocupados á escepcion de la colo- 
nia naciente de Rio-Negro» 

Francisco Viedma encargado de 
dará este establecimiento todo el 
auje importancia de que era en- 
tonces susceptible 4 compró de un 
cacique el curso del rio desde su em- 
bocadura hasta San Javier^ y supo 
captarse tan bien la voluntad de los 
naturales, que tuvo la satisfacción 
de ver que aquellos hombres, tan 
altivos y celosos de su independen- 
cia, le ayudaban espontáneamente 
á la construcción del fuerte del Cár^ 
men qiie en breve puso al abrigo á 
los hamtantes, reducidos hasta en- 
tonces á vivir en lóbregas cavernas. 
Cediendo, á instancias de Viedma, 
se decidió el virey de Buenos-Aires, 
en 1781 , á enviar al Carmen sete- 
cientos treinta y cuatro individuos 
Sroced entes de las montañas de Ga- 
cia ; y desde aquel momento adqui- 
rió la colonia una verdadera impor- 
tancia. 
En 1782, se encargó al piloto Ba^ 



PATÁGONIA. 



.73 



«Ilio YiUaríno que remontase el cur- 
so del rio para buscar un paso há- 
eia el Ckile por el rio de Mendoza, 
que se suponiaseruno de los afluen- 
tes del Rio-Negro ; pero esta espío- 
ración interesante bajo el punto de 
vista jeográñco no produjo ningún 
resultado material para la colonia 
del Carmen (1). 

Todo iba á gusto de los colonos 
del Rio-Negro , cuando Juan de la 
Piedra , nombrado en 1784 coman- 
danta de aquella población , tuvo la 
loca idea de hacer la guerra á las 
naciones indíjenas, y atacó al caci- 
que , cuya alianza con los Españoles 
nabia favorecido hasta entonces el 
progreso del establecimiento. La re- 
ducida tropa de Piedra cometió en 
esta desgraciada campaña un rigor 
nada á prbpósito contra los salvajes 

aue eran victimas de él; mas no tar- 
aron estos en desquitarse, tanto 
q\\e los compañeros de Hedra tu- 
vieron que replegarse hacia Buenos- 
Aires. Apesar de esto se mantuvo la 
colonia , gracias á las fuerzas que el 
gobierno español mantenía en aquel 
punto. El comercio llegó á ser tam- 
bién muy activo por un efecto de la 
abundancia de sal recojida en las 
cercanías de la población. 

La colonia de San José fué mas 
desgraciada. Parece que la conducta 
imprudente de un gobernador espa- 
ñol causó su ruina cuando comen- 
zaba á prosperar tanto como la del 
Rio-Negro , y que contaba ya veinte 
mil cabezas de ganado. Escritor hay 
que dice recordar aquella catástrofe 
en pequeño las vísperas sicilianas. 
Segim relación de uno de los tres 
Españoles que escaparon de las ma- 
nos de los salvajes, habiéndose reu- 
nido muchas tribus de Patagones 
marcharon óontra la colonia , acam- 
paron en las cercanías , y un dia de 
nesta , mientras que todos los habi- 

(i) Mr. de Orbignt posee el manuscrito ori- 
jioal é inédito de este yiaje en lo interior del con> 
tíoeote atnerieano. Asegura que tiene un gran 
carácter de verdad j exactitud , lo cual le permi- 
tirá hacer uso de ¿1 para la parte jeográBca da 
au obra. La publicación de la|i obserTaciones de 
Villarino será de un gran socorro para lo deli- 
neado del curso del ftio-N«gro j de algunos da 
aua afluentes sobre los mapas de la estrwnidad 
dc' la América. 

PAT agonía ( Cuaderno 3 J 



tantes de la población estaban sin 
armas oyendo misa en la capilla , les 
cercaron , acometieron y degollaron. 
Los tres ünicos que se salvaron de 
tan horrible carnicería debieron su 
vida á la amistad que tenian con al- 
gunos Indios. La colonia fué ente- 
ramente destruida, las casas que- 
madas y una gran parte de los gana- 
dos arrebatada. 

La pk)blacion del Carmen estaba 
como destinada á ser una mazmora. 
Hacía el año 1809 , en el momento 
en que los criollos de Buenos- Aires 
comenzaron el movimiento insur- 
reccional que produjo su emancipa- 
ción de la monarqu/á'española , cin- 
co de los patriotas mas decididos 
valientes fueron desterrados á Pata- 
gón ia por el virey Limiers. Los 
ejemplos de semejantes deportacio- 
nes por causa política serenovaron 
después con mucha frecuencia, y 
esto contribuyó mas á exasperar 
los ánimos. 

Como todo lo que nos resta decir 
es relativo al Carmen, antes de pa- 
sar adelante creemos oportuno na- 
cer una descripción de aquel estable- 
cimiento. 

Descripción de la población del 
Carmen, Está situada en la línea que, 
según la mayor parte de losjeógrafos, 
separa la Patagonia del territorio de 
Buenos-Aires ; es decir, cerca del 41** 
de latitud austral y por 64°45' 
de lonjitud oeste de Paris. La po- 
blación se levanta en la márjen del 
Rio-Negro, dominada y protejida 
por un fuerte de forma cuadrada 

3ue domina las cercanías y el (íurso 
el rio acierta distancia del pueblo. 
Aunque situado á seis leguas de la 
embocadura del rio, este estableci- 
niiento, es elünico que ha qued ado en 

Eié en las costas de la Patagonia ; los 
uques, aun los de muchas tonela- 
das, llegan muy cerca y fondean con 
seguridad en aeuas muy tranquilas 
y profundas. El aspecto del Carmen 
es agreste y pintoresco. Los sauces 
que sombrean las orillas del Rio- 
Negro, los terrenos de aluvión, que 
por ambos lados presentan una lar- 
^a banda de verdor , los altos acan- 
tilados ó tajadas rocas que de dis- 
tancia en distancia levantan sus p«. 



34 



HISTORIA DS LÁ 



lacias cHbttzas, y .cuyos costados, im- 
preguadas de tierra Yejetal,estáu po- 
blados de verdosos arboles,, iodo 
aquel fresco paisaje , que se desar- 
rolla y serpentea á lo largo de la 
grande arteria de la Palagonia , pre- 
senta ÜB estraño contraste con los 
desiertos comarcanos. 

La población ^e\ Cársoen podrá 
ascender á unos seiscientos habitan- 
tes, compuestos de los primeros co- 
lonos, U»radore& ó oriadorea de ga- 
nados , la raayor parte procedentes 
de las Castilla^, comerciantes de va- 
rias naciones, negros esclavos, em- 
pleados como obleeros en los diver- 
sos talleres, y Gauchos desterrados 
por crímenes. 

ElcUma. esiemplado, muy apa- 
cible durante una gran parte del 
aoo y sumamente saludanle. Hiela 
muy poco en el Carmen , y jamás 
nieva. Sia embargo, jeneralmente 
Hace mas frío qc^e en ciertas locali- 
dades situadas á la misma distancia 
del Equadoreael hemisferio boreal: 
esta da/ereocia debe atribuirse á los 
hieloa eternos de los Andes chileñas, 
V al poco obstáculo q^ue las vastas 
llanuras de la Patagonia oponen á 
loa vieotos que soplan de las rejio- 
nes magallánicas. Las noches en par- 
ticular son estremad amenté frías á 
causa de la ausencia del sol, que 
deja libre la influencia del viento, 
itnico azote en aquel j^unto privile- 
jiado. Rara vez llueve en la Patago- 
nia: loé vientos de oeste que produ- 
oea la sequedad soplan casi de conti- 
nuo; y esta sequedad es tal jeneral- 
mente que casi4l punto queda evapo- 
rada la lluvia ^ y los.cujerpos de los 
animales ^ disecan al coutacto del 
aire , quedando así muchos año& so- 
bre el suelo misma sin descompo- 
nerse. 

El comercio del Cármea consiste 
en sal recojida en sus salinas natu- 
rales , ^n cueros , lana de carnero , 
carne sabula, granos, peletería, 
plumas de naBdii« frujbas^ tales como 
manzanas y uvas , aceite de foca , y 
jamones tan estimados en Buenosr 
Aires., como lo son en España los 
de Galicia* Los habitantes hacen 
también un comercio activo con los 
Indios, qae á este efecto acuden cor 



mo enjambres á las cercanías del 
establecimiento. Por algunas bara- 
tijas, aguardiente y tabaco, eom- 
pran á los Patagones los ricos tapi- 
ces que fabrican con el pelo de km 
guanacos , zorras , mofetas y avet- 
truzes; los«4ucas y losFuelches délos 
Pampas les llevan sus tejidos de la- 
na , riendas y cinchas de cuero Ire»- 
«ado , así como hermosas peleterías. 
La población está gobernada por 
un comandante militar , delegado y 
representante del gobierno de ^a/^ 
nos-Aires , y por un administrador 
de aduanas. El primero ejerce vm 
poder absoluto en la colonia , escep^ 
to en materias de rentas , cuyo ra* 
mo está á cargo de dicho adminis^ 
trador que recauda los de todas cla- 
ses, 

CONTINUACIÓN BE UL MSTOAIA BS 
1.0S ESTABLECIMIENTOS BSrANOLBS 
BN UL PATAGONIA. 

No podía dejar de i^esentírse- la 
parte de la Patagonia fW)nteriza oon 
Buenos-Aires del golpe de la revo- 
lución aue hubo ea aquel astado ea 
1810. £1 partido republicano triun- 
fó, y no tardó en hacer marcharan 
cuerpo de tropas contra el Cá,rmea , 
á ñn de apoderarse de aauella colo- 
nia. La espedicion tnvo el éxito ape> 
tecido sin perder un hombre ; pero 
el delegado del gobierno de Buenoa- 
Aires abusó de la docilidad de los 
habitantes portándose como el d^- 
pota mas intolerable ; tomó en reh^ 
nes cuaUlos. poseían alguna cosa, 
arruinó la agricultura coa sus exac- 
ciones, y oprimió la población p&r 
cuantos medios son imajinables. Es- 
ta conducta impolítica debia causar 
infaliblemente una reacción : loa ha- 
bitantes, exasperado» por las iai- 
quidades del comandante , se aso- 
ciaron con afán á los proyectos de 
dos desterrados Españoles que cons- 
pírabau contra la. autoridad repu- 
blicaaa' E^cojióse lauy juiciosaaxeo- 
te el momento de* la ^ecucioa etn 
ÍS12. ]Vfpatevideo estiaba sitiado por 
los patriotas , y esto importante ope- 
ración inquietaba estraordiaaria- 
mente al gobierno revolucionario y 
al mismo tiempo que dividía lajb 



i^^.- 









PATAGOXIA. 



35 



ftieraas de que podía disponer. Los 
conspiradores no perdieron un ins* 
tante : se apoderaron de un buque 
<ie guerra estacionado en el rio <, y 
no fué necesario mas: la aíutoridad 
española reemplazó á la tiranía de 
un gobernador culpable, mas el 
trninfo no fué muy dnradero. Ame- 
nazado el Carmen de nuevo por un 
bataHoH republicano y se sonvetfá 
humildemente como la piróicra vez. 
Desgraciadamente fueron los habi- 
tantes quienes pagaron por tos cons- 
piradores. Los propietarios vieron 
sus ganados muertos , sus castfs sa- 
queadas y sus campos taiados. ¡ Gol- 
pe terr^me para la pobre colonia ! 
Detestado» por los patriotas á causa 
de su connivencia con los partida- 
rios de la autoridad read, atareados 
en su caudal y basta en sus medios 
de existencia , los habitantes se vie- 
ron reducidos á la mayor miseria, 
de modo que, obligados á vivir de la 
caza, se desparramaron por los lla- 
nos y las orillas del rio, donde pasa- 
ron al^pn tiem}x> la vida nómada* y 
precania de los indíjenas. 

No solamente fueron funestos á' la^ 
colonos tales desórdenes, sino que lo 
eran también y de una manera muy 
sensible á los nuevos dueños del 
pais. £stos echaron de ver nniy lue^ 
go que no* les quedaba ya nafda qi^ie 
tomar y que vcndria momento én 
qne los establecimientos agrícolas, 
completamente arrmnad<)s, nopro^ 
docirianni aun para proveer á la sub- 
sistencia de la guarnición. Forzoso 
fué en consecuencia^ dejar la^ plasta , 
y así lo hizo el comandante, confían- 
do á un subalterno el' difícil cargo 
de mantenerse en un pais donde en 
adelante todo debia conspií^u^ con^- 
ti'a la dominación de Buenos- Aires^ 

En tanto , el eseeso de la miseria» 
había fbc^sado á los habitantes á res- 
tablecer con los indíjenas i^lacione^ 
de comercio que hasta entonces le* 
hahian sido repugnant€fs. Los indios 
Aucas les llevanan peletería y los té^ 
iidoscps fabricaban , y los Cdlonós» 
les dañan en cambici^ Itb pdco qn^ 
habían- podido salvar del tíanfmib 
de sil propiedad. Este trófico» atrajo 
poco á poco á los naturales^ y les su- 
jirió la idea de ir á saquearlas fron- 



teras del estado de Buenos-Aires^ 
para ir á vender consecutivamente 
el j^roducto de sus rapiñas á los Es- 
panoles de) Carmen. £ste jénehy de 
negociar tan singular fué provecho- 
so» unos y otros, de modo que in- 
sensiblemente aquella población 
que poco antes se nallaba en el ma- 
yor apKro, recobró un aspecto dé 
prosperidad. Notaron los habitantes 
que el ganado bacuno que habrá 
quedado en paz después del de- 
güegodek» colonos, se muItipli-< 
có prodijiosamente; un cacique, des- 
pués de haberse asegurado de la 
venta de todo e)gaAa<fó que pudiera 
llevar ai Carmen f cojió y condivfo 
cerca de mil reses en dos viarjes. E^ 
to bastó pafrar mover á los colonos el 
deseo de aprovecharse de un preció 
tan ventajoso: fueron pues á la j>e- 
nínsula , y todos los años en la mis^ 
ma* época atravesaban valerosamen- 
te ios áridos desiertos de la Patago»- 
nra para ir á buscar reses. Asíeonsr- 
guieron recuperar lo que habían per- 
dido y dar nuevo* impulso* iá la agi'i- 
cuttura, fuente principal dd su r¡- 
qiK^a. 

Sin embargo,* en 181^ vino rtn pe^ 
ligro muy cercano á poner otra vez 
en cuestión la etíslencia' de la colo- 
nia resucitada. Los soldados que el 
comandante republicano hffbiap de- 
jado en el Carmen , desdes ée los 
desórdenes de 1 8 1 2^, se insurreccio- 
naron, asesinaron ai gobernador, co^ 
metieron los críiaaenes mas horri^ 
btes, y ft»atart>iir aque* deígniciado 
pais como proyocia conqtnstada. 
Cuéntase Cfae en su embriaguez de 
sangw í^isüaron algunos de sus ce- 
ciales y forzaron» los demás á Itevar 
arrastrando' sus cadávere» al ^tib 
donde ellos- mismos habían úe ser 
enterrados vrv'osf hasta el Cuello». Es- 
tos- hijos jjerdrdos^ la repdblica dé 
Buenos-Aires se rieron en breve 
obligados á poner términq á' sus 
horrores : atáeado» por las atropan 
del' gobierno' central, hnyeron^bar^ 
demente j» serefujiaTon* ei^ éY pais 
de los» A^ttieas», dondiefC(mtkiuar(5n su 
vida de bandidos; 

EL Cáwnen* se habia rtSentido d^ 
esta dur» Sacudidas P^i*© muy luego 
se repuso redoblando su actividad 



36 



HISTORIA DE LA 



comercial. No encontrando ya los 
Indios ganados en San José , adopta- 
ron el medio de robarlos en las ha- 
ciendas de los países limítrofes; y 
fueron en breve tan espertos en 
aquellos latrocinios , que no sabien- 
do que hacer de las reses que caian 
en sus manos, iban á venderlas á 
Chile y á otras partes mas lianas. 
Asegurase que ascendió á mas de 40 
mil el numero de las reses vacunas 
vendidas por los indíjenas á los colo- 
nos del Carmen en los tres años del 
gobierno del comandante Oyuela. 
Con esto puede uno formarse una 
idea de lo mucho que se estendió 
en aquella época el comercio de cue- 
ros y de carne salada. Comerciantes 
de Buenos-Aires hicieron inmenso 
caudal en poco tiempo entre los Pa- 
tagones, á costa de sus propios com- 
patriotas, cuyos rebaños pasaban 
sucesivamente á manos de los salva- 
jes, y alas de los mas descarados 
compradores. El gobierno de la re- 
pübfíca hubiera podido reprimir 
tan insolente usura ó latrocinio , en 
vez de dar lugar á vituperarle por 
su indiferencia sobre un estado de 
cosas tan contrario á todo principio 
de justicia y moralidad. 

No fueron las relaciones mercan- 
tiles de los colonos cotí los natura- 
les la única causa de la importancia 
3ue estos adquirieron en la época 
e que hablamos. Un acontecimien- 
to imprevisto y muy grave vino á 
recordará los colonos los peligros 
de su posición en medio de las tri- 
bus bárbaras , cuya timidez y des- 
unión hablan producido|hasta enton- 
ces su debilidad. Durante la guerra 
de la independencia que ensangren- 
tó las llanuras de Buenos-Aires , un 
oficial del partido español , llamado 
Pincheira , se deserto y pasó á los 
Indios con la mayor parte de sussol- 
dados. Adoptó la vida de homicidio 
y saquep que ejercían entonces los 
Araucanos, y haciéndose cabeza de 
una banda terrible , entre la cual se 
encontraban cerca de trescientos 
hombres armados á la europea y 
disciplinados, talólas fronteras de 
las repúblicas de Buenos-Aires y de 
Chile. No tardaron las demás tribus 
de indíjenas en redutar numerosos 



desertores ; este contajio »• jprofiago 
entre los Gauchos, y aun, segnn 
cuentan , algunos arrendadores , 
que preferían el gusto del robo á ma- 
no armada, á los < tranquilos goces 
de la vida doméstica. Por último la 
audacia de los bandidos se acrecen- 
tó á tal punto que nadie estuvo ya 
seguro en la estancia mejor guarda- 
da, ni en los asilos que se distinguen 
en aquel pais con el nombre de ca- 
sas fuertes. 

Estos desórdenes han continuado 
desde aquella época menos san- 
grientos , y por consecuencia menos 
temibles , pero siempre tan funestos 
á los intereses y á la tranquilidad de 
los habitantes. Los colonos de los es- 
tablecimientos españoles están en 
continua alerta,temiendoácada ins- 
tante las agresiones de los dignos 
compañeros de Pincheira. 

La guerra que estalló en 1826 en- 
tre el Brasil y Buenos Aires, tuvo 
una singular influencia en el Car- 
men. Habiendo bloqueado la escua- 
dra brasileña el Rio de la Plata, los 
corsarios de la república arjentina > 
mal protejidos por los fuertes de la 
Ensenada y de Tuyú , conduelan al 
Rio-N|egro las numerosas presas he- 
chas á la marina del BrasiJ. El suelo 
del Carmen fué entonces pisado por 
jentes de todas naciones, que carga- 
das de botin y poco escrupulosas en 
puntos de moral , introdujeron en la 
pacífica colonia, convertida para 
ellos en una tierra neutral , el gusto 
á los artículos de lujo j de las cos- 
tumbres licenciosas. Bien es verdad 
que lo que el Carmen perdió con 
respecto á las costumbix^s lo ganó de 
parte del bienestar y del progreso 
material. El concurso de los estran- 
jeros, la presencia de los oficiales de 
corsarios, que gastaban locamente 
el fruto de sus t*apiñas , produjeron 
un movimiento mercantil estraordi- 
nario, v aumentaron considerable** 
mente la riqueza de los habitantes. 
No era ya la modesta población 
adonde los Indios conduelan sus ga- 
nados por el precio mas módico: los 
Patagones se liabian vuelto un centro 
importante y el punto de reunión de 
toaos los individuos. Europeos y 
Americanos , enti^ los cuales nabian 




^ 6. 



^ O 



4 



\ 

, T.i r' 






PAT AGONÍA. 



37 



«iespertado las perras d« las repú- 
blicas vecinas ideas de codicia j 
amorá las aventuras. 

Irritados los Brasileños déla pros- 
peridad de un establecimiento que 
era como el depósito de las mercan- 
cías que les robaban, concibieron 
en 1828 el proyecto de arrebatarlo á 
á la república de Buenos- Aires. Nó 
tardaron pues en presentar cinco 
navios de guerra en la embocadura 
del Rio-Negro : tres solamente con- 
siguieron franquear la barra del 
rio , y avanzaron hacia la colonia. 
Ia única defensa del Carmen eran 
algunos marineros de corsarios , al- 
gunos soldados de infantería y la 
milicia del pais , compuesta de los 
habitantes y de los Gauchos. Hubo 
juntas , se tuvo consejo , y todos uná- 
nimes fueron de dictamen que se 
hiciera la defensa. Los capitanes de 
los corsarios armaron inmediata- 
mente dos buques, y de acuerdo con 
, todos los marinos tomaron la reso- 
lución de atacar los navios , en tan- 
to que la caballería cayese sobre las 
tropas enemigas. El jeneral brasile- 
ño, Inglés deoríjen, creyó que con 
soldados aguerridos era fácil vencer 
á un puñaao de hombres indiscipli- 
nados, y apoderarse del estableci- 
miento. Sin pérdida de tiempo, al 
dia siguiente, ejecutó su desembar- 
co, echando atierra setecientos hom- 
bres, y dejando poca jenle á l>ordo 
de los navios. A la pjjrte abajo del 
rio habia que andar seis leguas para 
llegar al Carmen. El guia que lleva- 
ba le aconsejó , temiendo una em- 
boscada, que echase por lo interior 
de las tierras para caer al improviso 
sobre pl Carmen ; pero entre hom- 
bres habituados á las astucias y ar- 
dides de los Indios , era imposible 
que fuesen desconocidos toaos los 
movimientos de los enemigos. Los 
inilicianos, en número de ciento á 
ciento veinte, tomaron iomediata- 
roente la resolución de rendirle por 
sed , y al instante pusieron en ejecu- 
ción este proyecto. Las tropas brasi- 
leñas, compuestas todas de infante- 
ría , se hablan puesto en camino sin 
la precaución de llevar refresco algu- 
no , de modo qi^eá las cuatro ó cin- 
co horas de marcha forzada en me- 



dio de áridos desiertos empezaron á 
esperimentar una sed devoradora , 
aumentada por el calor del estío. 
Acercábase el ejército al punto de 
su espedicion y quería ocupar el Rio- 
Negro. Vanos deseos. Encontró la 
milicia dispuesta á impedírselo : hu- 
bo muchas escaramuzas , muchos 
inuertos de una y otra parte. Pare- 
cía acalorarse la acción , cuando el 
jeneral, blanco de los Gauchos, á 
causa de su uniforme, guarnecido 
de alamares de oro, fué derribado 
de un balazo. Desalentó su jente r 
una sed cruel atormentaba los solda- 
dos y les hacia murmurar ; lo^ oficia* 
les trataban en vano de reun irlos , j 
el grito jeneral de rendirse les forzó 
á entregar sus armas á los milicia- 
nos, quedando todos prisioneros. 
Mientras que los habitantes del Car- 
men alcanzaban esta victoria distin- 
guida , los navios llegaron hasta cer- 
ca del fondeadero. Combatieron con 
ardor, y ya uno de los buques «brasi- 
leños estaba apresado, cuando la no- 
ticia de la derrota del gército obli- 
gó álos otros á rendirse; Tal fué el 
resultado de icion brasile-dla espe 
ña. Un rasgo de barbarie y de codi- 
cia inaudita acabó con la existencia 
del jeneral de los vencidos. Apenas 
fué derribado del caballo , se arrojó 
sobre él un Gaucho, le despojó de 
su rico uniforme y advirtiendo que 
llevaba un anillo precioso, trataba 
de cortarle el dedo , no pudiendo sa- 
carlo de él. El jeneral no estaba si- 
no herido , y se habia mantenido 
inmóvil con esperanza de salvarse ;• 
pero el dolor que le causó el corte 
del cuchillo del Gaucho fué tan vi- 
vo que le arrancó un jemido , y esto 
le vendió. El soldado le traspasó en- 
tonces el corazón con su sable , y hu- 
yó triunfante con la sortija qué tan- 
to habia codiciado. 

Al año de esta sangrienta lucha se 
veian todavía los llanos del Carmen 
sembrados de huesos y plagados de 
aves de rapiña que se disputaban los 
jirones de carne disecados por el 
sol ; restos de los cadáveres de los 
Brasileños muertos en el combate. 
Sus enemigos los dejaron insepul- 
tos, según parece: esta barbarie ea¿ 
jeneral en los partidos que se hae«n 



3g 



rirSTOHIA VE LA 



una guerra cfncamicad a en Améri- 
ca , aun en aquellas rejione» donde 
cierta civilización ha penetrado. Los 
prisionerD3 brasileños hechos en el 
combate del Carmen, para desemba- 
razarse de ellos los vencedores , fue- 
ron enviados á Buenos^Aires , á pié f 
en la estación mas calorosa del año ^ 
y á cargo de oficiales tan bárbaros 
cerno sus subalternos. Aquellos des- 
dichados anduvieron mas de dos- 
cientas leguas por desiertos áridos y 
ardorosos, devorados de la sed , sd« 
metidos á las prtvaciones mas duras 
f al trato mas inhumano. Un gran 
número de ellos pereció en el cami- 
no; otros, rindióos de cansancio ó 
debilitados por )as enfermedades, 
no pudieron seguir él convoy v fue- 
ron abandonados en aquellas llana- 
ras inhospitalarias. A su regreso, 
los soldados que los habian escolta- 
do > üe jactaron de habar adquirido 
nuavos tUuloa á la gratitud de sus 
comnatriotas , por la manera con 
que nabian perseguido á los infor- 
tunados prisionerost 
, Ya se ha YÍ«to qu^ bajo el imperio 
de las cirennatancias se acrecentó la 
pfoapeHdad del Carmen de una raa- 
Hapaesti^aofdioaria. Por una conse- 
euenaia muy natural y fácil de pre- 
\ wr, aquel feli^ estado de cosas de- 
bta desaparecerían luego comocesa* 
rala concurrencia de los corsarios 
«airanjeros. flfeetivamente , la paz 
Gilabradaen 3 de octubre de 1828, 
entre el Brasil y Buenos-Aires , fué 
la señal de la decadencia de aquella 
eolqnia, comentando para ella una 
nueva ara de calamidades y de rui- 
na. Lqs Indio» volvieron á empren- 
der el cui^o de sus devastacionea , y 
el terror que difundieron en ambas 
orillas del Rio-lVegro fué tal , que un 
gran numero de habitantes del Car- 
men fueron á biuicar en las cerca- 
níaside Buenos-Aires la tranquili- 
dad de que no podian ya gozar pro* 
ximos á los Aucas y Patagones. Esta 
colonia que tantas alternativas ha t&* 
nido de dicha y de adversidad , se 
halla hay dia en el estado mas deplo- 
rable ; siendo de temer que de la in- 
diferencia del gobierno 4e Buenos- 
Aires resulte su total aniquilamien- 
to. Entonces los salvajes de la Pata- 



gonia , libres en adelante del contac- 
to de los estranjeros , campearán in^ 
solentemente en la morada dd hcmi- 
bre civilizado, y suspenderán los ar- 
neses de sus cabaUos de los arteso- 
nados que aun resuenan actualmen- 
te con los sonidos de tina mikica ar- 
moniosa. La destrucción de la colo- 
nia del Carmel será una verdadera 
pérdida para los navegantes , y los 
comerciantes de Buenos-Aires , y ha- 
rá además sumamente difícil cual- 
quiera otro establecimiento de colo- 
nia en los mismos paises« 

E»TBECHO 9B MAGAIXABIBa. 

El gran diccionario publicado eir 
1899 por Piqueta se espresa así en 
el artículo Estrecho de Magallanes r 
«La entrada del lado del Atlántico 
se encuentra por 70** $8' de loiyitud 
occidental, ^itre el eabo de las Vír- 
jenes, higo W^ 31' de latitud sudj y 
el cabo del Espíritu Santo, bajo 
¿8* 14'. Titne diez leguas de an- 
cho. La del lado del gran Océano 
se encuentra por 77** 14' de lonji- 
lud occidental entre el eabo Vic- 
toria, bwo6a°19 de latitud sur, y 
el cabo de los Pilai'es, bigo 62^46, 
Tiane once leguas de ancho des- 
de el cabo de las Vírjenes al ca- 
bo Froward , que determina con 
corta diferencia el medio del estre- 
cho : este se dirije jeneralmenle al 
sudoeste; del cabo Froward al de las 
Vírjenes >e dirije, al nordeste , y su 
lonjitud total es de ciento treinta le- 
guas. La palle mas estrecha se en- 
cuentra cerca de la entrada oriental, 
y está determinada por el cabo Oran- 
ge , estremidad norte de la Tierra 
del Fuego , y puede tener una media 
legua de ancho. Se ha contradicho 
la existencia de dos grandes paso» 
atravesando la Tierra del Fuego , el 
canal de S. Sebastian, que une el es- 
trecho al Atlántico , y el canal de 
Sta. Bárbara que le none en comuni- 
cación con el gran Océano. Las cosr 
tas de este estrecho son en jeneral 
muy elevadas, llegando en muchos 
parajes á dos y tres mil pies de altu- 
ra perpendicular sobre el nivel del 
mar , ofreciendo numerosas abertu- 
ras ó bahías. En jeneral es muy vio- 



PVfA^^GOWA. 



89 



r«nta en «sU* estrecho et viento de 
oeste. Entre el canal dé San Jeró* 
QÍmo>y la bahía, de Gallant, la costa 
norte (Pata^onia) presenta una pers- 
pectiva vanada y muy grata, al paso 
que alo lejos (al sur) se columbran 
picos Y montañas cubiertas de nieve. 
Ofrece una sucesión de montañas ^ 
colinas y llanuras , regadas por rios , 
y arroyos , y se eneuentran algunas, 
radas seguras. » 

Mmaos á completar y rectificar so- 
bre ciertos puntos esta bi*eve des- 
cripción del estrecho, á que- dio su 
nombre su primer esplorador, el 
ilustre Magallanes. 

Considerado este esti^echo en su to- 
talidad , presenta la figura de un 
ángulo obtuso, cuyo centro está al 
sur , y cuyas costas se elevan hacia el 
este y el oeste , profundamente cor- 
tadas al este por tres relieves ó des- 
igualdades, determinadas por dos 
boquetes , y al oeste por una infini- 
dad de isla», bahías ó promontorios 
y corrientes de agua. Wallis traza 
del modo siguiente el cuadro de las 
distancias respectivas de los princi- 
pales cabos y cabías que cortan par- 
ticularmente la costa norte. 

Miliar. 



Del cabo de lasVíijenes a la 

punta Dungueness. ... 5 
De ésta á la de la Posesión. . 18 
De está última al costado me- 

fid ional del primer boquete 27 
Dé allí al cabo Gregorio. . . 25 
De este cabo á la punta de la 

isla del Delfín. .... 14 
De esta última á la punta sep- 
tentrional de la isla Isabel. 14 } 
De allí á la punta de Porpass. 12 
De esta punta á la bahía de 

Agua milce (Frcshwater) . 22 { 
De esta bahía al puerto del 

Hambre 13 

De este puerto al cabo Shatnp . 1 
De este cabo á la isla del Delfín 1 
De esta isla al cabo de Froward 1 1 
De allí á la punta de la bahía 

de Sung í 

De la pifnta de esta bahía al 

cabo Holand 13 ^ 

Del caboHolandal Gallatid. . 21 \ 
De este á la bahía de Isabel. . 11 | 
De esta bahía á la punta de 



York « 1 

De la rada de York al cabo 

Quáde. ....... 2t 

De este al de Notelz; ... ti 

De este último al de Mooday. 38 

Del cabo Monda v al Upright. 13 
De este punto al cabo de los 

Pilares. 50 

•^376?: 



Despues d'eí viaje de Wallis han 
recorrido y estudiado otros navegan- 
tes los tortuosos contornos del estre- 
cho de Magallanes. A ellosj y en JJar- 
ticular al capitán Barker-kmff, somos 
deudores de los documentos mas 
exactos sobre este sitio tan impor- 
tante á la ciencia tiáutica. 

El estrecho de Magallanes és qui- 
zás el lugar mas pihtorestíd del globo 
Í^ el mas digno dé ser descrito por 
os poetas. Con justo motivo es el 
oljjeto de la admiración de los ma- 
rinos. ¿Dótide se encontrarla en efec- 
to, dice el capitán Duhaut-Cilly , un 
estrechó tan profundo , tan largo , 
tan navegable , y sin embargo tan 
cerrado , ofreciendo tan gran nú- 
mero de puertos naturales y de fon- 
deaderos seguros y cómodos ? Agua 
escelente por todas partes y leña en 
abundancia, caía, pesca y mariscos; 
en fin , todos los recursos que puede 
ofrtícer un pais, ha^ta ahora inculto 
y casi inhabitado^ 

A la altura de la bahía GrégoHo 
no ofrece el pais por ambas partes 
del estrecho sino Ilaíiuras rasas co- 
mo el testo de la Patagonia. En el 
cabo Negro, algo mas lejos, loma de 
repente los caracteres del suelo de 
la Tierra de Fuego. El viajero sesor- 

Íírende al ver en un espacio de vein- 
e millas una mudanza tan rara en 
el paisaje. Aun es mas admirable el 
contraste si se llega hasta el puerto 
del Hambre, á setenta millas de la 
bahía Gregorio. Allí se ven las mon- 
tañas cubiertas de bosques impene- 
trables, combatidas sin cesar por las 
lluvias y las tempestades , mientras 
tíue un cielo puro y un sol brillante . 
iluminan con luces espléndidas lla- 
nuras estériles y arenosas en las cer- 
canías del cabo Gregorio. 

En el puerto del Hambre ^o eslien- 
de la vista sobre masas de rocas gra- 



HISTORIA UE LA 



40 

úíiicas , V bosques tan^ espesos qus 
para diríjirse allí con sej^urídad, es 
preciso no perder la brújula de vis- 
ta. El monte Tam, qae se eleva á 
2600 pies sobre el nivel del mar, do- 
mina la bahía donde, como hemos 
visto en la noticia sobre la Patagonia, 
fundaron los Españoles ún estable- 
cimiento. Durante el invierno es 
sombrío y melancólico el aspecto de 
este lagar, tristemente célebre. La 
nieve cubre las montañas comarca- 
nas y y una nube glacial se estiende 
como una sábana por todo aquel 
pais. En ninguna parte del estrecho 
se ven árboles tan hermosos como 
en el estrecho del Hambre. El capi- 
tán Duhaut-Cilly dice que quedó ab- 
sorto por la belleza de los bosques 
que guarnecen el rio , cuyas aguas 
se pierden en el fondo de la banía. 
Midió árboles que tenían seis pies 
de diámetro , y mas de cincuenta 
hasta las ramas, sanos y derechos 
como palos de navio. 

Las tripulaciones de las naves que 
fondean en aquel puerto, cazan mu- 
chas especies de aves, en particular 
gansos , patos silvestres , cercetas , 
gallinetas , chorlitos reales y otras. 
Algunos Patagones errantes se mues- 
tran comunmente en la orilla y van 
á hacer un comercio de cambios con 
los marinos. Los toldos de estos In- 
dios se ven á lo lejos, dando al pais 
un carácter todavía mas singular. 

Antes de llecar al cabo Froward , 
que. se avanza a la estremidad de la 
provincia de Brunswick, se alarga el 
estrecho y da entrada á los canales 
de San Gabriel y la Magdalena. Las 
orillas del primero de estos pasos 
están cubiertas, hasta el puerto Wa- 
terfall,de inmensos ventisqueros que 
alimentan de trecho en trecho mag- 
níficas cascadas, superiores, con res- 
pecto al numero y elevación, á todas 
las que se conocen. En una estension 
de nueve á diez millas se cuentan 
mas de ciento cincuenta torrentes 
que despeñan sus bulliciosas y espu- 
mosas aguas en el canal, desde una 
altura que varía de mil quinientos á 
dos mil pies ingleses. Algunos dees- 
tos torrentes están tapados por el 
follaje de los árboles que sombrean 



sus márjenes : pero al llegar á la m^ 
tad de la caida aparecen de repent- 
á la vista , como »i brotasen dé en. 
medio de aquellos espesos bosques; 
Otros se reúnen al fin de su curso I 
y desembocan juntos en el mar en- 
tre una nube de vapores. Las formas 
variadas y los accidentes de estas 
cascadas , el contraste que ofrecen 
con el follaje sombrío dé los árboles 
de que están cubiertos los flancos de 
las montañas; el monte Buckland,cu- 
ya cima cubierta de un eterno man- 
to ie nieve se eleva en los aires bajo 
la forma de un gracioso obelisco; las 
blancas nubes que se paran al fren- 
te de aquellas alturas volcánicas; to- 
do esto presenta á los ojos del viaje- 
ro un espectáculo cuya belleza es 
imposible describir. Quizás no hay 
en el mundo entero una escena de 
la naturaleza t^ue iguale en lo gran- 
dioso y pintoresco á la que se con- 
templa en aquella parte del estrecho 
de Magallanes. « 

Las aguas del cabo Froward abun- 
dan en cetáceos, focas y marso- 
Etas. El agua que allí arrojan las 
alienas en brillantes chorros , pre* 
senta una particularidad notable, 
pues forma en los aires nubes pla- 
teadas^, visibles, por mas de un mi^ 
ñuto , clara y distintamente , á dis- 
tancia de cuatro millas. 
. Del cabo que acabamos de citar 
al puerto de Ga41ant se prolonga la 
ribera septentrional casi en finea 
recta. En la parte opuesta se encuen- 
tra al contrario una multitud de pa- 
sos guarnecidos de altas montañas; 
separadas unas de otras por barran- 
cos profundos. Las dos orillas están 
cubiertas de una vejetacion vigorosa, 
bien que los árboles de la parte me- ' 
ridional son menores. El aspecto de j 
esta parte del estrecho , lejos de ser 
horrible, como dice Córdooa , es en 
la estación benigna sumamente in- 
teresante y pintoresco! Es innegable 
que las montañas mas elevadas es- 
tán privadas de verdor , pero sus 
crestas, cubiertas de nieve^ hacen un 
contraste de los mas poéticos con el 
terraplén inferior que se halla ente- 
ramente revestido de verdor. El 
j^aissge se halla también variado por 



PATAtiONU. 



H 



los colores con que %e adornan , du- 
rante el otoño , los arbustos que 
se elevan en la orilla. 

Al norte de la entrada occidental 
ílel estrecho y al este de las tres isle- 
tas de la Victoria, está el golfo de la 
Trinidad, donde hay como arrojadas 
una infinidad de islams diferentes, uue 
reunidas tienen el nombre de arcni- 
piéla^o de Toledo. La de la Madre 
de Dios es la principal. Separada 
esta isla d^F continente por ei canal 
de la Trinidad , ancho de unas cua- 
tix> leguas , tiene cerca de 25 leguas 
de largo de norte á sur, 15 deancho 
y termina al nordeste por el cabo de 
tres puntas. £1 eje de esta isla está 
situado por 50" 10' de latitud sur , y 
77*^ 45' de lonjitudoriental. Los Es- 
pañoles establecieron un apostadero 
en la isla dé San Martin, y factorías en 
muchos puntos de la costa occiden- 
tal de este archipiélago. £1 capitán 
Parker-King ha señalado en los mis- 
mos parajes el grupo de Guayanaco, 
compuesto de islotes , uno de los 
cuales contiene una alta montaña 
UamdidaL^ evada de Captana ; y por 
arbitrariedad ó capricho ha dado el 
nombre de Wellington á una isla 
que los Españoles denominaron Cam* 

Í7€ina , y ha visitado también las is- 
as Lobos Y Jloca partida. Estas 
tierras están situadas acorta distan- 
cia de la orilla occidental de la Pa- 
tagoníaen la dirección de sur á nor- 
te, desde el cabo de Sta. Isabel hasta 
el golfo de Penas. « Se sabe muy po- 
co de este archipiélago , dice Malte- 
brun ; tan solo que es peñascoso , 
montañoso y de un aspecto desagra- 
dable. Está separado del continente 
{)or el canal de la Concepción , y en 
a costa de este van á terminar los 
Andes , cuyos flancos se cubren allí 
de enormes ventisqueros. 

Para terminar esta descripción 
harto rápida del estrecho de Maga- 
llanes , deberíamos dar algunos por- 
menores sobre los vejetales y los ani- 
males que se encuentran en sus ori- 
llas y en sus aguas. Pero la concisión 
que nos hemos propuesto impiden 
estendemos á mas. Contentarémo- 
nos pues con referirnos , para go- 
bierno del lector en cuanto á la 700- 
Jojía , á una carta del capitán King, 



inserta en dos fragmentos en el zoo' 
lojical Journal de Londres, tomo III, 
páj. 422, y tomo lY páj: 91; acerca 
de la botánica , á la relación de la 
espedicion del Beagle y de la Aven- 
tura , y particularmente á la _ parte 
de esta obra redactada por Darwin. 

£1 estrecho de Ma^^allanes ha sido 
descuidado mucho tiempo por el es- 
trecho de Lemaire , situado entre la 
Tierra del Fuego y la isla llamada 
Tierra de los Estados. Pero este últi- 
mo estrecho ha sido después aban- 
donado , particularmente desde que 
el capitán King, que es autoridad ea 
la materia, ha negado positivamente 
las ventajas de la navegación en este 
peligroso paso. Hoy dia las naves si 
no prefieren atravesar el estrecho de 
Magallanes, que ahorra mucho ca- 
mino, doblan la Tierra de los Esta- 
dos, van hasta mas abajo , doblan el 
cabo de Hornos, situado á laestrjemi- 
dad sur de la mas meridional de las 
islas del Ermitaño , y remontan al 
jOcéano Pacífico , siguiendo á larea 
distancia la costa sudoeste de la 
Tierra de Fuego. Pero este derrote- 
ro de nineun modo es preferible al 
del estrecno de Magallanes. Las difi- 
cultades para doblar el cabo de Hor- 
nos son grandísimas : los vientos y 
las corrientes son tan mudables en 
estos parajes, que el marino debe 
preferir á ellos lo largo y el fastidio 
de una navegación que ofrece pocos 
peligros, y que presenta ventajas 
efectivas para el resto del viaie. 
Efectivamente , cuando uno ha sali- 
do del estrecho, reinando los vientos 
de la parte del oeste, y mas frecuen- 
tes al norte que al sur, son favora- 
bles para estenderse por la costa ; y 
en el caso en que no guardasen cons* 
tan temen te esta dirección, no habría 
la esposicionde abismarse en el mar, 
comparativamente mas tranquilo en 
aquella altura; al paso que un buque 
((ue ha doblado el cabo de Hornos , 
SI el viento es nordeste, debe correr 
al este de las islas Malvinas , donde 
está entregado á fuertes brisas , y 
á un mar terrible que le coje de 
través y le fuerza á desafiar al viento 
para remontar hacia el norte y apar- 
tarse así de su verdadero derrotero. 

Según esto, se comprende lo im- 



*2 



HISTORrA DE LJt 



portante que es hoy día el estrecho 
de Magallanes para penetrar en el 
Océano Pacífico. Por tanto no^ hay 
duda que dentro de algunos años 
será tan conocida como los demás 
puntos remotos del globo esta pre- 
ciosa comunicación entre los dos 
mares. Acaso pensará también algu- 
na potencia , europea , interesándose 
por el comercio , en* fundar en sus 
costas un establ^imiento formal. La 
triste suerte de la colonia del Puerto 
del Hambre, es sin duda un doloroso 
precedente , pero no bastante para 
desalentar en lo sucesiTo.^Se han vis- 
to mantenerse y aun prosperar esta- 
blecimientos en parajes mucho me- 
nos hospitalarios aue el estrecho de 
Magallanes , y colonos intelijentes 
pudieran ^car un partido ventajoso 
de los recursos que ofrecen en caza , 
pesca , aguas {mtables y maderas las 
mnumerables bahías de k estremi- 
dad sur de la Patagonia. 

TIERBA D£ti FUEGO. • 

Descfiption jeneral, — La Tierra 
del Fuego, así llamada , á causa des 
humo que los Españoles , como pris 
meros esplorad ores, vieron de leio-. 
elevarse de los toldos ó chozas de los 
indíjenas , está situada por k» 59 y 
66 grados de latiUid austral , 67^50' 
y 77°75'.de lonjitud occidentah For- 
mada por ima inmensa aglomera- 
ración de islas, estendiéndose en un 
espacio de ciento treinta leguas de 
largo sobre ochenta de ancho , está 
limitada al norte por el estrecho de 
Magallanes; al este por el Océano At- 
lántico; al sur por el Océano Aus- 
ral ; ^ oeste por el mar dd sur. Las 
principales islas de este archipiélago 
y las que bañan las aguas del estre- 
cho de Magallanes pueden ser des- 
critas como sigue, en cuantp á la 
confíguracioi^ esteriorde^is costas. 

Partiendo al este del promontorio 
de la Reina Carlota , que forma el 
costado sur de la entrada del estrecho, 
la costa de la grande tierra llamada 
King Charles Southlnnd^ desciende ó 
biya del norte al mediodía, inclinán- 
dose sensiblemente al este, hasta los 
cabos de San Vicente y Diego.Desde el 
<5abo de San Vicente hasta el del Buen 



Suceso , la línea se abaja perpendí*^ 
cukrmente hacia el sur. La Tierna 
de los Estados , situada enfrente, y 
con cortar diferencia, á i^ual distan- 
cia dte San Vicente y I>ieg04 forma el 
estrecho de Lemaik*e. Del cabo del 
Buen Suceso á la bahía de Valentín,, 
corre Ta costa horizontalmente de 
este á oeste; después baja hacia el sur 
en esta djrecciott, y hundiéndose 
profundamente , sube hacia el norte 
para formar la bahía de Nassau. No 
lejos está la embocadura del canal: 
de Sat^ Gabriel, que separa lá isla 
Dawson de la Tienda dfel Fuego , pro- 
piamente tal; la costa meridional 
está guarnecida de altas montañas , 
yes auizás la mas elievada de la Tier- 
ra del Fuego. Entre sus picos estáa 
los montes Buckland y Sarmiento.. 
Ya hemos hablado det primen/- 
oportunamente tratando del estre- 
cho de Magallanes. Es un peñasco 
piramidal, de esquila, cuya punta es 
agudísima y tiene 1200 piés de altu- 
ra. El monte Sarmiento se levan- 
ta unos 207a metros sobre el ni- 
vel del mar; su base es ancha y 
termina eit dos picos puntes^- 
dos , el uno al nordeste y el otro 
al sudeste , á una distancia respec- 
tiva de un cuarto de milla inglesa. 
Sarmiento, el primero aue fe descu- 
brió , le dio el nombre de volcan ne- 
voso. Visto efectivamente del norte 
tiene la apariencia de un volcaa; 
pero jamás se han visto en él señales- 
ni trazas de erupción ; tal vez su for- 
ma volcánica no casino fortuita, por- 
3ne mirado de la parte d^ poniente, 
e ningún modo se asemeja á nn 
cráter. Esta montaña es el punto mas 
alto que se ha observado hasta aquí 
en la Tierra del Fuego í es como el 
teatro de los principales fenómenos 
meteorólijiqos de aquellos países, y 
su aspecto anuncia el tiempo á los 
marinos , según se cubre ó despeja 
de los vapores que le rodean. Es una 
especie de barómetro que la natura- 
leza ha colocado en aquellos sitios 
donde amenaza al navegante mas de 
un peligro. Cuando el viento sopla 
del nordeste ó dd sudeste , las nu- 
bes ó nieblas que cubren su cima se 
desvanecen, y entonces presenta la 
perepectiva mas magnífica. 



o 
o: 

peí 




0^ 



IviV^i-^-^ 






tUT 



r *" ' ' 



PATAGONU. 



43 



£iiti*e el. monte Buckland y el Sar- 
miento , la cresta de la cadena está 
ocupada por un estenso ventisquero, 
cuyo manantial continuo mantiene 
las cascadas de que hemos hablado. 
'*- La de las islas del Ermitaño, cuya 
estremidad meridional forma el ver- 
dadero cabo deHomos,está rodeada 
ai este de una infinidad de islotes de 
poca consideración , siendo los mas 
notables el de Barnevelto, las de 
Cvoust y la isla nueva, que se halla 
hacía el norte. Desde el cabo de 
Hornos hasta el del Pilar, que for- 
ma el confín nordeste de la Tierra 
deL Fuego, describe un círculo la 
costa, atravesada por el canal de I^a- 
vidad , la bahía de Sta. Bárbara y el 
cabo Glocester. Al entrar en dicho 
canal se halla un archipiélago cuyas 
isletas principales son la Catedral de 
York y la isla de los Tontos y de las 
O'os hacia el sur; y en el norte la 
isla del Huevo , y la Quemada al nor- 
deste. Mas arriba y hacia la parte del 
este de la bahía de Sta. Bárbara , se 
halla un grupo de cinco islotes , con 
el mayor de los cuales termina el ca- 
bo Negro , hallándose detras del ca- 
bo Glocester, y subiendo hacia el 
norte, un vasto archipiélago en el 
cual puede considerarse situada la 
isla ael Surjidero ; cerca de esta se 
halla el paraje de mas fondo de todo 
el litoral. 

Por lo tocante á las costas septen- 
trionales de la Tierra del Fuego, he- 
mos hablado ya al tratar del estre- 
cho de Magallanes , y por tanto nos 
ceñiremos a recordar lijeramente sol 
puntos principales de oeste á este , 
comoT la bahía y la ensenada de Se- 
paración situadas á la entrad a del 
estrecho; la bahía de las islas; la en- 
senada de las Golondrinas; la entra- 
da dd canal de Sla. Bárbara, situada 
en frente de Puerto-Gallant; la entra- 
da del canal de S. Sebastian frente del 
puerto del Hambre ; el promontorio 
de la Ráfaga , que forma el segun- 
do grupo de la entrada oriental del 
estrecho; el Mondrano,qiiefom^ael 
primer islote mas hacia el norte y al 

Sartir del cual va declinando la costa 
e norte á sur y de oeste á este, oara 
ir á unirse con el promontorio de la 



Reina Carlota, que nos ha sei'vídu d« 
punto de partida. 

Desde el cabo Pilar hasta el de 
Hornos la costa es muy cortada y des- 
igual; en lo interior se hallan mon- 
tañas cubiertas constantemente de 
nieve y cuya elevación es algunas ve- 
ces de mas de mil y doscientos metros 
y nunca bajan de seiscientos. 

Al acercarse á la costa se ven mu- 
chos brazos de mar que entran en la 
tierra en todas direccione» y que co- 
munican con grandes golfos, situa- 
dos detrás délas islas del litoral. Las 
montañas contiguas al mar son muy 
verdosas por la parte del este^ pe- 
ro estériles por la del oeste , á causa 
de estar continuamente espuestas á 
los vientos , siendo estos tan fuertes 
que derriten en un momento la 
nieve. Casi siempre está nublado ó 
lloviendo , mostrándose rara vez el 
sol. 

CABO DE HOBNO&. — £1 puuto ma» 
importante de la Tierra del Fuego 
por la parte del sures sin disputa el 
cabo de Hornos , cuya posición he- 
mos indicado al estremo mas meri- 
dional de las islas del Ermitaño. Su 
elevación es de 152 metros sobre el 
nivel del mar , y las negras escabro- 
sidades que tiene por la parte del 
sur son de un efecto muy impenen - 
te. Al hablar del estrecho de Maga- 
llanes hemos espuesto las ventajas 
que tiene el paso al través del estre- 
cho ; pero como aun no se ha deci- 
dido la cuestión acerca de la prefe- 
rencia de ambos derroteros, daremos 
algunos pormenores acerca del paso 
del cabo de Hornos. 

Algunos marinos son de opinión 
que se debe doblar este cabo duran- 
te el verano , v otros al contrario 
opinan que en el invierno. Lo cierto 
es que allí como en todas partes son 
temibles los equinoccios, esperiipen- 
tándose fuertes ventolinas. Los peo- 
res meses del año son agosto, setiem- 
bre , octubre , noviembre y diciem- 
bre , pues entonces reinan los vien- 
tos del oeste , las lluvias , la nieve y 
los ventarrones : diciembre , enero y 
febrero son los mas calorosos , los 
dias largos ▼ el tiempo bueno , pero 
los vientos de oeste, a veces muy vio- 



HISTORIA DE LÁ 



44 

lentos y acompañados de lluvia, ra- 
nan en toda esta estación. Marzo es 
sin disputa el peor mes del año por 
las continuas tempestades y ventar- 
rones que se suceden. La mejor épo- 
ca es muchas veces el periodo de los 
meses de abril , mayo y junio, á lo 
menos son de menos temporales: los 
dias son mas cortos, pero no por eso 
dejan de parecerse á los de verano. 
Junio y julio tienen mucha analojía , 
aunque en este tiltimo se notan mu- 
chas- ventolinas de la parte de este. 
La poca duración del dia y el rigor 
del jFrio hac^n que sea este tiempo 
muy desagradable , pero es lamas 
apropósito para pasar á oeste, por- 
que casi todos los vientos son del es- 
te. En una palabra, los meses de ve- 
rano, enero y febrero, son los mejores 
para pasar del Océano Pacífico al 
Atlántico; y abril , mayo y junio pa- 
ra regresar al Océano Pacífico. En 
estos sitios se conocen apenas el re- 
lámpago y el trueno. Ráfagas violen- 
tas vienen del sur y del surdeste, 
anunciadas por masas de nubes y 
acompañadas algunas veces de nieve 
y piedra que las hace muy temibles. 
Las naves que salen del Atlántico 
para ir al gran Océano deben pro- 
curar alejarse mas de cien millas de 
la costa oriental de la Patagonia , 
tanto para evitar la marea alborota- 
da por las ventolinas del oeste que 
reinan en el este , como para apro- 
vechar la inconstancia del viento , 
<;uando está fijo en la parte del oeste. 
A pesar de todos estos inconve- 
nientes , el paso por el cabo de Hor- 
nos, tan temido por los antiguos ma- 
rinos , no es tan peligroso como lo 
supuso el almirante Anson. Dampier, 
Cook y otros navegantes han contri- 
buido á desvanecer el terror que ins- 
piraba este cabo de las tempestades: 
y Iqp viajeros modernos han acaba- 
do de disiparlo, pues todos están 
acordes en que las dificultades que 
ofrece el paso por el estremo de la 
Tierra del Fuego, no son mas que 
las contrariedades ordinarias en to- 
das las altas latitudes ; y que hasta 
los huracanes son como todos los que 
estallan en tal estación en los cabos. 
Sin embargo la derrota por el estre- 
cho de Magallanes es preferible , so- 



bre todo á causa de las calmas que 
ahorra á las naves que pasan al gran 
Océano. 

ASPECTO DE LA TIEBEA SEL FUEGO. 

—El almirante Anson, en su viaje al 
estrecho de Lemaire pintó la isla 
del Fuego con colores muy sombríos: 

Eero CkK)k, que la visitó después, atri- 
uye esta mala opinión á la estación 
en que estuvieron en ella sus predje- 
cesores. « Las alturas, dice, son muy 
notables, pero no pueden llamarse 
montañas, aunque se vean peladas 
^us cimas. El suelo de los valles es 
muy rico y hondo , y al pié de cada 
colina corre un riachuelo cuya agua 
es algo rojiza, sin que deje de tener 
por esto muy buen gusto. » En la 
época en que Cook navegaba no ha- 
bía perdido aun su importancia el 
estrecho de Lemaire; así es que el 
capitán inglés pone mucho cuidado 
en la descripción de este estrecho , 
al cual da cinco leguas de lonjitud , 
indicando además todos los puntos 
que pueden guiar al marinero. Tank- 
bien vindica la Tierra de los Estados^ 
cuyo suelo no le pareció tan inculto 
como al almirante Anson. Dos años 
antes, el capitán AVallis, que se halla- 
ba reconociendo las costas del estre- 
cho de Magallanes , se espresaba en 
términos muy diferentes cuando ha- 
blaba de la Tierra del Fuego , bien 
qtie estuvo en el mes de febrero que 
corresponde á nuestro agosto. El 
contra maestre,áquien envió á buscar 
un fondeadero, «encontró, dice, muy 
horroroso y salvaje al pais que baña 
la costa; todo era montañas escabro- 
sas desde la base á la cumbre , sin 
el mas mínimo vestijio de vejetacion. 
Los valles no presentaban un aspec- 
to mas halagüeño ; hallábanse cu- 
biertos de profundas capas de nieve, 
escepto en algunos parajes donde 
había sido arrebatada ó helada por 
los torrentes que salen de las grietas 
de las montañas y se despeñan des- 
de las alturas, formándose y aumen- 
tándose con la nieve derretida. Estos 
mismos valles son tan yermos en los 
sitios donde no hay nieve como los 
peñascos que los rodean. 

Tales testimonios no son contra- 
dictorios mas que en apariencia, 
pues que conducen á puntos sitúa- 



PATAGONIA, 



45 



dos á una gran distancia. £1 ca- 
pitán Parker-Ring, que ha esplorado 
cuidadosamente toda la Tierra del 
Fuego, confirma lo que ha dicho 
CcÑok. Añade que en casi todas las 
islas que ha visitado es magnífica la 
Tejetacion , y que ha visto la veróni- 
ca y alguna otra florqpe en Inglater- 
ra son miradas y cultivadas como 
plantas muy delicadas. Estos vejeta- 
íes, añade aquel navegante, estaban 
en perfecta flor á muy corta distan- 
cia de la base de una montaña cu- 
bierta de nieve hasta las dos terceras 
partes de su altura. También vio co- 
libris ó pájaros moscas , chupando 
el aroma de las flores, al cabo de dos 
ó tres dias de lluvias y nieves, du- 
rante los cuales habia estado el ter- 
mómetro á punto de conjelacion. 
En fin , Mr. Fitz-Roy afirma que en 
iiinsuna época del año caen del todo 
las hojas de los árboles de la Tierra 
del Fuego. De estas diferentes rela- 
ciones se deduce que si aquel pais 
no tiene un aspecto muy hospitala- 
rio , al menos está muy lejos de ser 
tan espantoso como han afirmado 
ciertos viajeros. 

La relación siguiente de una es- 
! cursion hecha por Banks y Solander, 
para estudiar las riquezas de la par- 
te sur de este pais, puede ser consi- 
derada como el lado espantoso del 
cuadro. 

AVENTURA DE BANKS T DE SOLANDER. 

Estos viajeros, que en calidad de 
naturalistas acompañaban al capi- 
tán Wallis en su viaje al rededor 
del mundo, encontrándose á media- 
dos de diciembre de 1766 en el es- 
trecho de Magallanes y muy cerca 
de la costa de la Tierra d.el Fuego ha- 
cia un punto donde el desemharco 
no ofrecia dificultad alguna, resol- 
vieron no abandonar este paraje sin 
renovar la escursion que habían in-- 
tentado ya sobre aquel suelo, don- 
de esperaban descubrir verdaderas 
riquezas científicas. Ya hemos dicho 
aue el mes de diciembre correspon- 
de bajo aquella latitud á nuestros 
meses de mayo y junio. El tiempo 
era hermoso y teman en perspectiva 
una montañita amenísima en su la- 



dera, suave y verdosa en medio de 
su altura , árida y pelada en su cum- 
bre. Partir al salir el sol , reconocer 
aquellos bosques, aquella pradera, 
aquel peñasco donde antes que ellos 
nunca habia penetrado un Europeo, 
y volver á la noche á bordo, les pa- 
reció una espedicion tan gloriosa 
como fácil. El cirujano del buque el 
Endeavour , el astrónomo , el deli- 
neador de Mr. Banks, tres criados, 
dos marineros y dos negros se jun- 
taron á ellos; y el diez y seis de di- 
ciembre muy de mañana desem- 
barcó la fallía en la orilla á las doce, 
llenos de confianza. Mr. Banks se 
apresuró á llegar á la pradera , y la 
demás jenle, metiéndose en la espe- 
sura , comenzó valerosamente á su- 
bir la montaña. A las tres de la tar- 
' de marchaban todavía á la ventura 
sin descubrir el menor sendero que 
les condujese al paraje donde de- 
bían hacer el primer alto. Llegaron 
el fin al lugar que habían creido de 
lejos ser un llano , y se quedaron 
fríos al conocer que era un terreno 
pantanoso, cubierto de matorrales de 
abedul , altos de unos tres pies ,- y 
tan juntos que era imposible apar- 
tarlos para abrirse camino. Estaban 
obligados á saltar á cada paso , me- 
tiéndose en el fango hasta los tobi- 
llos. Para mayor dificultad en seme- 
jante viaje el tiempo , que se habia 
mantenido bueno , se volvió de re- 
pente nebuloso y frío , y un viento 
muy sutil empezó á soplar á bocana- 
das acompañado de nieve. A pesar 
del cansancio ya estremado y el des- 
aliento interior que empezaba á 
apoderarse de algunos de ellos , con- 
tinuaron avanzando, creyendo siem- 
pre haber salido del paso mas difí- 
cil y llegado al término de su viaje. 
Estaban como á dos terceras partes 
del cenegal, cuando Mr. Buchan, 
delineador de Mr. Banks, fué acome- 
tido de un ataque de epilepsia. Que- 
dando algunos con él para asistirle , 
y Banks, y Solander, el astrónomo y 
el cirujano continuaron la marcha. 
Estos viajeros llegaron en fin á la 
cumbre tan deseada , y no quedó 
burlada su esperanza, pues allí en- 
contraron muchas plantas tan dife-- 
rentes de las que se crian en las al-* 



<f> 



UISTORIÁ I>K L\ 



turas de la orílhi de la costa, como 
estas lo son de las producciones de 
los llanos de nuestros climas. Pero 
el frío era tan rigoroso , la nieve que- 
cala tan. abundante , y la nocrhe esta- 
ba tan cerca^ que no era posible inol- 
ver al navio antes de anochecer. Pre- 
ciso fué pues arrostrar todo peligro 
resinándose, como mal menos gra- 
ve, a esperar el día siguiente en el 
paraje ¿onde se báUanan, Tomada 
est» resolución, el doctor j su ami- 
go Banks , contentos en sa interior 
de tener algún tiempo mas parar sus 
observaciones, solo pensaron en 
aprovecharse de él. Sus dos com pa- 
neros, menos apasionados á la cien- 
cia y cuidándose por consecuencia 
muy poco de- herborizar bajo la nie- 
ve y el viento, marcharon á juntarse 
con lo» que habian quedado* atrás, 
señalando como pmito &e reunión 
jeneral una altura por la> cual se 
proponian pasar para volver al boflr 
que, atravesando el cenagal. Este 
nuevo itinerario lesparreda mas fá- 
cil. Todos se juntaron en efecttvmuy 
prcmto en ei sitio convenido con 
mas ánimo que antes. Er9 ya cerca 
del: anochecer cuando traptanÑ» de 
pasar el paraje pantanoso. Jí\ doctor 
Solander, que mas de una» veis habia 
atravesado las montseñas que sepa- 
ran la Suecia de la I^orueg», ssJ^ia 
que un sran frie^, particularmente 
cuando a* estorseagrega la fatiga y el 
cansancio*, prodnce' en los miem- 
bros un pasnw casi insuperable. 
Exhortó á sus compañeros k que no 
se detuviesen por masF trabajos que 
sufriesen : «cualquiera que se sSen*- 
te, les dijo, se dormirá, y el que se 
duerma ya ao> diispert»ré. >» Hecha 
esta advertencia, no» sm Iferror, 
echaron á asdarv pero» cuanto mas 
andaJnB<les pared» habefr cavama^ 
do^ Mienos. Aun» istí hal^ian lie-» 
gadot al^ cenagalv y ya* el itw era» txn 
penetraiiÉet|neempezai^a*á'prodtrcir 
la» eüMoB indicadas; EF doctor Sígk 
lander íxxé d primerer que cedió al 
siiefto^ del cxxm s» hablv esftrnraNf o en 
pnecaverá kis demás. Pfi ime^o» ni 
persuasiones^, nod^^ pudt^ impedir 
que se tendiese en \k i?fieve, y su 
amigD:tuvo que* usen* de ía vioW»nda 
para mantenerle .medio dispierlo» 



Richemond, uno de los negros de 
Mr. Banks, empezó también á que- 
darse aterido^ y su amo manifes- 
tantk^ admirable áerenidad y valor 
en aquella situación cfue amenazaba 
ser de instante en ifistante mas ter- 
rible, inmediatamente hizo que se 
adelantasen cinco personas, una cíe 
días Mr. Buchan, para que prepa- 
rasen fuego en d primer paraje coa- 
veniente ; y quedándose él con otros 
cuatro al lado de Richemond y dd 
doctor, les hizo marchar de grado é 
de fuerza. Tocaban ya los dos enfer- 
mos al término de su penosa mar* 
cha, cuando declararon espoota* 
neamenteque vtor jiodian pasar de 
allí. Todor cnanto* llrzo Mr. B^e^fué 
en vana, pues en vez de atemorizar 
á RichemMd , respondía este : «cNo 
deseo mas que detenerme un poca y 
morir.» Et doctor no renundaba 
tan formalmente á k vida, diciendo 
que consentía en andar, pero que a&- 
tes quería dormir un momento ; ni 
uno ni (rtro q[uerian dar un paso^ de 
manera <pe a pesar del alecto que 
Mr. BanLs tenia á Solaxtdier y lo 
apreciable aue le fuese fer conserra»- 
Clon de Ricnemond , conodé que el 
obstinarse mas era comprometer 
intítilmente la existencia dé los cuai- 
tro que quedaban: reunió á tod» 
priesa aljgima broza y les dejó ten- 
derse en ella y entregarse á na sue- 
ño que podia ser eterno. 

En el mismo instante algunos de 
los que habia mandado adelantarse 
llegaron cgh la buen» noticia de que 
esteba encendida» el fuego 4 un ciiar^ 
to de t^guna de allí^ Al noficiark) al 
doctor se aaimd y consintió en ha- 
cerse' Itevarccwno á rastra Mcialaí, 
Inmin-eque le enseñaban á lo lejos^; 
mas ew cuantotal pobre Richemond 
fueron' inütiles tddos los c^iEierzos, 
y Mr. Banks dbjó para que le cuidan 
sen á otn» negroyun» marinero que 
aun se mniftenian ñvmes, prome*- 
tiéncboles qne volverían^ díE>8 de su» 
compaáieros luego qtie se hubiesen 
calditado» y con su» ayud» llevarían 
alpc^re enfermo ú aun estaba vi- 
vo. Cumplió su palabra ; pero los 
dos eAviados^ esttaviéndíose ciertír- 
ment», volvieron* al cabo de dos ho- 
ras diciendo que no habian podido 



TIERRA DEL FUEGO « 
TERRE DU FEU . 




S4. 



í-<^^€-^ft^ . 



ÍSie^oB . 



■¿v^^^ \ 



T»5il^AG<>MÁ. 



47 



"«neontrar ni áRlcliemond ni á mi> 
guDO de los que habian cU^do* 

En medio de aquel conflicto , el 
naturalista^ sin dejar de lamentarse 
de la falta de ti^es hombres > busca- 
ba todavía con afán bajo la nieve al- 
guna planta ignorada. 

Acordáronse por último que ha- 
lóla qufdado en la mochilla de une 
de los ausentes una botella de rom, 
linica provisión de la compañía. 
Pensaron pues que el negro y el 
tyiarinero que se quedaron al ladode 
Bicbemond Y babriau echadlo mano 
áfil licor para estar despiertos , y 
que habiendo bebido de él los tres y 
^mbriagádose, se habriaiv apartado 
del sitio donde debian esperar los 
guias. Perdida ya toda espseranza de 
Bailarlos se oyeron á media noche 
gritos repetidlos. Banks acude cor- 
riendo hacia, donde le Uaman , y en- 
cuentra al marinera que apenas po- 
día tenerse en pié. Guiado por las 
noticias que este le da y seguido de 
cuatro mas, marcha ei» nusea de los 
otros, y el primero que descubre es 
Á Richemond , en pie , mas sin po- 
der andar , y á su eompaoero tendir 
4o , tan. insensible come un cadáver. 
?to fué posible sacarlos de aquel si- 
tio, ni encender fuep;o ea el para 
hacerles voVver ea a. Forzosa fué 
abandonar aquellos desgraciados á 
su suerte después de hacerles allí 
una cama de ramas de árboles y cu- 
brirles con ellas enteramente. El res- 
ta déla jeníe se encontraba en una 
aituaeion la mas- terriblew De doce 
hombres que habían partida por la 
m^ana llenes de vigor y salud, das 
eran tenidos por muertos, otro esta* 
ha tan malo que se dudaba pudiese 
vivir hasta el día siguiente > y otm,, 
Mr. Ruchan ,. se hallaba suaíienazado 
d« \mr nuevo ataque del resultas de 
cansaacia qjue- habia esperimeata- 
do durante aauella tremenda noche. 
Para colmo oe la desdieha, lejanos 
del navio una jornada , no tenían 
mas alimeoto^que vm> buitre que ha^ 
bian muiNita. la vMpena al empezar 
su espedician. Amanecía Gon< un 
tiempo horroroso, y todiss- estaban 
ateridos. Sin embargo , arcosa de las 
seis de la mañana- concibieneir luia 
luz de esperanza , distinguiendo la 



salida del sol entre nubes que em- 
pezaban á ser menos densas. Lo pri- 
mero quer hicieron fué ir á socorrer 
a los infelices que habían sepultado 
entre ramas, y los hallaron muer- 
tos. Eran las ocho cuando se levan- 
tó u« YÍeatecillo suave, que favore- 
cido por la acción del sol empezó el 
deshielo. Renació en el corazón de 
todos la alegría , y con ella el dolor 
de un sufrimiento que otros mu- 
chos habían hecho olvidar hasta en- 
tonces. El precioso buitre estaba in- 
tacto todavía : despedazado y re- 
partido entre los diez hombres que 
quedaban , y cuando cada uno hubo 
comido los dos bocados c|ue te toca- 
ron , se pusieron en camino. En fín , 
á las dos de la tarde desembocaron 
impensadamente en la ribera , pre- 
cisamente en frente del lugar donde 
estaba amarrada todavía la falúa 
que les había echado la víspera en 
aquella tierra fiínebre. 

Historia natural, ^Yn hemos vis» 
to á cuánta costa enriquecieron los' 
doctores Banks y Solanger la ciencia 
de algunas nuevas plantas. Obser- 
varon particularmente una especie 
de canela, llamada wintentaneaaro^ 
maiica. El winter , que es sa cor- 
teza , tiene la hoja ancha cama la 
del laurel: es verde, pálidapor aflo- 
ra y azulada por dentro. Encontra- 
ran también muchas plantas anti- 
escorbúticas , en cuyo número debe 
comprenderse una especie de berro 
llamado cardamius antiscorbutica^ 
el apio silvestre , apium antiscórhu" 
ticum , y una especie de cañaheja 
roja y blanca. El berro se cria en los 
sitios húmedos, y se émcuentra prin- 
cipalmente en la bahía del Btien Su- 
ceso. En particular cuando es tierno 
es mas saludable : se cria tendido, 
sus hojas son de un verde claro , pa- 
readas, y apuestas la una á la otra, 
con una sola á la estremidad ó re- 
mate, que comunmente es la quinta 
encada tallo. Saliendo la planta de 
tal estado, echa unos vásta^, quB 
tienen á veces dos pies de «to, y en 
las puntas unas fioreeitas blancas, 
seguidas de largas vainas ó silicuas. 
Los árboles parecen pertenecer to» 
dos á la femilía del abedul , llaniada 
hetula antárctica, vSu tronco tiene 



48 



HISTORIA DE La 



<le treinta á cuarenta pies de largo, 
y dos ó tres de diámetro en su base : 
la hoja es pequeña , la madera blan- 
ca , y se hiende ó parece muy recta 
al hilo. Las rocas aue forman el 
fondo de la bahía de 2$an Vicente es- 
tán cubiertas de ovas entre las cua- 
les merece una descripción circuns- 
tanciada el lelp , ó Jucus giganteas 
de Solánder. 

Esta planta marítima se cria en 
las rocas de las aguas mas profun- 
das, en los canalizos ó canales. Mr. 
Darwin dice que en todo el viaje del 
Beagle y el Aventura , no ha visto 
una roca siquiera que no estuviese 
cubierta de esta yerba flotante. El 
fucus giganteas se ha nombrado así, 
á causa de la lonjitud de su tallo que 
llega á tener, según el capitán Cook, 
hasta trescientos sesenta pies. Es re- 
dondo , viscoso , lustroso , muy fuer- 
te , y poco mas grueso que el pulgar. 
Concíbese de cuánta utilidad es esta 
planta singular para los buques que 
navegan en aquellos canales estre- 
chos, incesantemente ajilados por 
las tempestades ^ con decir que en 
caso necesario puede servir de cables, 
y que á esto ha debido mas de una 
nave su salvación. Como se aplana á 
cierta altura , y forma un ángulo con 
su base estendiéndose por la super- 
ñcie de las aguas, sucede muchas 
veces que detiene la sonda de los 
marinos. Se encuentra- desde las is- 
las mas meridionales, cerca del cabo 
de Hornos, hasta los 46 ^prados de la- 
titud hacia el norte: al oeste es tam- 
bién muy abundante; se cria en el 
espacio de quince grados de latjtud] 
y como el capitán Cook la encontró 
en la tierra áe Kerguelen , de aquí 
se deduce que ocupa en lonjitud 
ciento cuarenta grados. 

El núihero de vivientes de toda es- 
pecie , cuya existencia depende esen- 
cialmente del kelp^ es verdadera- 
mente prodijioso. Se pudiera escri- 
bir un abultado tomo de descripcio- 
nes relativas á los habitantes de uno 
de aquellos lechos de yerba marina. 
Las hojas tienen cuatro pies de lar- 
go, y cada una de ellas, esceptuando 
fas que flotan en la superficie del mar, 
está de tal manera incrustada de co- 
rales blancos que blanquea entera- 



ramente. Algunas dan asilo á los 
simples pólipos; otras alimentan 
animales mejor organizados y ma- 
sas de bellas ascidias. Innumerables 
mariscos y algunos bivalvos se agar- 
ran allí también. Millares de crustá- 
ceos acuden además á todas las par- 
tes de la planta. Mr. Darwin refiere, 
que removiendo un montón de aque- 
llos inmensos tallos, cae de ellos 
una porción de pececillos, maris- 
cos, jibias , langostas ó cangrejos de 
todas especies, herizos de mar, es- 
trellas, holoturias ó gusanos mari- 
nos , y nereidas de muchas formas. 
«Tantas cuantas veces examiné un 
fragmento del facas giganteas ^ aña- 
de dicho naturalista, descubrí en él 
animales de forma nueva y curiosa. 
Numerosas especies de peséados vi- 
ven en medio d# las hojas, encon- 
trando en ellas abundante alimento. 
Aquellas inmensas capas vejetales , 
cargadas de animales tan diversos , 
tienen también un recurso precioso 
para los cuervos marinos y otras 
aves marítimas; para las nutrias, 
las focas y las marsoplas. En fín ,/ á 
no ser por ellas, el salvaje de la Tier- 
ra del Fuego , privado de algunos 
de sus alimentos predilectos , se en- 
tregaría con mas ferocidad y gloto- 
nería á sus gustos de caníbal; su nú- 
mero dismmuiria infaliblemente , 
y quizás hasta su raza acabaría por 
estinguirse. » 

La zoolojia de la Tierra del Fuego 
es muy pobre , como es de presumir. 
Entre los mamíferos , además de los 
cetáceos y las focas , se encuentra 
una especie de murciélagos, un nue- 
vo ratón , y otras dos especies ; el 
tvcutuco , animal roedor , que en 
cuadrillas numerosas habita en la 
parte oriental ; una especie de zor- 
ra, la nutria marítima , el guarapo , 
yun venadodel cual se ven muy po- 
cos ^1 sur del estrecho de Magalla- 
nes. En los bosques se encuentran 
pocas aves. Algunas veces el acento 
del papamoscas ó cataraña de cresta 
blanca , encaramado en la copa de 
los árboles mas altos , se oye repetir 
por los ecos de aquellos tristes va- 
lles : y frecuen temen le se hace oir en 
los bosques el grito singular del pi- 
co negro , cuya cabera está adorna- 




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PATAGOMA. 



49 



da de una hermosa cresta roja. El 
scyta lopus fuscas , ó reyezuelo , 
brinca sin cesar ocultándose en 
los matorrales y troncos caídos en 
fuerza de su vejez. El trepador (»/- 
naUcueit tupinieri^ es el ave mas co- 
mún. Se le encuentra en los bos- 
ques de hayas, en los barrancos mas 
hondos. Este pajarito parece miüti- 
pilcarse, digámoslo así, con la vista 
del hombre, á causa del hábito que 
tiene de seguir curiosamente los visi- 
tadores que penetran en aquellos ló- 
bregos retiros. Voltea de árbol en ár- 
bol a muy corta distancia del viajero, 
haciendo oir una especie de mofasin- 

fulan No tiene las costumbres tímí- 
as del verdadero trepador {certhía 
JamiHarls\ ni sube como este á lo 
largo délos troncos de los árboles; 
salta con destreza y va buscando in- 
sectos de rama en rama. En las par- 
tes mas escuetas del terreno existen 
tres ó cuatro especies de pinzones , 
ua zorzal, un estornino o icterus^ 
dos y en fin algunas aves de rapiña 
y nocturnas. 

Los insectos son en muy corto xvia- 
mero; /urnarii^ en cuanto á los rep- 
tiles , niuno siquiera existe en toda 
la estension de la Tierra del Fuego. 

Habitantes, -^Toáos los viajeros 
están acordes en representar á los 
Fueguenses, ó habitantes de la Tier- 
ra del Fuego , como los individuos 
mas miserables de la especie huma- 
na. Tienen la cabeza gorda, como 
los Patacones, los pómulos salientes 
y la nariz aplastada , pero la fisono- 
mía mas afaole. Son mas bajos, peor 
forma dos, y mas sucios todavía. Em- 
badurnan algunas veces su cuerpo 
con una mezcla de carbón , almagra 
y aceite de foca, lo que les hace no 
solamente feos, sino de un olor tan 
pestífero, que no puede uno acer- 
carse á ellos. Algunos se pintan cier- 
tas partes con una tierra arcillosa 
blanca. Otros prefieren el color ne- 
gro. El capitán King ha visto uno de 
ellos pintado de blanco. 

Su vestido se reduce á unos man- 
tos de pieles de guanacos ó de focas, 
no tan bien hechos como los que 
llevan los indíjenas de la Patagonia. 
Es verdaderamente estraño que un 
pueblo sujeto á los rigores de un 

PATAGONIA. {Cuaderno 4,\ 



clima tan crudo, no hayan pensado 
todavía en vestidos de mas abrigo. 

Sus cabanas ó ^igwams tienen la 
forma de un pan de azúcar. Están 
hechas de largas ramas fijada circu- 
larmente en el suelo, reunidas y 
atadas en la parte superior con jun- 
cos, y cubiertas de broza; tienen 
dos entradas ó aberturas, la una á 
la parte del mar y la otra mirando a 
los bosques. El hogar ocupa el cen- 
tro de la guarida, y así lleno cons- 
tantemente de una espesa humarr- 
da que, confundida con las exhala- 
ciones fétidas producidas por las 
carnes echadas á perder , de que se 
compone la provisión de invierno de 
cada familia, hace aquellas asquero- 
sas moradas casi incomunicables 
con los estranjeros. 

Un arco , unas flechas con un pe- 
dernal aguzado y cortante , y una 
honda , son sus armas predilectas. 
Disparan el arco con una destreza 
maravillosa ; pero el uso que hacen 
de la honda es verdaderamente es- 
traordinario , pues dan con la pie-, 
dra en un blanco colocado á una 
larga distancia en una rama de ár- 
bol. Refiere King que habiendo pe- 
dido á un Fueguense que le ensena- 
se el niodo de que usaba de la hon- 
da, cojió el Indio una piedra del ta- 
maño de un huevo, y habiendo indi- 
cado como blanco una canoa, se vol- 
vió y tiró Ja piedra en dirección 
opuesta al tronco de un árbol ; re- 
chazó, pasó por encima de su cabe- 
za y fué á caer en la canoa. Mas pare- 
ce que ño empleaban sus armas sino 
en la caza, pues no observaba que se 
entregasen á las guerras de tribu á 
tribu , que están como destinadas á 
desterrar la ociosidad de las pobla- 
ciones del continente y de las gran-- 
des islas vecinas. 

Cuando quieren encender lumbre 
golpean con un pedazo demondie , 
teniendo por debajo, para que pren- 
dan las chispas, un poco de musgo ó 
Eelusa, mezclada con un polvo, 
lanquizco hecho de hojas vejeta les 
enteramente secas y que prende co- 
mo yesca. El mondie de que usan 
indica haber en las montañas donde 
lo cojen y que están principalmente 
situadas al nortcí , la existencia de 



50 



HISTORIA DE LA 



mkias de estaño j quizás de metales 
tnas preciosos. 

Navegáq en canoas de unos quin- 
ce pies de largo , tres de ancho y 
otros tantos de profundidad. Estas 
embarcaciones, mas vastas, pero me- 
nos artísticamente hechas que la de 
los Samoyedos^, son de ramillas en- 
corvadas y enlazadas con tendones 
de animales y listones de cuero. 

Las mujeres tienen el penoso cui- 
dado de remar en el mar, y los hom- 
bres no las reemplazan sino cuando 
están rendidas de cansancio. A ellas 
están también confiadas las ocupa- 
ciones domésticas, tanto que con un 
cesto, un palo puntiagudo, y un 
morral de piel d,e guanaco á la es- 
palda, van a desprender de las rocas 
y de los escollos descubiertos por la 
baja marea , los mariscos de que se 
compon^ el principal alimento de 
aquel pueblo. Los Fueguenses, cuyo 
apetito no se sacia fácilmente , co- 
men también carne de foca y de ce- 
táceo , l^ cual se halla atestiguado 
por la existencia de muchas osamen- 
tas de aquellos animales en sus ca- 
banas. El pescado crudo es también 
para ellos uri gran regalo. En cuan- 
to á vejetales , tan solo comen bayas 
de un despreciable arbusto , y un 
hongo de color amarillo, gordo co- 
mo una manzauita, y que se cria en 
gran cantidad en la corteza de las 
hayas. Lo esterior de esta seta, 
de una especie particular , presenta 
una multitud de celdillas profundas, 
asemejándose en esto á un panal ir- 
i'egular. Los indíjenas le comen cru- 
do , cuando por su madurez tiene un 
sabor algo azucarado, y un olor 
análogo al moserñon de Jénova. Los 
oficiales del Beagie tenían razón en 
parte al acusar á los Fueguenses de 
canibalismo. Esto se vio confírmado 
por las declaraciones de algunos de 
los indíjenas que habían sido con- 
ducidos á Londres , y que habien- 
do aprendido la lengua inglesa , die- 
ron al comandante Fítz-Roy esplica- 
ciones positivas y circunstanciadas 
.sobre aquella horrible costumbre : 
d« aquí es que el mismo Fitz-Roy no 
titubea en afirmar que los Fueguen- 
ses son caníbales, y que tii^nen par- 
ticularmente la costumbre de matar 



á sus mas viejas mujeres para devo- 
rarlas cuando temen que les falten 
víveres. Este rasgo daña á la fisono- 
mía de aquel pueblo un carácter el 
mas particular y le distinguirta 
esenciabnente de las otras naciones 
de la estremidad meridional de la 
América. 

A pesar de este uso, que contrasta 
con el amor á la familia , sentimien- 
to muy particular en los Fueguenses, 
son de jenio muy apacible; y después 
del primer movimiento de sorpresa, 
causada por la vista de un estratije- 
ro , le acpjen bien. Su intelijencia 
parece muy ilimitada: sin embargo, 
mas de una observación y partici)- 
larmente el examen frenolojieo he- 
cho por un oñcial inglés en muchas 
de ellas, prueba que son suceptibles 
de mucha educación. 

Se sabe muy poco acerca de su reli- 
jion, suponiendo que tienen una. Es 
probable quesus creencias se limiten 
como entre los Patagones á supersti- 
ciones mas ó menos estra vagantes. 
Sea lo que se quiera, ningún culto 
esterior se ha observado en ellos. 

Tales son los rasgos y los caracte- 
res distintivos de los Fueguenses en 
jeneral. La obra de Ring , Fitz-Roy 
y Darwin , nos dan algunos porme- 
nores especíales á cada tribu en par- 
ticular. He aquí cómo divide el pri- 
mero de estos sabios á los indíjenas 
de la Tierra del Fuego: 

La tribu del Yacana-Kunny ha- 
bita la parte nordeste de aquel vasto 
grupo de islas; es poco conocida , j 
se compone, según se cree, de qui- 
nientos ó seiscientos individuos sin 
contar los niños. 

Al otro lado de una alta cadena de 
montañas, al sudeste de los Yacanas, 
habita la tribu de los Tekinicas, lla- 
mada en otro tiempo Kyuhué, In- 
dios los mas pobres de la Tierra del 
Fuego. \ iven en las orillas y cerca- 
nías del canal del Beagle , y el 
número de los. jóvenes en esta tribu 
ascenderá á quinientos. ALoeste, en- 
tre la rejion occidental del canal de! 
Beagle y el estrecho de Magallanes , 
hay una tribu llamada Alijkhoulip , 
(jue cuenta cerca de cuatrocientos 
individuos. Las partes centrales del 
estrecho están nabítadas por 'una 



i ' ■ 

' - í — - ' , 



PATAGOJÍIA. 



51 



horda de doscientos Fuesucnses, á 
quienes BoQganville, y después de 
este otros navegantes , han dado «1 
nombre de Pecherais^ por anakijfa 
con una esclamacion familiar entre 
estofrsalví^. 

Los Tacana-Kunny se asemejan á 
los Patagonas por la estatura , el co- 
lor del cutis y el traje. Parecen estar 
hoy día en 1^ situación en que se ha- 
llaban le»Patd|^oftes antes de tener 
caballos. Coa au^^ perros, sus arcos y 
flechas^ si|s>oto,; hondas , lanzas y 
ma¿as , maUcí guanacos , focas , 
avestruces y otcaA aves. En cuanto 
á lo demás, los iadíjenas de esta re- 
jion son, niais dichosos, bajó cierto 
aspecto; que sus vecinos del conti- 
nente; porque la porción nordeste 
de la Tierra del Fuego está situada 
físicamente nic^^ que la Patagonia. 
A^uí ya no se encuentran las mon- 
tanas llena» de bosques de las islas oc- 
cidentales, sino terraplenes poco ele- 
vados y poblados de árboles en par- 
te solamente; al norte de estos ter- 
raplenes se ven vastos espacios casi 
descubiertos y que ofrecen precio- 
sos pastos. Añadamos que el clima 
tiene lo mejor entre los estremos de 
humedad y sequía de que adolecen 
algunos píiises limitrofes. Es de pre- 
sumir pues qu^ sialgundia se for- 
mase una cernía en el pais de los 
Yacanas, llamado particularmente 
por Narborough tierra merídíotHU 
del rey Carlos^ tendrá probabilida- 
des de buen éxito. 

Los Tekinicasflon pequeños y mal 
formados; el color de su cutis es el de 
la caoba muy usada , ó mas bien en- 
tre cobre y bronee. Las piernas son 
delgadas y desproporcionadas con el 
busto ; ^m cabellos negros , sucios y 
rústicos ocultan una parte de su 
rostro y hacen todavía mas horrible 
el carácter de su fisonomía. El humo 
en ^ue viven constantemente envuel- 
tos, el uso d^ aceite con que se un- 
tan el cuerpo, las sustancias con que 
se embadurnan , los alimentos insa- 
lubres y aveces podridos que aglome- 
ran en su voraz estómago ,' todo esto 
produce en su persona efectos fáciles 
de conocer. 

Puede comprenderse hasta cierto 
punto el estüdo df escualidez física 



de esta tribu , por el clima á cuya 
influencia está sujeto. £1 pais «^te 
b*bita está cortado tm todas diK«0^ 
ciones por mi» infinidad de kiWi^d» 
de mar , y presenta altas montañas 
cuya cumbre se halla eai^;adft de 
eternas nieves , mientras que su ba- 
se ó pié se ve cubierto át espesos y 
húmedos bosques. Son raros los dias 
hermosos en aquella rejion , ei| la 
cual caen como por predileccioúr fa» 
nubes , las nieblas y las tempestado» 
formadas á la estremidad de la lieiv 
ra del Fiiego, 

Los Aliknoulipsson los mas §nm*' 
des y mejor hechos de loa Filtgnen^ 
ses ; sus mujeres tienen la fisonorisia: 
muého menos horrible que 1» 4m 
otra» tribus. Sin ^ínbargo , esto» t»* 
díjentasson inferiores á los Yüwati 
y nnicho mas aun á los Patagosesu 
El paÍ8< en que residen tiene muehar 
ansuojía con el de los Tekinicas, biim 
que en él reinan los vientos masfiré^ 
cuentemente y con mas fuerza** 

Loa Pecherais son pobres y nmie» 
Indios de un aspecto repuenanto^' 
Como ocupan la parte central dele», 
ti*echo de Magallanes, les visitasr 
marijrios que navegan en aquel paacr 
y en jeneral los Europeos jamás^bav 
tenido que quejarse de su caráeter» 

Loa Fueguenses de la ensenada éa 
Merci tienen el cuerpo ruin,, loa- 
miembix)s disformes y poco miiscm' 
losos; el cabello negro , tieso y aitoo' 
so ; la barba , los vigotes y las of|Hl« 
sumamente cortos y arrancados cni^ 
dadosamente ; la frente estreohar, fieh 
nariz mny preeminente , los narii»^' 
le» anclas, los ojos son pardos.]» de- 
tamaño re^ar, la boca grandl^vo^ 
labio inflerior estrecho ; los dientes 
pequeños regulares , pero de oaiñr 
terroso. Su fisonomía es sin es|lm¿* 
sicm. Nos queda un punto important- 
te que tratar indicar á lo menos ;(tál) 
es la lengua de los Fueguensea^ W^ 
vocti^nlario que damos aquí es nat* 
documento casi orijinal bajo el can* 
eepto de que no existe todaW»aMU9 
en la relación de Mr. Roy. 

Publicando en compendioaKiXMK 
dro de dos lenguas hasta aquí entcvan 
mente desconocidas , debemat* aA«i 
vertir al lector que la letra A im^tnri 
una aspiración gutural muy fuartei! 



52 



HISTORU DE LA 



Loa sonidos entúrales son mucho 
mas percqptioles en los idiomas 
foeguenses que en la lengua patago- 
na. Aun se pueden comparar ciertas 



entonaciones de los primeros á los 
esfuerzos que unoliace cuando tiene 
en la garganta un cuerpo estraño 
que quiere arrojar. 



ESPAÑOL. 


AT^IKHOULIP. 


TEKINICA. 


abeja 


kikiooul 


yumerteté 


abuelo 


caouicH ó coouich 


eprílourran 
cfaamea 


i^a 


tchauach 


árbol 


kiareucka ó kafcha 


lyusoureuch 


arco 


kereccana 


whaianna 


arena 




puntel 
beghe 


aye ó pájaro 


taouqua 


barba 


eufca 


wonné 


barco 


athlé 


watch . 


beber 


afkhella 


nltaóallé 


blanco 


akifca 




boca 


euffearé 


yiack 


bueno 


layip 




brazo 


toquimbé 
ofchocka 


carminé 


cabeza 


lukabé 


cabeUo 


alu 


ochta 


caUente 


ketkhik 


nckhoula 


caer 


ahlach 


leuppae 


casa 


heut 


oukhal 


ceja 


tethlui 


utkhella 


cesta 


kaekhu ó khai'o 


kaekhensókeuch 


cinco 




cupaspa 


comer 


luffich 


attema óettuma 


cmtar 


cuppa 
inaaaba 


atkhekum 


cuatro 


carga 


cuello 


chahlikha 


yarek 


cuchillo 


aftare ó aftaila 


tetlowalóteclerel 


dedo 


skeuUa 




dia 


enoqual 




dientes 


cauouachó^arlioh 


tououm 


dos 


telkiou 


cómbele 


esposa 


achwalluk . 


tooucou 


estrella 


quoounach 


appernich ou ap- 
(pouna 


enfermedad 


yauhal 


orna ü omey 


flecha 


annagua 


tíacou 


flor 


viksta 
kichach 


aneaca 


ftío 


euccoou 


fk^nte 


telché 


ochcarché 


fuego 


tettal 


pnchahké 


grito 


yelkesta 
narmaenr 


eurra 


ffuanaco 
hermana 


armaoua 


cholicl 


waykippa 


hermano 


arre 


marcos 


í4Ío • 


paral 


marríou 


hombro 


choiks 


ahkeka 


huevo 


lithlé 


herch 


hueso 


ochkia 


ahtuch 



PÁTAGOMA. 



S3 



ESPAÑOL. 


ALIKHOULIP. 


TERÍkíGA 


humo 


tellicksótelkhach 


uckco ú ochat 


, oven (una) 
engua 


anua 


varumatea 
leun 


leukin 


luna 


conakho 


anoco 


luna nuera 


yecoat 


touquillé 
houlouch 


luna llena 


oquel 


nuyia 
madre 


cappocahcli 
chanp 


rubbacha ó vrert 
dahbé 


madera y bosque 


ucha 


ahchifúospatadi 


mano 


yuccaba 


marpo 


mañana 


euchqual 


maoula 


mar 


chahbeucl 


hayeca 


marido 


arrik 


dougou 


muchacha 


yarreukepa 




muerto (participio} 


willacarwona 




muerto (sustantiro) 




apaina 


mijger. 


atlarahich, ó ac&hanach 


kepa ó chepuch 


mosca 


tomattola 




muslo 


cuüaba 


lukha 


naris 


nohl 


cucheuk 


navio 


aoun 


alia 


negro 


fcal. 




nieve 


acho 


oppunáca 


no 


quiftteuk 


barbé 


norte 


yaou 


uffahou 


nube 


teullou 




nueve 




yurtoba 


occidente 


eutqualdal 


uppaheück 


oir 


tellich 


murpa 


ojo 


telkh 


della 


oriente 


yulaba 


yahcuf 


oreja 
padre 


teldil 


eufkhea 


cheeul 


ajumo 


pequeño 


choks 




perro 


chiloké 


eachenlla 


pié 


keutlículcul 


cola 


pedernal 


cathaou 




piedra 


kehtlas ó cathow 


oouei 


pierna 


keut 


híeta 


piel 


euccoloaik 


appuUa 
oftoukou 


pluma 


ayich 


pescada 


appeubin ó apeuffín 
tethi 


appeurms 


puerco 




reir 


fiaíl 


teuchka 


sangre 


cheubba 


cheubba 


seis 




coumoua 


si 


oo 


das 


siete 


4 


kooucasta» 


sol 


leum 


leum 


suela 


tchampth 


oché 


sur 


éuccoai 


ahné 



u 



HISTORIA DE LA 



s:íipa*ol. 


ALIKHOULIP. 


TEmiíICA. 


ijerra 


barlié 


tann 


tres 


keupeb 


meutta 


trueno 


cayrou 


kekika 


uno 


toouquídooú 


ocaalé 


venid aqaí 


vamacheumA 
neurreuquach 




viento 


weureup 


rifiaim 


kuppude 




viejo 


kerowich 


keuttoas 


ld¿ 


atkhurska 


yiatia. 



Al leer este estrado de vocabulario 
t{uedará qualauiera sorprendido de 
la admirable diferencia que hay en- 
tre los idiomas de dos tribus tan in- 
mediatas la una á la otra. Verdad 
es que hay en América lenguas ma- 
dres diferentes por sus raices, y que 
se semejan por el mecanismo y el 
carácter, y por consecuencia es me- 
nester atenerse poco á las palabras , 
y mucho por oira parte a las cons- 
trucciones y al jenio de las lenguas 
americanas. Toda la desemejanza 
casi completa entre las palabras y las 
raices, es un hecho grave y signifi- 
cativo cuando se trata de dos len- 
guas hablada^ por pueblos á quienes 
separa un espacio sumlamente estre- 
cho , y á los cuales el hábito de la 
navegación piermite conservar rela- 
ciones casi continuad. 

Este hecho característico nos im- 
pide adoptar , bastar tener prueba 
mas convincente , la opinión de Or- 
bygny, que hace de los Fueguenses 
lina rama de la raza araucana. No 
solamente no se halla la eufonía que 
distingue la lengua de los Aucas , 
bajo ningún concepto, en. los idio- 
mas fueguenses , c[ue son bárbara- 
mente suturales, sino que hay tam- 
bién diferencia esencial en estos úl- 
timos entre sí. Las consideraciones 
fisoliójicas militan también contra la 
aserción del sabio naturalista. Si los 
Tekinicas son pequeños como los 
Araucanos^ por otra parte tienen el 
ctis de color de caoba, aunque ha- 
bitan en un pais sumamente fragoso 
y húmedo, circunstancia que, según 
el propio sistema de Orbigny, debie- 



ra aclarar aquel color. Ahí tenemos 
segundamente los Yacana-Kvnys , 
que, se^m afirma el capitán King y 
sus oficiales, se parecen á los Pataj- 
úes en la estatura , la tez , el :traje , 
las armas y los usos. Motivo hay pues 
para creer que si el viajero ilustrado, 
que nos ha sido tan útil en nuestra 
empresa, hubiese llegado hasta ob- 
servar á la población fueguense en 
su totalidad y en sus ind i vid uo^^ hu- 
biera adoptado conclusiones dife- 
rentes. Por desgracia declara que no 
ha visto sino un Fueguense adoles- 
cente en el norte de la Patagonia. 
Añádase que cuand o deOrbigny escri- 
. bió su Hombre americano , la obra 
tan esphcitade Kin^no se habia pu- 
blicado todavía , y de consiguiente , 
no ha podido aprovecharse jde los 
preciosos documentos que los sabios 
de la espedicion inglesa han recoji- 
do sobre esta nación tan poqo cono- 
cida hasta entonces. 

Dirémos,como de Orbigny, que Mr. 
Bory de Saint-Vincent ha incurrido 
en error supon iend oque los Fueguen- 
ses descienden de la raza negra ; es 
decir , de la que cubre una parte de 
la tierra de Diemen. Con respec- 
to al color nada hay mas exacto; pero 
por otra parte , preciso es convenir 
en que la lonjitud y delgadez de ios 
miembros délos Fueguenses, su mo^ 
do de andar vacilante, y su estraña 
fisonomía, cuyo tipo se ve represen- 
tado en una de nuestras láminas , 
les hace semejarse de una manera 
sorprendente a las poblaciones del 
gran océano. 

A pesar de los pocos datos que el 



PATAGONIÁ. 



5$ 



autor del viaje á la América meri- 
cTional puede darnos acerea de los 
piieblos auc no ha visitado de la 
Tierra del Fuego, no deja de ser 
muy sensrbte , por la concerniente á 
íosFueguenses,que no se hayan pu- 
blitíJatio todavía sus observaciones 
circunstanciadas sobre las lenguas 
de las naciones australes. Este pre- 
cioso trabajo nos hubiese permitido 
examinar la conexión exacta d^ los 
idiomas fueguenses , de aue King 
nos ha dado una idea , eon la lengua 
de los Patagones , y de justificar en- 
tre otras cuestiones, si la emigración 
asiática , probada por Malte-Brun y 
c>th)s jeógrafos, lle^jó á estenderse 
hasta la otra parte del Chile ; es de- 
cir, hasta el archipiélago de la Tier- 
ra del Fuego. 

No dudamos que el nuevo voca- 
bulario, de cuyo es tracto acabamos 
^e dar una idea, llamará seriamen- 
te la atención de las |jersonas inteli- 
jentes , porque las lenguas fueguen- 
ses ofrecen un elemento de compara* 
clon de que hasta este momento se 
carecía. 

DESCRIPCIÓN JENERAL.— Las islaS 

Malvinas, llamadas, de FalfiUind 
por los Ingleses , se componen de 
dos islas principales ; la Soledad al 
esté* y la de Falkland al oeste , ro- 
deadas de una multitud de islotes, 
Cüyó número , según algunos auto- 
res, asciende á ciento y setenta. Están 
situadas casi á la altura y á ochenta 
leguas del estrecho de Magallanes. 
Ocupan un espacio de setenta leguas 
del este al oeste , y de cuarenta le- 
guas de nortea sur, espacio com- 
prendido entre los 51^5' y 52^46' de 
latitud austral, 60° y 63°30' de lonji- 
tud oeste. 

La fisionomía jeneral de las Mal- 
vinas es singularmente triste. Mon- 
tañas escarpadas y á veces corta- 
das á pico ; acantilados de rocas 
parduscas , quyo pié está incesante- 
mente combatido por las olas de 
un mar turbulento ; playas de are- 
na, donde no se oye masque el sil vi- 
do de vientos desencadenados y los 
•oncos y penetrantes graznidos de 



las aves y anfibios ; numerosos 
apeones separados unos deotrps por 
puntas peñascosas, y cuyas orillas 
solo ofrecen una veietacion enfermi- 
za; cerca de aqueÜas enseñadas có? 
modas y espaciosas , sombríos isloi 
tes ó escollos que sirven de asilo á 
los leones marinos; en ló interior 
llanuras inmensas , semejantes por 
su uniformidad á los pampas de la. 
América meridional, y por las cua-, 
les se estienden en redes monótonas 
los largos tallos de matas rastreras ; 
por acá y acullá arroyos y riachüe- 
fos adonde van á beber los anima- 
les salvajes; barrancos en que el ba- 
salto eleva su columna regular ; mo- 
les sólidas , reunidas en un desor- 
den espantoso ; tales son los objetos 
en que fíjala vista el viajero en aquel 
inmenso archipiélago. No es decir 

f)or esto , que en sugunas de aque- 
las islas tan numerosas , no encuen- 
tre la vista en que detenerse en 
aquellos paisajes menos melancóli- 
cos. Los manojos de yerbas y la 
abundancia de las aguas corrientes 
dan á ciertas localidades un aspecto 
mas alegre ; millares de pájaros de 
diferentes especies animan aquel 
cuadro con sus vuelos y helguetas. 
A veces también un navio fondead o 
ó un campamento de pescadores,, 
establecido en la playa, acreditan al 
observador que aquel rincoil del 
mundo no está olvidado de los hom- 
bres. 

La configuración del terreno de 
aquellas islas, la naturaleza de aque- 
llasmontañas que varian su superfi- 
cie; la existencia de una especie de 
lobozorra, que á pesar de los caraclé- , 
tes, en aparencia diferentes, es de la 
misma raza que habita en la Pata- 
gonia y la Tierra del Fuego; los nu- 
merosos vestijios de volcanes estin- 
guidos , y otros hechos que no que- 
remos enumerar en una relación 
tan corta , parecen indicar que las 
Malvinas han sido separadas de los 
países magallánicos por alguna re- 
volución súbita y terrible. Tal es en 
efecto la opinión de algunos nave- 
gantes que han esplorado el grupo 
de Falkland. Otros piensan que es- 
tas islas han sido abortadas del seno 
del abismo, á consecuencia de la ba- 



^Q 



UISTORIA DE LA 



Jada de las aguas, y quieren probar- 
lo por las osamentas jigantescas en- 
contradas en lo interior de las tier- 
ras, á una gran distancia de la orí*- 
lia; osamentas que han sido de ba- 
llenas y que ciertamente no han po- 
dido ser llevadas á aquellos sitios 
lejanos por las aguas del mar , aun 
durante las tempestades mas viólen- 
las. No declararemos cosa alguna en- 
tibe estas dos opiniones, délas cua- 
les cada una tiene en pro y en contra 
hechos igualmente significativos. 

La temperatura en este archipié- 
lago es mas benigna de lo que diera 
motivo á creer la latitud en que se 
halla situada. EL termómetro ape- 
nas pasa de doce de Reaumury ra- 
ra vez baja mas del grado de coníe- 
lacion. Sin embargo , el viento del 
í>ur es muy frió y acarrea las tem- 
pestades que arrasan aquellas tier- 
ras. Los vientos dominantes son en- 
tre el sudoeste y el nordoeste, y 
como soplan de las costas de la Pa- 
tagón ia, son templados y nada no- 
civos. La humedad producida por 
el gran numero de corrientes de 
agua es allí el azote mas temible y 
del que siempre se han quejado los 
colonos. 

Según las relaciones de los capita- 
nes balleneros que arriban á las Mal- 
vinas , parece que el clima de estas 
es hoy díamenos frió de lo que era 
en la época de las primeras colonias. 
El capitán Weddel , que en el curso 
de sus tres viajes á las islas austra- 
les ha pasado dos inviernos en Falk- 
land , dice ser justa la observación, 
y atribuye tal mudanza á la disposi- 
(^ícm de los inmensos campos de hie- 
lo que se encontraban en otro tiem- 
po por la latitud de 50*. Estas moles 
flotantes pasaban al norte entre las 
Malvinas y la Georgia, y refresca»- 
ban singularmente la temperatura. 
Un hecho semejante indicará tam- 
bién modificaciones importantes en 
el e&tado de los hielos ael polo aus- 
tral. 

PRODUCCIONES. — Fejetales, La flo- 
ra de las Malvinas es poco rica ; sin 
embargo , el botánico puede hacer 
en ellas una colección muy intere- 
sante. Los llanos y las alturas están 
cubiertos de una especie de heno que 



se eleva hasta pié y medio , y es un 
escelente pasto para los ganados. Eif 
sus costas, cuyo suelo mas variado 
íes conviene mas , se encuentran has- 
ta ciento y veinte especies del jénero 
de los fanerógamas. En lo interior 
se han encontrado los sagamas, en 
número de noventa y siete especies; 
y en fin, los liqúenes , las epaticas y 
los musgos componen allí un con- 
junto de cuarenta y ocho especies. 
Encuén transe en Europa y en el Ca- 
nadá una multitud de estas plan- 
tas. El apio rojo y blanco, de un sa- 
bor dulce y grato , se cria allí sin 
cultivo, así como otras plantas anti- 
escorbúticas , que son como la pro- 
videncia de las tripulaciones. Pemet- 
ti habla de una planta que denomi- 
na i'infigteía. Echa diez y ocho ó 
veinte hojas de un verde claro juntas 
en redondo al cabo de una cola de 
color de cereza , gruesa como el ca- 
non de una pluma de cuervo , altia 
de siete á ocno pulgadas. Pío tiene 
mas que un tallo, que dá una sola 
flor blanca , compuesta de un cálij^ 
de cinco hojas, de la forma de un 
tulipán, que se abi*e del mismo mo- 
do, y espide un olor de abnendra 
muy suave. Las hojas de esta planta 
tienen la figura de un corazón pro- 
longado, y están pegadas al tallo 
f)or la punta , casi siempre abarqui-' 
ladas en forma de canal. Kl mismo 
viajero describe muy estensamente 
otra planta que tiene hasta die£ á do- 
ce raices como las de la escorzonera, 
muy lareas. Estas raices están cu- 
biertas ae un pellejo muy delgada 
bajo el cual se encuentra una sus- 
tancia pegajosa , acuosa y de un 
gusto dulzacho, y luego un sabor 
ambarino y semejante á la orina de 
gato. Las Malvinas solo tienen débi- 
les arbustos en corto número, y de 
la especie de los brezos. La planta 
que suple allí mejor la falta y que de 
lejos baria creer que las islas son 
muy fragosas , es una especie de es- 
padilla o junco aplastado y estrecho » 
que se eleva tres pies lo menos y cu- 
yas hojas en mazorca alargándose 
por el coffollo llegan hasta la altura 
de seis a siete pies. Estas plantas 
destilan una goma resinosa , blanca 
al principio cuando esta blanda, y 



PAT AGONÍA. 



57 



de color de ámbar cuando seca. Tie- 
ne un olor tan aromático y fuerte 
como el del incienso. Arde como la 
mejor resina, exhalando un olor 
muy suave , y deja por residuo un 
aceite ne^izco, incombustible, y 
que enfriándose se convierte en un 
cuerpo duro que puede servir para 
encolar. Esta goma tiene mucha 
analojía con la goma amoníaca : el 
mismo sabor y olor, y el mismo re- 
siduo después de la combustión. 

Las aguas que cercan las islas 
Malvinas son casi tan ricas como 
ellas en vejetafes , y por tanto solo 
hay lugar para citar la planta llama- 
da vulgarmente baudrcux, «Eleva sus 
tallos o palos, dice Pernetty, hasta la 
superficie de las aguas , y en ella se 
i>ostiene por medio de una especie 
de ampolla llena de aire , que forma 
el nacimiento ó arranque de la ho- 
ja. Sus raices, que suelen tener hasta 
veinte brazas de largo , son amari- 
llas como el tronco de la planta. En- 
trelazadas una con otra , forman un 
haz ó lio al cual se acojen las alme- 
jas. 

j4nimal€s,-—Xá emSs d e los bueyes, 
caballos, cerdos y conejos, que in- 
troducidos por los Europeos en las 
islas Malvinas, se han multiplicado 
allí prodijíosamente, y viven en el 
estado salvaje, se encuentra en 
aquel archipiélago una especie de 
zorra diferente de las otras especies 
comunes. Se cre^ ser este ultimo 
cuadrúpedo peciüiar de las Falk- 
land, porque tiene proporciones 
mas grandes aue la zorra de la Pa- 
tagonia y de la Tierra del Fuego; 
pero esta opinión nos pai*ece mal 
fundada. 

Hoy dia se sabe que la mayor 
parte de los animales trasportados á 
un clima diferente del suyo propio , 
sujetos á nuevas condiciones de exis- 
tencia, se trasforman en cierto mo- 
do, tanto en cuanto á lo físico co- 
mo en cuanto á costumbres ó pro- 
piedades. Así se han visto gatos do- 
mésticos tomar en el estado salvaje 
un desarrollo tan estraordinario , 
que hubiese sido difícil de adivinar 
su oríjen. ¿Quien puede asegurar 
pues que la zorra de las Malvmas , 
cuando nadie prueba su carácter 



aboríieno, nó es orijinaria de laTier 
ra del Fuego , y que no se ha tnodifí- 
cado bajo el imperio de circunstan- 
cias particulares? 

Son tan numerosas las aves en las 
Malvinas , que cubren algunas veces 
llanos inmensos y playas de muchas 
kguas de estension. Las mas nota- 
bles son la avutarda, el cuervo ma- 
riño, la golondrina , la gallineta, la 
avefría, el zorzal , el cisne de cabe- 
za negra , la oca y el pato, aclimata- 
dos por los Españoles y Franceses; el 
Kájaro gobo , esta especie de anfi- 
io que los naturalistas han descri- 
to tantas veces , que cava sus habita- 
ciones subterráneas en las ensena- 
das mas abrigadas y que hace reso- 
nar las riberas desiertas con su craz- 
nido , perfectamente parecido al re- 
buzno del asno. De todos los anima- 
les que concurren á las Malvinas los 
3ue merecen mas atención y que 
urante cierto período han dado tan 
gran importancia á la posición de 
estas islas,. son los anfibios deí jéncy 
ro foca. Los navegantes señalan par- 
ticularmente el otario de Pernet- 
ty (1) , el oso marino , y el elefante 
marino. Pernetty ha confundido al 
otario con el elefante de mar, bajo la 
denominación común de león ma- 
riño, 

«Esta foca , dice Mr. Lesson en un 
artículo notable del Diccionario 
clásico de Historia natural^ adquie-^ 
re una estatura considerable, según 
Pernetty, pues afirma cjue algunas 
de ellas tienen hasta veinte y cinco 
pies de largo y diez y nueve á vein- 
te pies de circunferencia. Le carac- 
teriza el pelo de la parte superior 
del cuerpo, particularmente el que 
puebla la cabeza , el cuello y las pa- 
letillas, que es tan largo como el 
pelo de una cabra. Pero Forster, 
que es mas digno de crédito , dice 
que el león marino del sur solo tie- 
ne unos doce pies de largo cuando^ 
mas, y siete á ocho las hembras. » 
He aquí la descripción que hace es- 
te hábil compañero del ilustre Cook; 
«El cuerpo es grueso, cilindrico ^ 



(2) «Otaria leonina», Perón; «Otaria jii- 
bata» , Desmarets ; «platyrbyncus^leoninnr^ 
CuTÍer, etc. 



HlSTOniA DE LA 



58 

muy craso;, la cabeza muy pequeña, 
bastante parecida á la del perro de 
presa; la nariz algo remangada y 
como cortada en su eslrémidad. El 
labio superior saliente del inferior, 
y guarnecido de cinco hileras de 
cerdas fuertes á modo de bigotes, 
largas y negras , y blancas en la ve- 
jez. Los orejas son cónicas, largas 
de seis á siete líneas solamente : su 
cartílago es firme y tieso. Los ojos 
son grandes y saltones, el iris ver- 
de; tiene tremta y seis dientes; los 
pies anteriores negros, formando 
una banda ancha pelada , y mani- 
festando en los , dedos señales de 
uñas únicamente ; los pies posterio- 
res tienen cinco dedos, con uñas 
pequeñitas que sobresalen de cinco 
festones membranosos y delgados. 
L^ cola es cónica y corta.» Pernetty 
describe así las costumbres de este 
animal : « No e» maligno , y huye en 
lugar de acometer: se mantiene de 
peces, de aves acuáticas que coje 
por sorpresa, y de yerbas (1). La 
carne de este animal puede comer- 
se sin repugnancia , y su aceite es de 
gran recurso. Su pellejo es muy á 
jiropósito para obras de montura,co- 
frería , etc. 

El Otario de Forxter il oso mari- 
no provee de pieles esquisitas á los 
pescadores que arriban á las Falk- 
land. Esta foca es muy buscada en 
el comercio, á causa de su piel, po- 
blada de un pelo pardo ó rojizo, se- 
gún la edad del animal. Hácense de 
ella sombreros superfinos, guarni- 
ciones de vestido^ de capas, etc. Este 
anfibio es muy espantadizo y de 
finísimo olfato , tanto que advierte 
cuando se acerca el hombre y con 
prontitud se mete en el mar donde 
está seguro. 

En ftn , entre las innumerables 
cuadrillas de animales que van á 
descansar en aquellas silenciosas 
playas se encuentra el Otario molo- 
so^ que sin duda es el lean marino 
(le la menor especie , de que habla 
Pernetty. Se diferencia notablemen- 
te de los demás de que acabamos de 



Í2) Perón Rsecura qau estos animales ja- 
mas cnmen yerba, y así lo afirman vano» 
pesca doies ingleses. 



Iiablar. Llama particularmente ta? 
atención por sus formas langarutas, 
é irregulares, así como por su cabe- 
za pequeña , redonda, truncada por 
delante, y su semejanza muy exacta 
con el hocico de un perro. 

£1 elefante marino, llamado indi- 
ferentemente por los viajeros lobo^ 
marino, león marino^ y foca de trom- 
pa (1), es el ma? interesante de aque- 
llos amfibios, en cuanto á las cos- 
tumbres , y el mas reparable por la 
gordura. Tiene veinte y cinco y aun 
treinta pies de largo sobre quince 
ó diez y siete de circunferencia ; su 
nariz, cuando está enzelo, se alarga 
en forma de trompa, y pasado, aquel 
tiempo vuelve á su estado natural. 
Haciendo uso de un admirable capí- 
lulo del viaje de Perón á las tierras 
australes^ hablaremos de las costum- 
bres del elefante marino. 

Las focas de trompa empiezan á 
mudar de morada , siguiendo la es- 
tación , así aue llega el estío , emi- 
grando hacia los parajes mas frios. 
Al mes de su arribo se prepara» las 
hembras á parir. Reunidas todas 
juntasen la misma orilla, las rodean 
los ipachos para no dejarlas volver 
al mar, y no entran en él hasta que 
han parido y criado sus cachorros. 
El parto no dura mas dé cinco ó seis 
minutos , en cuyo cQrto intervalo se 
conoce que la hembra padece mucho, 
pues hay momentos en que da lar- 
gos y agudos gritos de dolor. No pa- 
re mas de un cachorro, el cual tiene 
al nacer de cuatro á cinco pies de 
largo, V pesa cerca de setenta libras. 
Para darle de mamar, se échala 



madre de lado , y le presenta las te- 
tas. Dura la lactancia siete á ocho 
semanas , durante las cuales nada 
comen el macho y la hembra. Así se 
ve que estas enflaquecetiestraordina- 
riamente , y aun se ha visto morir 
algunas durante tan penoso perío- 
do. Cuando tienen los cachorros seis 
ó sietie semanas, sus padres los llevan 

(2) ciPhtMja proboscidea» , Pefon, Viaje á 
las lierras australes; «león marino», Daiu- 

Sier y Anson; «lobo niarino,»»Pérnelly, viaje 
las Malvinas; «phoca leonina '» Lineo; 
nphoca de hoeic6 arrugado» , Forater v 
BufTon; « macrorhinus proboscideos »» , F. 
Ciivier; «raiouroug» de los negros de Nueva 
Huta n Ja. 



PATAGONU. 



59 



at agaa, y toda la manada echa á 
nadar á un tiempo. I^a marcha de 
estos maníferos dentro de las olas 
es muy lento , viéndose forzados á 
salir muchas veces á la superücie 
p«ra respirar. Se ha observado que 
los mas jóvenes , cuando se apartan 
de la manada , son perseguidos in- 
mediatamente por algunos de los 
mas viejos que a bocados les obligan 
á juntarse con los demás. A las dos 
ó tres semanas de este ejercicio, vuel* 
ven los elefantes marinos á la playa 
impulsados por el deseo de la repro- 
ducción. 

A la voz imperiosa del amor se de- 
dara la guerra entre estos mons- 
truos espantosos , peleando los ma- 
chos con furor, siempre uno contra 
otro y nada mas. Su manera de re- 
ñir es muy singular. Los dos rivales 
van arrastrando muy despacio , se 
iuntan digámoslo así, hocico con 
hocico; levantan toda la parte ante- 
rior del cuerpo apoyándose en las 
nadaderas, abren su ancha boca; sus 
ojos parecen inflamados de deseos y 
furor, se embisten con violencia, 
vuelven á camr uno contra otro , 
dientes con aientes, quijada con 
quiiada, se hacen recíprocamente 
anchas heridas , á veces se sacan los 
Ojjos en aquella lucha , y no pocas 
pierden así sus largos colmillos. Cor- 
re la sangre abundantemente ; pero 
éstos obstinados adversarios , como 
si no lo advirtiesen , continúan pe- 
leando hasta que ya no tienen fuer- 
zas. Es raro sin embargo el ver que- 
dar algunos de ellos en el campo de 
batalla , y las heridas que se hacen , 
por profundas que sean , se cicatri- 
zan con una prontitud increíble* Se- 
mejante curación depende mucho 
menos de la calidad de su grasa , 
que de la espesura de la capa que 
ella forma al rededor del animal , y 
cuyo efecto es poner las partes heri- 
das á cubierto del contacto del aire , 
al mismo tiempo que impide la he- 
morrajia. 

Durante aquellos sangrientos com- 
bates, las hembras mostrándose in- 
diferentes esperan que la suerte de- 
cida quién na de ser su dueño. £1 , 
macho , orgulloso por su victoria , 
se avanza en medio de la tímida 



cuadrilla , se acerca á la compañer 

3ue ha clejido; e»ta se tiende inme 
íatamente; él la abraza fuertemen- 
te con las nadaderas de delante , y 
en la embriaguez del amor olvida sus 
recientes luchas y sus heridas, que 
echan sangre á borbotones. En tal 
éxtasis, que dura de doce á quince 
minutos , nada fuera capaz de dis- 
traerles , ni aun el dolor mas agudo 
y penetrante. 

No son menos singulares ni me- 
nos interesantes que su modo de 
reproducirse , los hábitos de los ele- 
fantes marinos. Les gusta zambu- 
llirse en agua dulce y tendei^se en 
playas arenosas. Dueimen en la su- 
perficie del mar como en la orilla. 
Guando están reunidos en tierra en 
cuadrillas numerosas para dormir 4 
velan constantem^ite uno ó muchos 
de ellos y en caso de peligro estos 
centinelas dan un grito de alarma, y 
vuelven todos á las olas protectoras.. 

Su modo de andar es el mas estri- 
ño: van como á rastra, remando con 
sus nadaderas; y el cuerpo, en todos 
sus movimientos, parece tiritar , co- 
mo una enorme vejiga llena de jale- 
tina, efecto de lo espesa que es la ca- 
pa de grasa aceitosa <]ue los envuelve. 
A cada quince ó veinte pasos tienen 
que pararse, jadeando de cansados , 
y como aplastados bajo su propio 
peso. Si durante su fuga se presenta 
alguno delante de ellos , se detienen, 
y si á fuerza de golpes se les fuerza 
á moverse, manifiestan padecer mu- 
cho. Lo mas admirable en tales ca- 
sos , es que las pupilas de sus <\jos , 
que en el estado natural es de un 
verde azulado claro , se vuelve en- 
tonces de color de sangre ennegre- 
cida. 

El grito de las hembras y de los 
machos jóvenes se parece mucho al 
mujido de un vigoroso toro ; pero 
en los machos ya grandes, el prolon- 
gamiento tubuloso de sus narices da 
a su grito tal inflexión , que aunque 
mucho mas fuerte tiene gi*an seme- 
janza con el ruido que uno hace 
gargarizando. Este eco ronco y sin- 
gular se oye de lejos , causando al- 
gún espanto , cuando en medio de 
una noche borrascosa despierta uno 
sobresaltado por los ahullidos con- 



60 



UISTORU DE LA 



fasos de aquellos colosos anfibios , j 
no se desvaneciera el temor, á no 
ser por la certeza de la debilidad 
y mansedumbre de aquellos anima- 
les. 

Cuando un elefante marino repo- 
sa tendido en la playa, y le incomoda 
la fuerzade los rayos del sol, se le ve 
levantar repetidamente con sus an« 
chas nadaderas de delante, gran 
porción de arena humedecida con 
9gua del mar, y echársela en el lomo 
hasta que se halla enteramente cu- 
bierto , de modo que entonces pare- 
ce una gran roca. 

Los elefantes marinos son esen- 
cialmente pacíficos , en tal manera 
que los hombres pueden bañarse 
sin peligro en las aguas donde se 
encuentran reunidos , y así lo ha- 
cen los pescadores sin temor alguno. 
Estos animales son susceptibles de 
cierta enseñanza. Habiéndose pro- 
puesto un pescador inglés salvar á 
uno de estos mamíferos , se declaró 
su protector consiguiendo de sus 
compañeros que no le hiciesen daño, 
y así vi vio largo tiempo pacífico y res- 
petado en medio de la matanza.El pes- 
cador se acercaba á él todos los dias 
para acariciarle, y en pocos meses se 
QÍzo tan manso, que se dejaba mon- 
ta)* y meterle el brazo en la boca; iba 
cuando le llamaban , y en una pala- 
bra, el dócil animal aguantaba cuan- 
to queria hacerle el marineix) sin 
irritarse por nada. Desgraciadamen- 
te , habiendo tenido el Inglés un al- 
tercado con uno de sus compañeros, 
este por una cobarde venganza, ma- 
tó la foca protejida de su adversario. 

Lo mas dieno de admiración en 
el período de la vida del elefante ma- 
rino, es que inmediatamente que se 
siente enfermo, se sale del mar, se 
interna en tierra mas de lo acostum- 
brado , se echa al pié de algún ar- 
busto , y permanece allí hasta que 
muere , como si quisiera dejar la vi- 
da en los misiodos lugares en que la 
recibió. Los pescadores han obser- 
vado que sin tener ninguna señal 
de herida ó contusión', parece que 
entonces padece mucho, y muere al 
cabo de algunos dias de agonía. 

Según queda dicho en el artículo 
de la Patagonia, matan los elefantes 



marinos alanzadas; pero hay un me» 
dio mucho mas sencillo y muy sin^ 

fular para darles muerte : tal es el 
e un fuerte eolpe con un palo en 
el hocico. Un nombre solo, sin efu- 
sión de sangre, puede matar así ceu' 
tenares, de estos pobres animales. 
Abriendo el ^tómago de los que 
acaban de espirar , se encuentra en 
ellos comunmente , además de una 
gran porción de ova, piedras á veces 
tan numerosas y tan gordas, que pa- 
rece imposible puedan contenerlas 
sin des^rrar por su pesadez las pa- 
redes del seno donde se hallan. Dice 
Forster que el estómago de muchos 
de estos anfibios muertos por si» 
jente, estaba lleno de diez ó doce 
piedras redondas y pesadas , cada 
una del buHa de dos puños. 

ISLA DB LA SOLEDAD. — La- ísla 

mas interesante con respectóla pro- 
ducciones , y en la parte histórica , 
es la que los Españoles denominaron 
de la Soledad , jr posteriormente lla- 
maron de Conu los Franceses. Situa- 
da al este del archipiélago de las 
Malvinas , está separada de la gran- 
de isla occidental por un estrecho 
de siete á doce millas de ancho , lla- 
mada por los Españoles canal de Saoi 
Carlos, y por los Ingleses canal 
Falkland^ nombre en otro tiempo 
común á las dos islas , pero que na 
se aplica ya sino á la mayor. 
' La Soledad tiene setenta y ocho 
millas de nordeste á sudeste , y cuar 
renta y cinco en su mayor anchura : 
sus costas ofrecen ensenadas y puer- 
tos entre los cuales , el que ha con- 
servado el nombre de bahia Fran" 
cesa , es el mayor y mas se^ro. El 
punto mas elevado de la isla es el 
monte Chatellux , situado cerca de- 
dicha bahía. Muy inmediato arran- 
ca una cadena de montañas poco ele- 
vadas y dispuestas en forma de re- 
cinto ; mas no se puede andar por 
ellas sin encontrar á cada paso pe- 
d FUSCOS de asperón, amontonaaos 
confusamente. De lo interno de su 
base sale un ruido monótono, ocasio- 
nado por las aguas corrientes que 
manan de la cumbre. De sus entra- 
ñas salen heléchos jigantesco» que 
tapizan con sus ramosos troncos 
aquellas enormes moles de rocas. 



Cruzan las llanuras y los valles , cu- 
biertos de pastos , varios arroyos de 
aeua cristalina , mas ó menos grata 
ai paladar, según la madre de turba 
d de chinarro por donde pasa. Por 
uno y otro lado se ve el suelo tapiza- 
do de verdor , en aue brillan la ele- 
gante anémona y la violeta de sua- 
vísimo perfume. Las márjenes de 
estos arroyos, aunque pantanosas, 
están cubiertas de una vejetacion 
tan activa y espesa que casi en par- 
te alguna se descubre la superficie 
del terreno. Encuéntranse hermosos 
lagos en los llanos y deliciosas ca- 
vidades hasta CA la cumbre de las 
montañas. Por todas partes hay 
abundancia de aguas frescas y pu- 
ras. 

£1 suelo de la isla de la Soledad se 
<x>mpone de tierras ocreosas , rojas 
y amarillas , de espato y de cuarzo. 
La abundancia de pizarras rojizas y 
de color de plomo revela allí la 
existencia de una gran cantidad de 
azufre. Algunos peñascos de cuarzo 
rotos han indicado una materia vi- 
triólica y cobriza. Pemetty supone 
haber encontrado allí una substan- 
cia verdosa que tiene las cualidades 
del cardenillo. Toda la vejetacion de 
los llanos , coúio Ja de los montes , 
se halla en un terreno turb<»M) de 

Sran espesura. Dotado aquel suelo 
e la cualidad esponjosa , en sumo 
grado , absorve la humedad con tal 
prontitud , que en breves instantes 
suele secarse el césped á poco tiem- 
po de las mas abundantes lluvias. 
Esta turba, tan preciosa que como 
un recurso de¡provision de leña, exis- 
te en capas, mas profundas en lo in- 
teríordel paisque en lo litoral. Zapa- 
da en sus orillas de una manera ir- 
regular , ofrece de lejos con frecuen.- 
cia la perspectiva de un muro ó de 
un foso ; y el viajero que r€Ncorre ta- 
les soledades , le cuesta trabajo cr^r 
que aquello no es obra de los hom- 
bres. Estas especies de murallas na- 
turales , mas comunes en las alturas, 
tienen de ordinario cuatro y cinco 
pies de elevación sobre el terreno 

Sie las cerca, y es muy difícil es- 
. icar su formación. En cuanto á lo 
demás , es cierto que los caballos 
•ncuentran allí un abrigo favorable 



PÁTAGONIA. 61 

contra el furor de los vientos ; y si 
aquellos accidentes del suelo no fue- 
sen tan frecuentes, se atribuirían sin 
mas examen á aquellos animales* 

Pernetty habla de un sitio en que 
la disposición singular de las pie- 
dras parece ser el resultado de un 
temblor de tierra que pudo trastor- 
nar en otro tiempo la isla de la So- 
ledad. Presentaba, dice, un espectá- 
tulo horriblemente hermoso. Las 
piedras, todas de asperón porfiriza- 
do, están cortadas en tablones de 
diez pies de lai^o, seis de ancho , y 
uno y medio de grueso. Se hallan en 
todas posiciones , pero tan bien co- 
locadas como si lo fuesen artística- 
mente. «Son como los muros de una 
ciudad , en los cuales se ven aleros 
en línea recta, cual si fuesen cornisas 
ó cordones; voleados lo menos d«í 

filé y medio, y que corren todo lo 
argo, tanto de las partes entrantes , 
como de los ángulos salientes , figu- 
rando salidizos ; y hasta molduras 
se encuentran allí. Al otro lado de 
aquellas ruinas hay un valle profun- 
do de mas de doscientos pies, ancho 
de medio cuarto de le^a, cuyo 
fondo está cubierto de piedras re- 
vueltas, y que parece haoer servido 
de albeo a un rio ó ancho torrente 
que hubiese ido á perderse en la gran 
bahía del oeste. Antes de llegar á 
la altura que termina el va- 
lle, se encuentra una esplanada 
ancha , de cerca de diez ó doce toe- 
sas , y que se estiende desde la parto 
baja del anfiteatro hasta la otra par- 
te de las primeras ruinas. Sobre es- 
ta esplanada hay dos depósitos de 
a^ua , el uno redondo y de veinte y 
cinco pies de diámetro , el otro oval 
y de treinta y tres pies. Desde la 
Dase de la colina se encuentran bar- 
rancos enteramente colmados de 
aquellas piedras despeñadas, y entre 
estos, cortos espacios de terreno ir- 
regular, cubiertos de yerbasy de bre- 
zos, salvados digámoslo así del tras- 
tomo jeneral. Los peñascos , arroja- 
dos confusamente unos sobre otros, 
dejan entre sí por todas partes aber- 
turas, cuya profundidad puede con- 
jeturarse. 

Las plantas que se encuentran en 
la isla de la Soledad son todas indi- 



62 



HISTORIA DE LA 



jeoas. La mayor parte resiiiosas ó 
<$ubiertas de un barniz lustroso que 
las preserva de los efectos de la nu- 
médad. Los antiguos colonos lleva- 
ron plantas y árboles exóticos , pero 
hoy en día no se encuentra ningún 
vestigio d« ellos. Los vientos y no 
la naturaleza turbosa del suelo , se 
oponen al desarrollo de los vejetales 
estranjeros; pues todavía se ve cerca 
de las ruinas del eslaUecimiento de 
la bahía francesa , la tierra vejetal 
que los Españoles trasportaron, y 
que se halla tan despejada como las 
rocas de la cosía. 

Como una de las primeras plantas 
¡nd(jeBas , se de bd hablar de la que 
Parker^King ha denominado Tea 
plunt (planta del té). Puesta en infu- 
sicuy tiene el mismo gusto que el té 
ordinario , y es difícil diferenciarla. 
Produce una vaina (>equeda, que 
cuando está madura tiene un sabor 
agradable. £n cuanto al resto de la 
nomenclatura, nos limitaremos á lo 
que el naturalista D'UrvíUe reitere á 
consecuencia de una escursion cfue 
hizo en el monte Ghatellu\ , mien- 
tras estuvo fondeada en la bahía 
francesa la corbeta Coquüle. 

«El monte Chatellux , cuya eleva- 
ción llega á quinientos ochenta y 
, cinco metros sobre el nivel del mar, 
es el punto culminante de la isla de 
la Soledad , y domina una vasta lla- 
nura, surcada 4c numerosos torren- 
tes y dividida por los inmensos bra- 
zos de la bahía Marville. En estaes- 
bursion se invirtieron dos dias, y en 
este tiempo tuve ocasión de adqui- 
rir una idea exacta de la naturaleza 
de la isla. El resultado de mis obser- 
vaciones ftié que la v^etacíon era 
tanto menos variada cuanto mas se 
alejaba de las costas , y particular- 
mente de las que presentan á la vez 
mogotes, pantanos y rocas. Mas lejos 
se atraviesan millas enteras de un 
terrena casi cubierto únicamente 
por los tapices espesos de las tres 
gramíneas mas conocidas en la isla 
Qídi% festuca erecta^ el arundo anUire* 
tica y elíirundo pilosa), hos gomeros 
están muy ea^^rcidos. Luego que 
uno comienza á subir , advierte que 
la flora se va haciendo mas copiosa , 
pues encuentra mayor número de 



especies. Én la cumbre misma de 
monte Chatellux encontré casi todas 
las que se me habían ofrecido á la 
vista en las diversas estaciones* Cin^ 
CQ plantas selamentie me has par^^ 
do particulares en las alturas mas 
elevadas^ á saber: un bello mspMum^ 
que se cria en las hendiduras de las 
rocas , y que de su semejanza con 
un helécho, único en su jénero^ha to- 
mado el nombre de moh^ioides; el 
curioso y raro nassáNmm , al onal be 
denominado serpens^j que be recdi- 
doen la alta monlatta, al sur de 
nuestro fondeadero , y solure el Char 
tellux; el ceaamjce vermkiílaris ^ 
blanco como la ntcrve , cuyos troneos^ 
entrelazados y confusamieBle le«id^ 
dos por el suelo , parecen otras tan- 
tas raices de grana, blanq«ieadas 
por el aire; en fin, otras dos planti- 
tas que forman copetes cerrados, 
iguabsoente admirables por su es- 
tructura, y que se ha descubierto ser 
la una' el drap&tes muscoides y reco^ 
jida y9í pov Commevsoaen las orÜlas 
del oslrecho y descrita p^r Lamark; 
y la otra , un* nupva especie de va- 
leriana^ qu« he denominad*» settífo' 
lia. Eslaa tres última» se criM eselí»- 
sivameftte en la cumbre mismia del 
monte Chatdlux. Rara vez se encuen- 
tra en el llano un hermoso helécho^ 
el iornari^ magalláaicm , pero cubre 
las orillas de aquellas corrientes de 
eno vmes<f ragmenios de asperón cuar* 
zosQ muy wecttenlies en: las laderas 
de todas las montañas. La mnea me- 
laxantha se cria con prefereaci* en 
las rocas peladas, bastidas por los 
vientos del . sudeste ; y por s» nú* 
mero y sa sem!e}anaa , su» troncos 
ramosos, variados de negro, aoMMritto 

Lleonaido , fiorman muenas. veces en 
stuperficie de aquellos ptd regíale»,, 
praderas de ikueva especie. Esde ad- 
vertir q«e dj^fmúm rocas de una na- 
turaleza única y constante , están 
todas formadas de capas> muy irre- 
gulares, inclinada ba«» luiiángulo-die 
40 á 50^y echadas del estoal oeste. 

<iEn el número diC la» plantas úti- 
les al hombre en aquellos pari^ 
desierto», citaré la aeederay la oxd* 
Uda , de las cuales la última, me ha 
parecido preferible á la otra en el 
gusto ; el apio , abundante en lo» 



\ ^ ■ 



^mogoles arenosos; los tallos del 
plantel y las hojas araargasdel tara- 
xqcum Icpvigatum , de que pudieran 
hacerse ensaladas tan agradables co- 
«ip salutíferas. Los frutos de los Per- 
netia , myrtus y rubus , han sido 
muy preconizados porBougainville, 
Pemetty y Gaudichaud; pero como 
no he visto sino las flores, no puedo 
decir hasta que punto merecen ser 
elqjiados. La bena fetuie (Jatuca 
flíibellatá) porcia cualidada,bundan- 
cia y largura desús cañas, servirla 
utilmente en mas de una ocasión ; 
y le resguardaría de la intemperie 
del aire , en tanto quü la parte infe- 
rior del tallo le darla un alimento 
sano y agradable. El empetrum^ con 
su fuego chispeante calentarla rápi- 
damente los tornos ; el chiUotrícum 
formaría hermosas cercas ; y del ba- 
charis se haria cerveza como la ha- 
cen los colonos de Bougainville. Creo 
igualmente que las tres grandes //-i/- 
'<;aceaiy macrocYstix communis^ Dur- 
intlcea utilis y Lessonia flaincans^que 
tanto abundan en aquellas márjenes, 
fueran muy propias para beneficiar 
las tierras yiprepararlas al cuUiyo.En 
una palabra , la primavera, la viole- 
ta, suaves y agradables peridicuim y 
el ciegan le statire^ pudieran ser el 
ornato de aquellos jardines.» 

Los animales domesticados entre 
nosotros y las que pueblan las quin- 
tas y camplBas de Europa ,>on muy 
numerosos en la Soledad y en la isla 
Falkland é islotes circunvecinos. Al 
abandonar este archipiélago los Es- 
pañoles y Franceses, dejaron bueyes, 
caballos , cerdos , conejos, etc. los 
cuales se han multiplicado estraordi- 
nariamente , á pesar de la caza conti- 
nua de los pescadores y marinos , 
que tienen en ellos un recurso pre- 
ciosísimo , lo mismo que las tripula- 
ciones de los buques que recorren 
aquellos mares. Así es que no dejan 
de ir á tocar en las Malvinas para re- 
frescar los víveres. 

La caza de los toros y caballos es 
muy fácil ; los primeros no huyen 
nunca de una sola persona ; de ma- 
nera que se les puede matar á pisto- 
letazos; pero los cazadores deben te- 
tier mucho cuidado en mantenerse 
en línea cerrada para engañar al 



l»ATAr,OÑIA. ^ 63 

animal acerca del número de los 
agresores. Igualmente ha de ten^ 



cuidado de asestarle á la frente 6 al 
costado, porque las heridas le enfu- 
recen , y entonces es muy temible. 
Los caballos tampoco temen al hom- 
bre cuando va solo^ pero suelen dis- 
persarse al estruepuo de un arma 
de fuego» 

No se reduce á efAo la riqueza aai* 
mal de la isla de la Soledad , pues 
!^us costas y lagos se hallan pobladas 
de un número prodijioso de pesca- 
dos; particularmente en la bahía 
principal. 

Esta se halla situada al oeste de la 
isla. Los Españoles la dieron el nom- 
bre de bahía de la Soledad^ y los In- 
gleses el de UckeleY Sound. Tiene 
quince millas de lonjitud sobre cua- 
tro de latitud. A la punta nordeste 
de la entrada se estiende una sé ríe 
de arrecifes que por la parte del este 
se dirijen á una roca cubierta al ni- 
vel del agua,donde se estrelló en¡1820 
la corbeta francesa Urania. Al lado 
opuesto se distingue la isleta de los 
Cerdos, llamada así por la abun- 
dancia de los que en ella se crian.. 
La bahía, propiamente tal se estien- 
de hasta los islotes Pingüinos y de 
los Lobos marinos. La conoa donde 
se va á parar después de haber pasa- 
do entre estas dos islas , recibió el ti- 
tulo de i'odM de Sa/t Luis, 



ISLA 



DE FALKLAND PROPIAMENTE 
DICHA. 



Esta isla es mayor que la de la So- 
ledad , y sus costas tan desiguales , 
que es muy difícÜ determinar sus 
aimensiones : sin embargo , por un 
cálculo puede decirse que tiene cien 
millas de este á oeste y setenta de 
norte á sur. . 

La príncipal bahía sobre la costa 
septentrional es la que conduce al 
Piierto-E^mont. En el fondo de esta 
bahía fué donde se estableció la co- 
lonia inglesa para asegurar el domi- 
nio de la Gran Bretaña sobre la mas 
vasta de las Malvinas. El sitio ,en que 
se fundó la ciudad fué muy mal es- 
cojido , según se ve por las ruinas 
que ocupan el reverso meridional de 



64 



UISTORIA DE LA 



una alta montaña. Los jardines de- 
bían hallarse al oeste , de manera 
que estaban privados del sol duran- 
te la mayor parte de) dia. 

Después de Puerto-Egmont , el 
mas considerable es la bahía de West- 
Point, al estremo oeste de la penín- 
sula meridional de Byron's Sound« 
Estas bahías y las de las islas vecinas 
son el refujio de los balleneros, 
cuando el mal tiempo les sorprende 
en aquellos mares borrascosos. Puer- 
to-Egmont era muy concurrido años 
atrás por la abundancia de comesti- 
bles que facilitaba á los marinos. En 
efecto, hallábanse cerdos, ocas sil- 
vestres, etc.; pero hoy dia son muy 
raros estos animales, y las únicas 
provisiones que dá de sí la isla Falk- 
land, se reducen á algunas ocas y 
pato^ que por alimentarse de peáca- 
do tienen una carne muy desagrada- 
ble. 

Terminaremos aquí nuestros por- 
menores jeográfícos acerca de las 
Malvinas. Solo haremos mención 
de las islas Anican y la de los Leones 
marinos , que están al sur de la So- 
ledad; déla isla Beauchene que es la 
mas meridional de todas; al nordeste 
las islas Jasonsó Salvajes, llamada, 
Sebaldeti otro tiempo; de la del Pan 
de azilcar , colocada al frente de 
la isla Saunder, y los Muelles verdes 
{Quais veris) ^ al^omashácia el norte. 

NEW-ISLAND O NUEVA ISLANDIA. — 

IJn nuevo Robinson,- La isla Nueva 
rio merecería í|ue hiciésemos de ella 
especial mención si no hubiera sido 
el teatro de una aventura muy dra- 
mática que no debemos pasar en si- 
lencio. 

Digamos desde luego, para dar 
una idea del lugar de la escena , que 
esta isla es montañosa en estremo y 
que su parte occidental ofrece una 
cadena, serie de horrorosos precipi- 
cios; en cuyo fondo bulle á veces el 
mar con un ruido espantoso. Un 
muro impenetrable de peñascos se 
eleva quinientos cincuenta pies so- 
bre las olas , y cuyo aspecto sombrío 
infunde un terror inesplicable en el 
alma del espectador. Cuando el vien- 
to de oeste sopla con violencia , las 
olas furiosas se estrellan contra esta 
mole jigantesca, envolviendo su base 



con una nube espesa de vapor mez- 
clada de espuma. Llanuras cubiertas 
de yerbas; y la^s, cuyas aguas se 
ven rizadas por innumerables aves , 
y bañan el pié de las montañas ; si- 
tios salvajes y precipicios pintores- 
cos; enormes preduscos confusa- 
mente amontonados ofreciendo se- 
ñales evidentes de convulsiones ter- 
restres; esto es cuanto se vé en lo in- 
terior de Píew-Island. 

A principios del año de 1814, el 
capitán Bamard , de la marina de 
los Estados-Unidos, se vio forzado á 
tocar en New-Island, durante un viaje 
emprendido para completa runcar^a- 
mentode pieles fínas. Así que se dis- 
ponia á dejar esta soledad, encontrt) 
en la costa meridional la tripulación 
de un navio inglés que naufragó, y 
que se componía de treinta personas, 
entre las cuales habia algunos pasa- 
jeros andaban errantes por aquellas 
plavas, poseidos de la desesperación. 
El buque americano era muy chico, y 
los náufragos muchos; pero la hu- 
manidad alzó su imperiosa voz , y 
Barnard no titubeó en recojer á los 
Ingleses. 

El primer impulso de estos desgra- 
ciados al verla jénerosidad del capi- 
tán americano , fué el de un vito 
agradecimiento; pero esta impresión 
fué poco á poco cediendo á una idea 
enteramente contraría. Los Estados 
Unidos de América se hallaban en 
guerra entonces con la Gran Breta- 
ña, y esta circunstancia les sujirió 
un pensamiento sumamente injurio- 
so para el honrado Bernard. Estelen 
habia prometido bajo su palabra 
de honor, dejarles en un puerto brr - 
sileño cuando regresara á su patria. 
Pero esta promesa no les tranquili- 
zaba ; imagináronse que el capitán 
tenia el odioso proyecto de traficar 
con su libertad y entregarles por 
una recompensa al gobierno de Ioü 
Estados-Unidos. 

Mientras tomaban incremento es- 
tas sospechas entre los Ingleses , 
Barnara se molestaba yendo el mis- 
mo en persona á New-Island para 
cazar aves y animales salvajes á 
fin de proveer suficientemente de 
víveres la embarcación. Un dia des- 
pués de haber andado errante mu- 



PATAGONIÁ. 



65 



cho tiempo con cuatro mariaet'os 
regresaba cargado de ca^a , pensan*- 
do eit el gusto que iba á dar á la tri- 
jjulacion al presentarla las provisio- 
nes frescfis; ya estaba cerca de la 
playa é iba á embarcarse en la lan- 
rha , cuando echó de ver que habia 
I desaparecido el buque; Atribuyó la 
I causa á la niebla que se habia le- 
vantado durante su ausencia , pero 
por mas aue llamaba nadie respon- 
i día deciaióse entonces ; á h* reman- 
do hacia donde habia dejado ancla- 
do el baque, y llegado al sitio acabó 
de convencerse de que habia des- 
aparecido.Los ingleses hablan corta- 
do efectivamente el cable y tomado 
el rumbo de Rio Janeiro abando- 
nando sin piedad á su libertador y 
á cuatro marineros mas en aquellas 
reiiones inhospitalarias. 

El pasmo , la indignación y el do- 
lor se apoderaron del alma del ca- 
pitán, i Horrorosa ingratitud ! Con- 
denar á un largo suplicio á quien 
les habia acojido con tanta libera- 
lidad ! Un momento de reflexión hi- 
zo adivinar al capitat) la cansa del 
complot ejecutado con tanta cobar- 
día en ocasión en que habia encar- 
gado la custodia de su baque á la 
tripulación estranjera ; conoció ^ue 
el miedo de ser entregados al gobier- 
no de los Estados unidos les hizo 
cometer una acción tan baja y villa- 
na; y esta idea que los náufragos 
formaron de él , mas que su horro- 
rosa posición , hizo que se arrepin- 
tiera de haber cedido á un impulso 
de humanidad. 

¿Cómo vivirían él y sus cuatro 
compañeros? Los Ingleses no habían 
dejado ni víveres ni vestidos , su 
desnudez era completa , pero la ne- 
cesidad es madre de la industria. 
Los huevos de los albatros y algunos 
mariscos que recocieron en la orilla 
del mar, les facilitó por unos dias 
alimento abundante. Luego eúseña- 
ron á un perro , que por casualidad 
llevaron consigo, á cazar los cerdos, 
cuya carne les fué de mucha utili- 
dad. Plantaron también algunas pa- 
tatas, que habian sacado del barco 
para almorzar el dia de la infausta 
cacería , y al año siguiente recmie- 
ron una cosecha suficiente para na- 

PATAGONiA. C Cuaderno .5.) 



cer provisión de invierno. La piel de 
las focas que mataron con lai pocas 
municiones que tenian les sirvió de 
vestidos. En fin , lograron construir 
una casita de piedra bastante sólida 
para resistir á la violencia de los hu- 
racanes, tan frecuentes en aquellos 
parajes. No hablaremos de su situa- 
ción moral , pues harto se puede co- 
nocer. 

£1 que padecía mas era Barnard. 
Los marineros habian olvidado todo 
respeto v subordinación hacia su 
amo desde que se vieron abandona- 
dos con él en aquellas rocas sólita "- 
rias. Lá autoridad de su jefe se li- 
mitaba á darles oons^os para sn. 
propio interés, pero aun así la enf 
contraron dura, y formaron una 
liga contra él. El capitán bajaba la 
cabeza y sufría las hamillacion()K 
que \b hacian pasar sus subordina- 
dos , haciéndose cargo de que la pa- 
ciencia y la resignación eran suma- 
mente necesarias en sit triste y peli- 
grosa situación. 

Una noche en que bajo un frivolo 
pretesto se habian separado de él 
los cuatro marineros para cazar en 
otro paraje, no regresaron á la ca- 
bana á la hora acostumbrada. Vino 
la noche y Barnard los esperó en . 
valde. Al amanecer dirijióse con un 
siniestro presentimiento al sitio 
donde estaba amarrada la lancha ^ 
peix> esta habia desaparecido. Co- 
noció entonces que aquellos misera- 
bles se habian fugado dejándole 
abandonado á la suerte. El dolor ^ut 
esperimentó fué inesplicable, ¡ vién- 
dose solo, en medio de aquella in- 
mensa Tebaida, sin mas apoyo que 
sus fuerzas, ni mas consuelo quo 
los recuerdos y las oraciones J Los 
hombres groseros que habian parti- 
cipado de sus padecimientos le hi- 
cieron esperimentar cruelmente el 
peso de su despotismo brutal ; había- 
se indignado cruelmente contra los 
tiránicos procederes de aquellos bár- 
baros,y ahora que se hallaba á solas 
consigo mismo , ahora que ninguna 
voz respondía á la suya , echaba d^ 
menos su presencia. Es preferible, 
decía, vivir entre enemigos que ha- 
llarse solo. En efecto , la Soledad e^ 
un tormento que pocos hombre . 



C6 



UlSrOHl.4 DE LA 



pueden soportar, porque enerva, 
corroe y paraliza las fuerzas del al- 
ma , abate el jenio mas intrépido, es 
un veneno que destila gota á gota 
en las venas y mata infaliblemente. 

£1 capitán entró desanimado en 
su cabana. Sin embargo, al dia si- 
guiente volvió á sus tareas cotidia- 
nas como si estuviese con sus com- 
pañeros , trabajando sin interrup- 
ción para no entregarse á la deses- 
peración dominando así su espíritu 
con el uso escesivo de sus fuerzas 
físicas. Preparaba ya pieles de focas, 
iba á caza con su perro, único com- 
pañero que le habia quedado, ó 
juntaba provisiones para la época en 
que escasease la caza. Subia una ó 
dos veces al dia á una penosa altura 
situada en una montaña elevada, 
especie de observatorio natural cer- 
ca de su vivienda, y desde la cum- 
bre paseaba larso tiempo sus mira- 
das con ansiedad por la inmensidad 
del Océano , interrogando al hori- 
zonte y quedándose extático cuan- 
do veia un punto negro que tenia i a 
apariencia de un buque; pero luego 
bajaba de la montana sumamente* 
abatido y entregado á la meditación 
dolorosamente. Todas las impresio- 
nes crueles esperimentadas por el 
héroe de Daniel de Foe acomete- 
rían sin duda al capitán americano 
durante el largo período de su ais- 
lamiento ; tantas cuantas angustias 
atormentaron al habitante solitario 
déla isla de Juan Fernandez, otras 
tantas sintiera también Barnard. 
Léanse las escenas mas tiernas del 
escritor indés y se creerá leer la 
historia del prisiopero de las Malvi- 
nas. 

Ya habían trascurrido muchos 
meses desde la huida de los marine- 
ix>s , cuando un dia que Barnard se 
hallaba sentado á la puerta de su 
cabana , vio unos bultos parecidos á 
hombres que se dirijian hacia él. 
No se engañó , pues eran los cuatro 
fujitivos que, no habiendo podido 
pasar mas adelante de las islas veci- 
nas , é incapaces de poder adquirir 
la subsistencia , venian á implorar 
el perdón de su superior y vivir con 
él. Este dia fué de fiesta en New-Is- 



land; celebróse la llegada de Jos 
marineros y cada cual olvidó po.- 
un momento sus sombrías ideas y si? 
presente situación. 

i Pero ay ! la guerra volvió á en- 
cenderse ae nuevo entre Barnard y 
los cuatro subordinados. Uno de es- 
tos ideó la muerte del capitán , pero 
la animosidad de los demás no lle- 
gaba hasta este estremo; así es qu^^ 
descubrieron d proyecto de su ca- 
marada y le hicieron abortar denun- 
ciándole el delincuente al capitán, á 
auien Barnard tuvo la jenerosidad 
de enviar diariamente víveres. Este 
retiro forzoso, esta especie de reclu- 
sión en un paraje tan apropósito 
para reconcentrar serias ideas , in- 
fluyeron poderosamente en el ánimo 
del criminal. Al cabo de tres sema- 
nas juzgó el capitán que estaba sufí- 
cientemeate castigado y le permitió 
volver á sentarse con ellos al hogar. 
Desde entonces reinó entre los cin- 
co la mayor armonía , j^. el bien 
jeneral fué consiguiente a esta paz 
tardía. 

Entregáronse con nuevo ardor á 
la caza y la pesca de lobos marinos , 
cuyos despojos les eran tan precio- 
sos. Estendian frecuentemente sus 
escursiones hasta las islas vecinas , 
donde hallaban caza abundante , y 
cuando la jornada habia sido pro- 
ductiva, cuando unfa temperatura 
dulce y apacible habia favorecido 
la espedicion , regresaban mas con- 
tentos á su amada vivienda. Sin em- 
bargo , el capitán echaba de ver que 
el desaliento empezaba á apoderar- 
se de sus compañeros.. £1 mismo , 
á pesar de sus esfuerzos voluntarios 
y la filosofía que habia adquirido en 
el duro ensayo de su soledad , sen- 
tía disminuirse de día en -dia su 
fuerza moral. La nostaljia minaba 
sordamente la existencia de estos 
hombres , víctimas de la traición 
mas horrorosa. Quizás su estrella 
les destinaba á sucumbir bajo el pe- 
^o de la cruel agonía que les devo- 
raba, cuando en 10 de diciembre 
de 1815 , una vela lejana les anun- 
ció el ñn de su cautiverio , y pocos 
momentos después estaban á bord o 
del buque libertador. Quiso la ca- 



PATAGONIA. 



67 



cualidad que este mismo Barnard, 
vendido por unos Ingleses, debiese 
la libertad á otros de la misma na- 
ción, porque el bajel que los recibió 
á su bordo habia salido de un puer- 
to de la Gran Bretaña. 

New-Island guardó en su seno du- 
rante dos años á estos desgraciados, 
que no podian envidiar á Robinson 
mas que un historiador tan hábil 
como Daniel de Foe. 

OJEADA HISTÓKICA ACERCA DE LAS 
MALVINAS. 

Apesar de la opinión de los anti- 
p;uos jeografos , estas islas no han 
tildo descubiertas por Americo Ves- 
pucio, porque la tierra que este vio 
en 1502 bajo el paralelo 52 no 
se refiere mas que á la posición de 
lj!s Malvinas. Éstas rejibnes pues 
no pueden ser otras mas que aque- 
llas de que en 1675 tuvo noticia An- 
tonio de la Roca, y que reconocidas 
porDuclosGuyoten 1756 fueron ape- 
llidadas G^or^vVzpor el capitán Cook. 
A quien debe atribuirse el primer 
descubrimiento es al célebre nave- 
gante John Davís, que ha dado su 
nombre al estrecho que separa el 
Labrador de la costa occidental de 
Groenlandia. Arrojado á aquellas 
arenas en un viaje al mar del Sur, 
rl capitán inglés bautizó al grupo 
de las Falkland con el nombre de 
Davis' Southern islands. 

Dos años después el capitán Ri- 
cardo Hawkins reconoció ía parte 
septentrional 4e estas islas, á hs 
([lie denominó entonces Maiden- 
/rtW (tierra de la Vírjen). En 24 de 
(íuero de 1600, descubrió Sebaldode 
Weerd en la parle occidental tivs rs- 
lotes, y les puso su nombre. Las 
Malvinas fueron reconocidas en 1615 
por Schouten y Lemaire, y en 1701 
por Beauchv»sne Gouin , cuyo nom- 
bre ha quedado á aquella isleta,que 
forma el límite austral del archipié- 
lago. Últimamente, en 1706 y 1714, 
los Españoles las denominaron Mal- 
vinas. 

Puede decirse que hasta 1670 no 
se esptoraron estas islas. El primé- 
is) f|ue lo verificó fué John Strong, 
(juien llamó canal de Falkland Á 



paso que separa las dos islas princi- 
pales. El islote descubierto por Beau- 
chesne en el sur, fué visitado en 
1708 por Wood Roger y Courtney, 
que nabian seguido toda la eosta 
oriental. Estos naregantes, lo mis- 
ma que Hawkings y otros esplorá- 
dores, creyeron que las Malvinas es- 
taban ciíbiertas de bosqiie^s espesos, 
y se engañaron ; porque no se en- 
cuentran en ellas sino campos de es- 
pesa y crecida verba. , 

En 1760dirijió la Francia sus mi- 
ras hacia este archipiélago, pues 
los gastos de la guerra con Ingla- 
terra y las necesidades del comer- 
cio nacional obligaron á los minis- 
ti^os de Luis XV á buscar en el es- 
tremo de la América un punto sus- 
ceptible de establecer un buen fon- 
deadero y un establecimiento im- 
portante. Sus navios, destinados al 
gran Océano, tuvieron que arribar 
al Brasil ó rio de la Plata, donde ha- 
bían de encontrar mil obstáculos. 
La posición de las Malvinas que el 
almirante Anson habia señalado ya 
á solicitud del ministerio inglés, fi- 
jó la atención del gabinete de Ver- 
salles,el cual, en vista de los informes 
que tuvo, creyó que no podía dejar 
de prosperar cualquiera coltjnia en 
una de ms islas de este vasto archi- 
piélago. Encargó pues á Bougainvi- 
lie que fuese á establecer una colo- 
nia duradera en el sur de América. 

El 3 de febrero de 1764 arribó es- 
te marino á la Soledad , y se apode- 
ró sin mas ni mas de esta isla en 
nombre de la Francia , construyen- 
do un fuerte y levantando un obe- 
tiscoenr su recinto, donde puso una- 
inscripción en que la con arrogancia 
se alribuia el descubrí mienta y con- 
quista de esta isla^ 

Apenas hubo ensayado Bougain- 
ville el plantear la colonización ins- 
talando las familias destinadas á re- 
sidir en la isla, cuando el comodoro 
Ryron echó el áncora en el norte de 
la Soledad, en el puerto de la Cruza- 
da,llamándole Puerto Egmont , y to- 
mando posesión de todo el archipié- 
lago en nombre de la Inglaterra. Pe- 
ro ninguna formalidad siguió á esta 
tentativa de establecimiento; solo 
en 1766 se vio al capitán Mac Bride 



68 



UlSiOlUA bii. LA 



empezar uua colonia Mue no debía 
tener mejor éxito que el que tuvo la 
francesa. 

No dejó de sorprender á la Espa- 
ña esta abierta violación de sus de- 
rechos. Colocadas en los dos estre- 
inos de la América meridional dos 
potencias marinas estranjeras y po- 
derosas, podian dar un golpe de 
mano a las posesiones trasatlánti- 
cas españolas. Rn vista de esto, el 
gabinete de Madrid reclamó enérji- 
ctf mente de la Francia las islas Mal- 
vinas, que no eran mas que una de- 
pendencia de la América del sur, y 
esta nación tuvo que ceder y entre- 
gar al gobernador de otras islas, D. 
Felipe Kuiz Puente, la isla y estable- 
cimiento de Puerto Luis en 1.** de 
ubrildel767. 

Dos aqos después de la evacuación 
(le los Franceses, saliendo un dia de 
la bahía de la Soledad un navio espa- 
fiol , encontró' por casualidad á un 
!)uque inglés que venia de Puerto 
Egmont. Eslraordinaria fué la sor- 
presa de ambas tripulaciones al sa- 
ber, en vista de sus pabellones, que 
estábanlas dos hacia tiempo habti- 
tando en un mismo paraje sin sa- 
berlo. No era aquella la ocasión 
oportuna de obrar , contentándose 
los Españoles con intimar á los In- 
gleses que abandonasen aquellas is- 
las. 

Ambas colonias dieron conoci- 
miento á sus gobiernos del hecho, 
peix) los Españoles fueron los pri- 
meros que recibiei*on una satisfac- 
ción. Sabedor del establecimiento 
británico D. Francisco Bucareli y 
Ursna , gobernador de Buenos-Ai- 
res , envió á Port Egmont cinco fra- 
gatas con mil quinientos hombres 
de desembarco. Prevenidos con 
tiempo los Ingleses reunieron tam- 
bién sus fuerzas y trataron de opo- 
nerse á Maradiaga, comandante de 
la escuadrilla española. El número 
era casi igual por ambas partes, y 
después de un combate encarnizado, 
quedó la victoria por los Españoles , 
quienes se apoderaron de la colonia 
inglesa en 10 de junio de 1770. 

Vivamente picada la Inglaterra, 
reclamó enérjicamenle cerca del go- 
bierno español, y al cabo de muchas 



contestaciones y conferencias diplo- 
máticas, se permitió al gobierno 
británico volver á tomar posesión de 
Port Egmont; pero apenas lo hubo 
hecho, cuando abandonaron aquel 
punto los Ingleses consuma admi- 
ración de sus vecinos. 

Los Españoles establecidos en es- 
tas islas no dieron á su colonización 
todo el desarrollo de que era suscep- 
tible; era pues evidente que solo las 
conservaban por miras puramente 
políticas. Por otra parte, el clima 
húmedo y cálido era insalubre; la 
agricultura no prosperaba, y los ár- 
boles trasplantados de la isla del 
Fuego , no se pudieron aclimatar. 
Así fué que abandonaron gustosísi- 
mos aquel suelo tan poco adecuado 
á su temperamento meridional. Pe- 
ro el gobierno español, que queria 
conservar á toda costa aquel puesto 
avanzado de sus posesiones colonia- 
les en América , conservó una corla 
guarnición en la estremidad occi- 
dental del archipiélago, y las naves 
españolas iban allá de cuando en 
cuando para saber qué jentes y pa- 
bellones se presentaban á visitar 
aquellas costas , hasta que á princi- 
pios de este siglo tuvo que abando- 
nai* la España aquel punto definiti- 
vamente. 

La importancia de las Malvinas 
como puesto de arribada y militar , 
no pedia ocultarse al gobierno repu- 
blicano de Buenos-Aires. En 1820,1a 
fragata Heroina^maínáaádí por el ca- 
pitán Jewilt, fondeó en la bahía 
francesa y tomó posesión de estas is- 
las en nombre de la república. To- 
do inducia á creer que el gobierno 
revolucionario de la Plata ioa á ocu- 
parse seriamente en colonizar las 
Malvinas ; pero las violentas convul- 
siones políticas de que era entonces 
teatro la América meridional, impi- 
dió llevar á cabo este proyecto : cre- 
íase jeneralmente que ya se habia 
abandonado del todo, cuando en 
1829 se espidió un decreto en que, 
después de |iaberse abrogado la re- 
pública de Buenos-Aires todos los 
derechos de la corona de España so- 
bre las tierras de cerca del cabo de 
Hornos, contenia las siguientes dis- 
posiciones : 



Artículo 1.° Las islas Malvinas y 
las adyacentes al cabo de Hornos en 
el Océano atlántico , tendrán un go^ 
bernador militar y político, quese- 
ra inmediatamente nombrado por 
el gobierno de la república. 

Art. 2.° Este gobernador residirá 
en la isla de la Soledad, donde se le- 
vantará una batería y se enarbolará 
el pabellón de la República. 

Art. 8.*^ Dicho gobernador cuida- 
rá de la observancia y ejecución de 
las leyes de la república, así como 
de los reglamentos concernientes á 
la pesca de focas y ballenas en las 
costas. 

Poco tiempo después se supo en 
Europa que Mr, Luis Vernet de 
Ham burgo, que acababa de espV)- 
rar las Malvinas, estaba nombrado 
gobernador de estas islas, y que ha- 
bía partido con su familia y cuaren- 
ta colonos ingleses y alemanes, para 
empezar el proyectado estableci- 
miento en la bahía francesa. 

No pasaremos adelante sin dejar 
de manifestar que las razones que 
se alegaban en el decreto de la repú- 
blica de Buenos Aires eran suma- 
mente estrañas. Una colonia que se 
emancipa , no por eso hereda el ter- 
ritorio contiguo que perteneció á 
sus dueños , pues si esta doctrina 
tan singular se admitiese en el códi- 
go de las naciones , hubieran podi- 
uoreclamar por ejemplo los Esta- 
dos Unidosde America á Terranova 
y el Canadá á título de herencia. 
En semejantes casos la fuerza cons- 
tituye la autoridad , y por esta razón 
pasaron las Malvinas a manos de la 
república arjentina. Por lo demás, 
el gobierno de Buenos-Aires no te- 
nia necesidad de apoyarse en tan 
frivolos argumentos y encubrir su 
usurpación con la capa de la lejiti- 
m ¡dad, pues no necesitaba escusa 
para justificar un hecho que mu- 
cho tiempo hacia estaba autori- 
zado por el uso entre los pueblos ci- 
vilizados. 

Creemos que no carecerá de inte- 
rés el saber lo que fué en poco tiem- 
po la colonia de la Soledad en manos 
de Mr. Vernet. El siguiente estracto 
de una carta escrit al capitán Kingñ, 
por un oficial amigo suyo , nos fa- 
lícita curiosos pormeno : « El esta 



PATA GOMA. Gq 

blecimiento , dece , forma un se- 
micírculo al rededor de un te- 
rreno á donde se llega por un pa- 
sadizo estrecho que forma parte de 
la bahía. Los Españoles ten ian defen- 
dida esta entrada por dos fuertes 
(lueen la actualidacl están arruina- 
aos. El gobernador Vernet me reei- ^ 
bió con benevolencia ; es un suieto 
muy instruido y posee varios idio- 
mas. Su casa larga y baja , consta de 
un solo piso con paredes de piedra 
muy gruesa. Encontré en ella una 
buena librería , compuesta de obras 
españolas, alemanas é inglesas. Una 
alegre conversación amenizó la co- 
mida , á la cual asistieron Mr. Ver- 
net, su mujer, y algunos convidados; 
por la noche hubo música, canto y 
baile. Este concierto improvisado 
me pareció muy estraño en las islas 
Falkland donde solo creía encontrar 
marinos y pescadores. El estableci- 
miento de Mr. Vernet consiste en 
unos quince esclavos que él mismo 
ha comprado al gobierno arjentino, 
con la condición de enseñarles al- 
gún oficio útil , y darles libertad al 
cabo de algunos años de servidum- 
bre. Estos esclavos son deíedad de 15 
á 20 años y parece que se tienen por 
(i ichosos. El número total de losha- 
bitantos de la isla no pasará decien- 
to, compi^ndidos veinte y cinco 
Gauchos y cinco Indios. Había dos 
familias holandesas, cuyas mujeres 
se ocupaban en ordeñar las vacas y 
hacer manteca; dos ó tres familias 
inglesas, y una alemana ; el resto^se 
componía de comerciantes españo- 
les y portugueses. Los Gauchos eran 
de Buenos-Aires, y su capataz un 
francés. » 

Estos pormenores prueban que los 
colonos tenían motivos para confiar 
recoier el fruto de sussudDres. Des- 
graciadamente una catástmfe impre- 
vista cayó sobre ellos y aniquiló el 
fruto de sus trabajos. 

Mr. Vernet además del título de 
gobernador de las Malvinas, habia 
obtenido el privüejio esclusivo de 
la pesca en el archipiélago. Apenas 
se nalló revestido de sus funciones, 
mandó alejar las naves anglo ameri- 
canas, cuyas tripulaciones devasta- 
ban las bahías mas pobladas de am- 
íibios, y mataban indistintamente 



7Ññ^'iA. 



70 



HISTORIA DE LA 



^n todo tiempo el ganado errante en 
I :is llanuras. Habiendo visto en 1831 
un buque de aquella nación , que 
estaba paescndo en las costas Malvi- 
nas á pesar de los avisos oficiales co- 
municados al cónsul de los Estados 
Unidos , se apoderó el gobernador 
de la embarcación , y este acto de re- 
presión le acarreó á él ya su desgra- 
ciada colonia , toda la cólera del ca- 
pitán americano , Silas Duncan , co- 
mandante de la corbeta Liexngton. 
Sin estar en lo mas mínimo autori- 
zado este marino por su gobierno, 
se dirijió á las Falkland , atacó re- 
pentinamente el nuevo estableci- 
miento , saqueó las propiedades de 
sus colonos y arrasó sus viviendas. 
Muchos de ellos fueron conducidos 
prisioneros á bordo de la corbeta , 
y con muy mal trato á Buenos-Ai- 
1*68, donde los dejaron en manosdel 
í^obierno en 1832. Los Estados Uni- 
(ios aprobaron la conducta brutal 
del capitán Duncan , y reclamaron 
no tan solo las indemnizaciones por 
los perjuicios causados al comercio 
de la Union, sino también una re- 
paración por los supuestos daños 
<iue habian recibido personalmente 
los ciudadanos americanos. 

Mientras que estaban perdiendo 
el tiempo los Estados Unidos con la 
repitbli(5a de Buenos- Aires en inter- 
mmables discusiones ^ la Inglaterra, 
que no habia cesado de considerar- 
se como única soberana de las islas 
Falkland , y que ya antes habia pro- 
testado contra la instalación de la 
colonia republicana , dio orden al 
comandante de su estación naval en 
la América del Sur, para que man- 
dase un navio al archipiélago é hi- 
riese tremolar en aquellas islas la 
bandera británica, confirmando los 



derechos del dominio inglés y ha* 
ciendo desaparecer todo cuanto per* 
lenecia al sobiemo de Buenos- Ay res. 
I'.n 2 de febrero de 1832, fondeó la 
fragata Clio en la bahía de Berkeley , 
y la Tyne en Port Egmont. En am- 
bos puntos se enarlK>ló el pabellón 
inglés con salvas de artillería. La 
corta guarnición republicana rindió 
las armas sin ninguna resistencia , y 
partió para la Plata en un schoener 
armado que habia en la bahía. 

Desde entonces pertenecen las 
Malvinas á la Gran Bretaña, aunque 
esta potencia no se ha ocupado en sa- 
car los recursos que induaablemente 
ofrecen aquellas islas. En 1834 fué 
enviado á Puerto Luis un teniente 
déla marina real , con orden de re- 
sidir en él, sin que sepamos -lo que 
haya hecho después, porque aquí 
carecemos de documentos, tanto 
fi'anceses como ingleses , relativos á 
este asuuto. 

Seguramente no hemos dicho to- 
do lo concerniente á las Malvinas , 
porque la posición de estas islas al 
confín meridional del continente 
americano, en parajes muy precio- 
sos para el comercio , les promete 
un destino no menos fecunda en vi- 
cisitudes como ha sido el período de 
su existencia cuyo cuadro acabamos 
de bosquejar. 

Sin embargo , han perdido de su 
importancia romo puerto de arriba- 
das, estando de dia en dia mas aban- 
donado el paso al Océano-Pacifíco 
por el cabo de Hornos , para el es- 
Irecho de Magallanes. Los ballene- 
ros y otros barcos que se dedican á 
la pesca de las focas cerca de las tier- 
ras polares , son los únicos que van 
lioydiaá las Malvinas para refres- 
car sus víveres. 



FIN. 



I>B I.A. 



PATAGOMA,TIEBM DEL FUGO 



Páj. 



INTRODUCCIÓN. 



Situación jeográfica. — Configura- 
ción jeneral y límites. ... a 
Golfos, cabos y montanas.. . . id. 

Volcanes 3 

Ríos id. 

Lagos id. 

Clima, aspecto. id. 

Constitución del terreno. ... 4 

Viaje á la América meridional. . id. 

HISTOAIA. ITATURAI.. 

Vejetales 6 

Animales id. 

El hombre. — Tribus indíjenas. . 14 

Población de la Patagonia ... i5 

Patagones del notie, Sa retrato » . id. 

Traje 18 

Carácter . 19 

Usos y costumbres id. 

Patagones del sur, ..... a 4 
Creencias relijiosas. Supersticio- 
nes afí 

Jenio nacional, lengua. ... 39 



Gobierno 3o 

Leyes. j<|. 

Historia. ........ 3í 

Descripción de la población del 

Carmen 33 

Continuación de la historia de los 
establecimientos espano es en 

la Patagonia • . 34 

Estrecho de Magallanes. ... 38 

TIBRBA. DEI. FUEGO. 4 3 

Cabo de Hornos 43 

Aspecto de la Tierra del Fuego. . 44 

Aventura deBanks y de Solander. 45 

Historia natural 47 

Habitantes 49 

Idioma 5a 

ISLAS MALVIVAS. 

Descripción jeneral 55 

Producciones. — Vejetales. ... 5í» 

Animales 5j 

Isla de la Soledad, 60 

Isla de Falkland propiamente dicha, 63 
New'Island Ó Nueva Islandia, . . 64 
Ojeada histórica sobre las Malvi- 
nas 67 



/ - 






9^mt&. 



PARA LA COLOCACIÓN DE LAS LÁMINAS. 



1 a 


Mapa de ht P^ag^^nia 


1 


la 


3 


Patagones del Norte. 


14 y 15 




6 


Patagones del Sur. 


34 y a5 


9 


7 


Toldo y sepalcrot de los 




a 




Patagones. 


a5 y a6 




5 


Fondeadero y ruinas es- 








pañolas en Puert-De- 




lo 




seadb 


33 y 3S 


13 


4 


Aldea del Carmen. 


36 y 34 




8 


Monte Sarmiento* 


4a y 43 





Isla de WoUartoii cerca 




del cabo de Hornos. 


id. 


Fu^guenses. 


49 y 5o 


Wigwams de los Fue- 




guenses en Puerto-Es- 




peranza. 


id. 


F«eguense«. 


5o y 51 


Colonia»^ Perto-Lüís 




en la isla de la Sole- 




dad. 


63- 






*-í^'>-' 



1 ü^ 

3 

6 , 
1 

5 ' 



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REFERENCE DEPARTMENT 



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